Evo Morales, el caudillo marchista

La marcha “es una confesión plena de su marcado autoritarismo y, a su vez, es la búsqueda de su propio yo, el Yo del Evo: ‘¿ve que puedo?’”.
domingo, 5 de diciembre de 2021 · 05:00

Diego Ayo

La marcha de Evo Morales es un regalo enorme para entender dónde estamos. No es fácil estar acá, pero si estuviese en otra frontera, festejaría tener la dicha de contemplar la política encapsulada en esta pecera. ¿Qué se muestra? El deterioro de la democracia, aquella que tuvimos alguna vez la fortuna de celebrar como democracia representativa.

Habíamos creado los últimos 30 años una estructura institucional formidable compuesta por municipios, tribunales, asambleas, defensorías y demás estamentos dotados de un magnánimo apellido: instituciones. ¿En qué quedaron? Tambalean agónicas: sólo existe él, Evo Morales, rodeado de una numerosa tropa de desconocidos que realzan su golpeado caudillismo. Las instituciones agonizan y él quiere pisotear a los muertos desde su personalísimo rincón marchista. Es él, sólo él. La democracia siempre puede esperar.

Ese es el truco de esta democracia bullangera: no resuelve nada, pero carajo que hace bulla. Hay un presidencialismo, sin presidente, arropado de un sentido festivo. Importa que suenen los pututus, el conglomerado social de bultos sin nombre coree el nombre de su contusionado caudillo, se acerque un argentino de poquísima monta y muchos dossiers mal-fotocopiados de marxismo y lo aplauda, y la prensa –he ahí el secreto de esta caminata– recoja cada detalle y promocione la imagen del desgastado jefecito.

No tiene la menor relevancia que a lo largo del camino, los pobladores de Senkata, Ayo Ayo, Sica Sica, Calamarca, el Tolar, Patacamaya, Konani y Panduro tengan, a lo sumo, a un tercio de su población vacunada contra el coronavirus. “Muéranse tranquilos nomás, hermanos, el supremo líder está pasando y si tienen suerte, antes de expirar, los va a saludar de lejos, ¿ya?”.

Perfecta síntesis de lo que pretende dejar en claro Evo Morales: “todos pueden morir, mientras viva yo”. Grotesco festejo, mientras los aymaras, a quienes dice reivindicar, corren el inmenso riesgo de perecer. He ahí esta despampanante fiesta de la vanidad evista.

¿Y la política? No hay. Debemos escondernos, ¡ellos vienen! Ese es el supremo significado de Evo Morales: se come la política, se la fagocita solito, sin cubiertos, ya sin modales. Es la pornografía política en su punto cúspide: Evo, calancho, dando órdenes. Evo, solito, impidiendo que otros opinen. En realidad, no existen. Son como robots que gritan, amenazan y … ¡marchan!

Perfecta síntesis del autoritario: sólo habla él, los demás contemplan calladitos, mejor si entusiasmados. Y si habla alguien, como el radiante gauchito Basteiro de los 70, es para recordar lo valiente que es el Evo, “el indicieto”.

Ya sabemos la fórmula para encender la pasión de estas autoridades: sólo hay que hablar de Evo, Hugo, la Patria Grande, Fidel y Perón, claro. He ahí la constatación del hiper-presidencialismo sin presidente (y sin palacio, valga añadir). Ya habíamos vivido con este triste caudillo la política del “sólo yo”. No hay adversarios: todos son enemigos. He ahí el populismo más violento, incapaz de dialogar, concertar, juntar a los bolivianos en una sola habitación.

Esta marcha es la exacerbación, ya sin disimulo, de ese talante in-negociador. Sólo se desea el aplauso, la lisonja, la risa oficialista fácil (gracias Basteiro). No es el marchista que se esfuerza por buscar acercarse al gobierno. Es el gobierno que, no contento con el control sobre los poderes (la Asamblea, el Tribunal Constitucional, el Poder Judicial, etcétera), la sociedad (o parte de ella) y el Tribunal Electoral, se galantea tratando de demostrarnos que también es dueño de las calles.

Es una confesión plena de su marcado autoritarismo y, a su vez, es la búsqueda de su propio yo, el Yo del Evo: “¿ve que puedo?, ¿ve que estoy aquí todavía?, ¿ve que yo nomás llevo a la gente a las calles, aunque tú, mi llunku economista, seas quien los coimee, pague hoteles, cure sus heridas, justo al ladito de estos vecinos aymaras con Covid?”

¿Cómo llamamos a estos líderes? Los usurpadores del poder, no sólo de los órganos del Estado sino del propio presidente. Es el cojo queriendo trotar la maratón de San Silvestre y, aunque llegue a la meta en el puesto 28.762, sea el propio Arce quien le diga fuerte y claro: “has ganado”.

 

Diego Ayo / Politólogo   

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