Extrema derecha, extrema izquierda y populismos en América Latina y Bolivia

La extrema derecha conservadora apela al orden y a la tradición; la izquierda tradicional intenta promover inclusión e igualdad, pero aparecieron los regímenes populistas, que hacen de la imagen del líder un culto y que tienden al autoritarismo. Analistas lo explican.
domingo, 5 de diciembre de 2021 · 05:00

Fernando Chávez Virreira  

La polarización en América Latina y en Bolivia en los últimos años ha alimentado el debate entre las distintas corrientes políticas que ejercen el poder; se habla de extrema derecha, extrema izquierda, populismos, tanto de izquierda como de derecha, partidos de centro, etcétera, un amplio espectro que tiene sus matices según las formas de gobierno propias de cada país.

Obtener una única definición conceptual de lo que es izquierda o derecha, o de los puntos extremos, depende de la visión de cada pensador y teórico, pero, de manera general, los analistas coindicen en que dentro de cada corriente hay distintas versiones. Por ejemplo, existe una derecha antidemocrática y otra más  sensata y accesible, con postulados como la libertad de mercado y menor intervención del Estado, enmarcada en los procesos eleccionarios.

Lo mismo sucede con las corrientes izquierdistas, donde se identifica una izquierda violenta, disruptiva, guerrillera y autoritaria y, por otro lado, una izquierda democrática.

Para intentar comprender la realidad latinoamericana, Página Siete  conversó con Federico Finchelstein, profesor de Historia en la New School for Social Research de Nueva York y autor del libro Del fascismo al populismo; y también con el politólogo y analista peruano Carlos Ugo Santander, profesor e investigador asociado de la Universidad Federal de Goiás (Brasil).

Finchelstein sostiene que si se piensa en una definición tradicional de izquierda, ésta tiende o intenta promover lo inclusivo y la igualdad, mientras que la derecha tiende a mantener la tradición, que tiene que ver muchas veces con desigualdades.

“Extrema derecha y extrema izquierda son conceptos que tienen que ver con el espectro político de cada país, puede haber un centro y una derecha moderada, pero la extrema derecha tiende a caracterizarse por la xenofobia, intolerancia, la falta de respeto a las instituciones democráticas y sobre todo la identificación con pasados dictatoriales”, sostiene.

El analista prefiere moverse más en las categorías del populismo, al que define como una “mezcla entre autoritarismo y democracia”: por un lado no destruye la democracia, pero en muchos casos la desfigura (como dice la teórica italiana Nadia Urbinati) sin romperla, dándole un lugar predominante al líder, “que en una democracia no debería ser tal”.

“El populismo tiende a reemplazar la representación con nociones autoritarias: se siente que el poder ha sido delegado en el líder, mientras que en democracia el líder debe ser el representante del pueblo. Entonces, se da esa conjunción entre autoritarismo y democracia y ese vínculo puede darse en términos de derecha o en términos de izquierda”, por lo que puede haber populismos de izquierda y también de derecha.

El populismo, explica Finchelstein, centra la política alrededor del líder y puede vincular tradiciones en expansión de derechos con esta centralización del poder en el líder, que tiende a promover el autoritarismo en democracia.

Hay distintas tradiciones de populismo en América Latina que también incluyen a Bolivia. “El populismo de derecha es diferente al de izquierda, aunque establece de forma similar un culto al líder y sobre todo en que el líder es el pueblo. El populismo, ya sea de derecha o izquierda, mantiene una situación en la que muchas veces otras instituciones del Estado, como Poder Judicial o el Parlamento, tienden a retrasar o ralentizar la relación entre el pueblo y el poder. El líder promueve ese atajo, ese salto que supuestamente establece una forma más directa de democracia. Esto es dudoso porque en general es el líder el que centra las decisiones y el pueblo no participa ni opina”, reflexiona.

Según este experto, cuando el populismo adquiere tonalidades de derecha, “se hace del líder un mito y de la política una religión”, como se ve en los casos de Trump, de Bolsonaro, o de Kast, “que adquieren tonalidades excluyentes en el sentido de la xenofobia, racismo, homofobia, misoginia y otras formas de discriminación”.

En el caso boliviano, aunque el MAS y Evo Morales se definen como representantes de un partido de izquierda y de un socialismo comunitario, no han realizado cambios económicos estructurales y mantienen una base liberal en la administración de la economía, pero dándole mayor protagonismo a las empresas estatales.

En la visión de Carlos Ugo Santander, “Evo Morales es un populista que se creyó el salvador de la patria y buscó incluso reelegirse. Poco le importan las instituciones democráticas, porque la democracia es importante, pero no la democracia representativa, sino el uso de procedimientos mayoritarios para validar las decisiones políticas”, sostiene.

Finchelstein coincide y afirma que “Evo Morales fue un gobierno de un populismo de izquierda y un líder que entiende que la democracia tiene que ver con establecer un vínculo directo líder-pueblo”.

Según el politólogo Diego Ayo, el MAS pasó por distintas fases. “Fue un gobierno de izquierda porque permitió el ingreso de gremialistas, cooperativistas, cocaleros, indígenas y clases medias urbanas. Eso lo convirtió en una izquierda inclusiva; sin embargo, hoy está en una nueva etapa, están fuera muchos sectores, indígenas de tierras bajas, mujeres rurales y jóvenes periurbanos. Hoy el MAS  está en su etapa oligárquica; es una oligarquía que jala gente pero por indisposición con la oposición más que por perfil propio. Es una oligarquía que utiliza este discurso indígena, de una manera artificial”.

Partiendo de un análisis histórico, Finchelstein explica que luego de 1945, en Latinoamérica hubo distintos líderes que venían del mundo de la dictadura, o que habían colaborado con alguna dictadura, por ejemplo. Juan Domingo Perón en Argentina, “hombre fuerte de una dictadura que, a diferencia de los fascistas que destruyen la democracia desde adentro para crear dictaduras, Perón hizo lo contrario, destruye la dictadura desde adentro para llamar elecciones y crear democracia”.

“También se puede pensar en el MNR, que había colaborado con la dictadura de Villarroel y luego entienden que la política en este mundo de la posguerra tiene que ver con la democracia, entonces presentan perspectivas que muchas veces tienen que ver con lo autoritario, pero en democracia”, dice.

En el caso de Venezuela, afirma que en ese país ya no hay populismo. “Chávez era un autoritario electo, un líder democráticamente elegido con rasgos autoritarios que venían de ese populismo. Maduro es un dictador, ya no es populista. A diferencia de Chávez, que ganaba elecciones, Maduro no puede decir que esas elecciones son reales”, sostiene.

Para el populismo de izquierda, para estas nuevas dictaduras de izquierda. como la Nicaragua o Venezuela, el pueblo es un concepto que tiene que ver con la política, “es decir, es la parte intolerante del populismo: ¿quién es el pueblo?, aquellos que se identifican con el líder, cuando en realidad en democracia el pueblo somos todos”.

En el caso de Argentina, el historiador afirma que el peronismo ha presentado populismos de izquierda y de derecha, y populismos liberales o de centroderecha. “El peronismo da para todo, y en esa historia el kirchnerismo es un populismo de izquierda que presenta estas características, la intolerancia con los medios, pero no su destrucción, es una forma autoritaria de comportarse, en democracia. Alberto (Fernández) es diferente porque comparte el poder con Cristina, es un populismo moderado”.

“El populismo es una reformulación del autoritarismo en clave democrática, se vincula democracia con autoritarismo pero sin fascismo, o sin dictadura. Esa es la historia del populismo en América Latina, por izquierda o por derecha, de Perón a Evo Morales y de Paz Estenssoro a Hugo Chávez”, resume.

Derecha, izquierda y religión

Carlos Ugo Santander sostiene que, tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda, se afirma una posición autoritaria, aunque la extrema izquierda es generalmente revolucionaria.

“En América Latina la extrema derecha es conservadora, a diferencia de la extrema derecha en Europa, que es revolucionaria. Los movimientos fascistas como el nazismo son revolucionarios, en el sentido de buscar un cambio radical en la perspectiva de afirmar una raza superior, y eso solo se hace a través de una limpieza étnica, explica y añade que la extrema derecha en América Latina no busca un nuevo sujeto, no busca una revolución, sino defender el statu quo.

Según su visión, otro componente en el cual se identifica a la extrema derecha es apelar al orden y a la tradición, a la defensa de la familia tradicional, a los viejos valores, a la seguridad. “Del orden a como dé lugar. Esos grupos conservadores pueden justificar cualquier dictadura, en cualquier lugar, en Bolivia, Brasil o Uruguay”, sostiene.

Santander afirma que los actores que apoyan la defensa de este orden tradicional son los grupos religiosos, parte de la Iglesia Católica, pero también los movimientos neopentecostales.

Apunta que esos valores de la familia tradicional no están ausentes en la izquierda, en América Latina. “La extrema izquierda puede ser revolucionaria en términos de buscar una nueva sociedad por medio de la violencia o la lucha de clases, pero no piensa a la familia desde una perspectiva progresista”, dice.

Destaca también otra característica de la extrema derecha: el apoyo de los militares. “La extrema derecha es una especie de refugio de sectores que todavía creen en un mundo bipolar, el capitalismo contra el comunismo. Son sectores que generalmente están vinculados con las fuerzas armadas, que en la década de los 60 y 70 tenían el control del poder y hacían el papel de guardias para evitar que el comunismo se instale en América Latina”, reflexiona.

Con respecto al populismo, Santander dice que “es más reformista y busca movilizar, ya sea un populismo de izquierda o de derecha”.

¿Qué es Bolsonaro?, se cuestiona y apunta que el presidente brasileño “se presenta como el retorno a la democracia delegativa, tiene una inclinación autoritaria, pero no deja de ser un demócrata, en el sentido de que se sirve de la democracia para poder gobernar. Se da cuenta que es una especie de demócrata delegativo, se cree el salvador de la patria. No tiene partido, la política gira en torno a él, busca gobernar por decreto, pero se da cuenta que existen instituciones”.

Podría decirse que Bolsonaro es un demócrata delegativo, pero un populista de derecha.

“Un populista de izquierda también es una especie de demócrata delegativo intentando proponer la movilización de actores sociales, buscando siempre generar un plebiscito, ¿nacionalizamos o no nacionalizamos?”.

Según el politólogo, los populistas son demócratas iliberales; “no creen en la democracia representativa, sino en un mandato que supuestamente la sociedad le ha encargado al líder y él tiene la responsabilidad de movilizar a la sociedad para salvar a la patria. No importa si es de derecha o izquierda”.

Maduro, aclara, lidera un régimen autoritario de izquierda “Maduro no es populista, no es un demócrata delegativo, sí lo es Bolsonaro”.

Populismo y fascismo

Según explica Finchelstein, “en el fascismo el poder tiene que ver con una religión, con una identidad étnica que se entiende como raza. En estos nuevos populismos de extrema derecha, como Bolsonaro, Trump, Modi, en la India, aparecen elementos que tienen que ver ya no tanto con la tradición del populismo, sino más bien con el fascismo. Se trata de un populismo de extrema derecha que parece desandar sus caminos y quiere volver a elementos centrales del fascismo que los populistas clásicos en América Latina y otros lugares habían dejado de lado”.

Estos elementos que caracterizan al fascismo son la propaganda, la mentira, la violencia, la militarización de la política, el racismo, la discriminación, el odio a lo distinto y la dictadura, elemento central del fascismo.

“En el siglo XX los populistas son mentirosos como todos los políticos. La mentira y la política van de la mano, todos los políticos mienten, pero los fascistas se creen sus mentiras e intentan cambiar el mundo, para que éste se parezca a sus mentiras, una propaganda totalitaria, al estilo Goebbels”, sostiene y agrega que “Trump y Bolsonaro mienten, pero no como los líderes populistas, sino como líderes fascistas”.

“Bolsonaro no solo miente sobre, por ejemplo, las vacunas, sino que él mismo no se vacuna. Y no solo miente sobre esta enfermedad de la que dijo es una ‘gripecinha’, sino que hace políticas a partir de esa mentira”. Y en EEUU “vemos a un Trump que mentía como un fascista, se cree sus mentiras, militariza la política, hace de la violencia y racismo  un elemento central de la política. Cómo olvidar cuando en su campaña dijo que todos los mexicanos son violadores. Y cuando esta derecha habla de los mexicanos en realidad está hablando de todos los latinoamericanos”.

 

Fernando Chávez Virreira  /  Periodista

 

PUNTO DE VISTA

Sheri Berman
Profesora de Ciencia Política
La era de las autocracias
En los últimos años, la democracia se encuentra bajo asedio: desde 2015, el número de países que experimentan un retroceso democrático ha superado el número de los que se han democratizado. Variedades de democracia, una organización que monitorea el desarrollo global de la democracia, lo describe como la “era de autocratización”.

Aunque esta tendencia pueda causar tristeza, tomada desde una perspectiva histórica no debería sorprender. El trasfondo de este retroceso contemporáneo es la “tercera ola democratizadora” de fines del siglo XX, que en sus comienzos dejó muchas más democracias que las que habían existido con anterioridad. Las olas se caracterizan por el poder y el arrastre durante su ascenso, pero también por la inevitable contracorriente posterior. Como sabe cualquiera que haya estudiado las olas anteriores de democratización, por ejemplo, las que se extendieron por Europa en 1848 y a fines de la Primera Guerra Mundial, estas contracorrientes pueden en verdad ser formidables.

Sin embargo, como reza el famoso aforismo que suele atribuirse a Mark Twain, “La historia no se repite, pero a menudo rima”. El hecho de que una contracorriente haya seguido a la tercera ola democratizadora sin duda reitera el patrón histórico, pero eso no significa que se trate de una mera copia de sus predecesoras.

A diferencia de las contracorrientes previas, durante los últimos años las democracias no han muerto –como bien señalan Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su influyente libro Cómo mueren las democracias (2018)– con rapidez o de manera violenta “a manos de hombres armados”.

Más bien, se han erosionado gradualmente “a manos de gobernantes surgidos de elecciones” que usaron su poder para socavarlas a lo largo del tiempo.

Durante gran parte del siglo XX, el colapso de la democracia dio paso muy a menudo a dictaduras cerradas y represivas, como aquellas del periodo de entreguerras en Europa o los regímenes militares que se establecieron en Asia y América Latina en las décadas de 1960 y 1970. En cambio, el producto autoritario más común de la contracorriente de la tercera ola ha resultado la “autocracia electoral”.

La Hungría de Viktor Orbán, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan y la India de Narendra Modi entran en esta categoría. Estos regímenes son menos autoritarios que los que los precedieron, al permitir elecciones imperfectas y algo de espacio para la sociedad civil. En consecuencia, brindan oportunidades potenciales para que los opositores se movilicen y transformen pacíficamente sus sociedades.

Pero dado que en las autocracias electorales el sistema está amañado –por ejemplo, mediante la manipulación de circunscripciones electorales, el control de la prensa y la corrupción–, los opositores deben actuar de manera unificada para sacar ventaja de las potenciales oportunidades disponibles, priorizando la derrota de los gobernantes en el poder por sobre sus propios objetivos disímiles.

Para que la democracia prospere, los demócratas deben reconocer lo peligroso que es arriesgar sus normas e instituciones en pos del triunfo partidario.
 

 

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