Voto del 7 de febrero

¿Quo vadis, Ecuador?

Estas elecciones dejan un escenario político fraccionado, con la emergencia del movimiento indígena como una opción electoral sólida.
domingo, 21 de febrero de 2021 · 05:00

Juan Francisco Camino
 Profesor de la Universidad de los Hemisferios (Quito) Latinoamérica21

 

Los recientes comicios ecuatorianos han sido uno de los más atropellados de la historia reciente del país. La fragmentación del voto y la desconfianza institucional, presentes hoy más que nunca, actúan como obstáculo para la gobernabilidad. Sin embargo, por encima de esto, la incompetencia del Consejo Nacional Electoral  (CNE) y el auge del movimiento indígena son dos de las notas más características del proceso electoral.

Desde la convocatoria de las elecciones, las disputas entre el  CNE, órgano encargado de organizar el proceso, y el Tribunal Contencioso Electoral (TCE), responsable de resolver las controversias en materia electoral,  provocaron demoras en la confirmación de las organizaciones políticas autorizadas a competir en las elecciones generales del pasado 7 de febrero. Los dos partidos que enfrentaron más problemas para su aprobación fueron Centro Democrático (CD), encabezado por Andrés Arauz y apoyado por el expresidente Rafael Correa, y el Movimiento Justicia Social, del varias veces candidato Álvaro Noboa Portón. Mientras que el primero logró presentar a sus candidatos, el partido de Noboa se quedó fuera de la contienda, pero su proceso ante el TCE continuará. 

Sin embargo, esta no ha sido la única polémica. A inicios del mes de enero, y con cerca del 40% de papeletas para la elección de Presidente y Vicepresidente impresas, se evidenció un error en las mismas ya que el nombre y el logo del Movimiento Amigo tenían errores. Esto supuso una pérdida económica de 500 mil dólares al Estado, además de numerosas críticas por su ineficiencia. Asimismo, durante el inicio de la jornada electoral se sucedieron algunos inconvenientes, como la ausencia de los miembros de las juntas receptoras del voto (JRV), la demora en su instalación y largas filas para ingresar en los recintos electorales.

Auge del movimiento indígena

Pese a los obstáculos y dificultades, agravados aún más si cabe por un contexto de pandemia, las elecciones tuvieron lugar durante la jornada del 7 de febrero. Esa misma noche, tras un conteo rápido realizado por el CNE, se anunció que la coalición Unión por la Esperanza, liderada por Arauz, había obtenido el 31% del total de votos válidos. La sorpresa vino con el segundo candidato con más apoyos, Yaku Pérez de Pachakutik, quien contaba con el 20,04% de los votos. En tercer lugar, con el 19, 97% de los votos quedaba Guillermo Lasso, cabeza del Movimiento CREO (Partido Social Cristiano, Movimiento Ecuador Unido y Construye). Sin embargo, con el avance del escrutinio, Pérez descendía al tercer puesto y con apenas 20.000 votos de diferencia, Lasso pasaba a la segunda vuelta. 

La posibilidad de que Yaku Pérez alcanzase la segunda vuelta generó muchísimas expectativas por la posibilidad de tener por primera vez un presidente indígena. Por ello, cuando se avanzó en el escrutinio y Lasso adelantó al líder de Pachakutik, algunas voces manifestaron dudas hacia la fiabilidad del proceso. Esta desconfianza hacia los resultados no es algo nuevo: ya en 2017, en el balotaje entre el mismo Guillermo Lasso y Lenin Moreno, se denunció un supuesto fraude por parte del primer candidato. Sin embargo, el asunto no llegó a más por la ausencia de pruebas.

 

 Desconfianza institucional 

Ecuador es un país cuyas instituciones democráticas no han gozado tradicionalmente de elevados niveles de credibilidad. Por ello, si a esta desconfianza estructural se suma el continuo de errores logísticos y de comunicación que han acompañado al actual proceso electoral, no sería extraño que para el balotaje del 11 de abril se incrementarán las dudas sobre el resultado de las elecciones. Esto no sólo afectaría a la percepción de los ciudadanos hacia las instituciones, sino que pondría en una situación delicada al próximo presidente.

Junto con el incremento de la desconfianza, los resultados reflejan otras tres dinámicas evidentes en la actual política ecuatoriana: la persistencia de la diferencia regional, una profunda crisis en el espectro del centro hacia la derecha y que la “imbatibilidad” del correísmo ha desaparecido. El clivaje regional se hace patente en la distribución de votos entre los candidatos: mientras que Arauz ha concentrado la mayoría de sus votos en la costa, donde ha obtenido en promedio el 42,94% de los votos, en la región sierra Yaku Pérez ha sido el vencedor en la mayoría de las provincias.

 Así, pese a que en el discurso de los actores políticos persiste el eje correísmo-anticorreísmo, en la práctica la distribución del voto responde en mayor medida a diferencias regionales. 

Respecto a la crisis en los partidos de derecha y centroderecha, tras 8 años en campaña y tres elecciones consecutivas, Lasso no ha logrado consolidar su propuesta conservadora como la gran alternativa política al oficialismo. Si se compara con los resultados de las elecciones de 2017,  donde obtuvo el 28% de votos en la primera vuelta, en cinco años ha perdido casi el 10% de su electorado. 

Los resultados de las elecciones legislativas refuerzan la crisis de las fuerzas conservadoras. De los 137 escaños, apenas el 23,33% estará compuesto por legisladores de esa tendencia (movimiento CREO).

Por último, el correísmo ya no es una fuerza imbatible. Su candidato, Andrés Arauz, ha obtenido cerca del 7% de apoyos menos que su predecesor pese a la continua presencia de Correa en su campaña. Pese a las expectativas de ganar en primera vuelta, será necesario el balotaje. Además, en caso de ganar en segunda vuelta, será un gobierno en minoría ya que no ha logrado obtener los 69 diputados necesarios para el control del parlamento.

 
Fragmentación y desencanto

Estas elecciones, además de las sombras generadas por el pésimo desempeño del CNE, se caracterizan por dejar un escenario político diferente al que ha tenido Ecuador en la última década. Por un lado, es claro el fraccionamiento del voto. Por otro, destaca la emergencia del movimiento indígena como una opción electoral sólida que ya no sólo tiene opciones en las provincias con mayor población indígena (Cotopaxi, Chimborazo, Tungurahua, Cañar), sino también conquista en los centros populares urbanos (por ejemplo, en el centro sur de la ciudad de Quito o en la provincia del Azuay).

El votante de derecha o centroderecha tiene pocos motivos para la esperanza. Desde 1998 ningún partido de esta tendencia gana una elección presidencial. Los correístas tienen motivos para preocuparse. El expresidente Correa  ya no es el de antaño y los candidatos de su movimiento no siempre son la opción ganadora. Arauz deberá competir en segunda vuelta sabiendo que sus detractores tratarán estimular el voto por cualquier otra opción para evitar que el exmandatario y su alargada sombra regresen al país. 

En medio de las elecciones más atropelladas de los últimos 20 años, con la distribución del poder entre cuatro fuerzas políticas en el poder legislativo, que generará un gobierno que será muy débil, y bajo una sombra de desconfianza institucional, ¿Quo vadis, Ecuador?

 

 

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