La espada en la palabra

La degradación de lo más noble

Los buenos, los ilustrados, los realmente capaces, ya no desean inmiscuirse en la política; se repliegan por sí mismos a otras áreas.
domingo, 28 de febrero de 2021 · 05:00

Ignacio Vera de Rada  
Profesor universitario

Recuerdo que, en mis años de estudiante en la Universidad Católica, el profesor Carlos Cordero C., que impartía la materia Sistemas Electorales, nos decía que para los antiguos griegos la política era una actividad tan noble que solamente estaba por debajo de la poesía en la consigna de actividades ilustres a las que podía dedicarse el ser humano virtuoso o de genio. Creo que nunca como ahora –principalmente en Latinoamérica– aquel aserto pudo estar más traicionado.

En general, el mundo entero pasa por un mal momento (como en todo, hay excepciones, pero son contadas). La actividad política está tan frivolizada como lo están los personajes que la practican. Si uno se pone a evocar los nombres de Alejandro, Solón, Bismarck, Lincoln o Bonaparte, el escenario en el que los políticos de hoy hacen lo que ellos llaman política termina siendo un circo, y ellos, unos bufones. Pero no se necesita ser tan nostálgico ni recordar tan magnos nombres. Solamente pensemos en Bolivia. Y recordemos que antes la política estaba reservada para personas más o menos ilustradas. ¿Era un Estado excluyente, cerrado para algunas élites? Sí, ni duda cabe, pero ésa es materia de otro estudio. Lo cierto es que en la política había un elemento de mucha, de muchísima mayor calidad pensante. Era el escenario de peleas bizantinas que a veces no llegaban a ninguna orilla, el escenario de debates eruditos y, por eso mismo, acaso estériles… (recuérdese, por ejemplo, la interpelación a Ricardo Jaimes Freyre hecha por el excéntrico Franz Tamayo, que duró tantos días), pero sin duda alguna estaban repletos de ideas, de doctrina, de sabiduría…

¿De qué sirve, entonces, la sabiduría, si incluso con ella se hace poca gestión pública? De que, al menos, gracias a ella la maldad no campea a sus anchas, la insidia no es tan frecuente y el rencor no es tan agudo como lo es hoy en los corazones de los políticos. Porque un alma ilustrada, con cultura, sin decir que será santa o perfecta, será menos proclive al rencor y a la maldad.

Tamayo, Jaimes Freyre… No, no tenemos que ir tan atrás para añorar lo que en política fue mucho mejor que lo que ahora tenemos. Los años 70, 80 e incluso 90 del pasado siglo contaban seguramente con mejores parlamentarios, con ministros con un recorrido más meritorio, con embajadores con una carrera diplomática… La política debería estar reservada solamente para los mejores, para los que tienen conocimientos de economía, derecho, relaciones internacionales, historia, ciencia y arte.

Pero sería yo un ingenuo si creyera que la política de ayer era inmaculada, exenta pillaje o bandidismo. Creo que siempre fue una mala palabra. Así y con todo, los políticos de antes (exceptuando las manzanas podridas) eran personas de una calidad superior. Piénsese solamente en Juan Lechín o Filemón Escobar, cuya conciencia de clase no estaba menos marcada por las lecturas y la reflexión intelectual que por la dura vida en el interior de las minas o por la pobreza.

Cuando leo libros de historia, lo hago con melancolía. Cuando releo la historia de Alcides Arguedas, por ejemplo, y vuelvo a encontrar en ella todas las miserias de los políticos decimonónicos y de la sociedad en general, sigo encontrando virtudes en aquellas clases dirigentes que hoy ya no puedo ver. La malicia y la perfidia políticas no son cosa nueva. Si uno lee, por ejemplo, A bala, piedra y palo, de Marta Irurozqui, cae en cuenta de que las malas prácticas en la política boliviana son de antaño. Pero los políticos no eran tan vacíos, tan carentes de formación. Aunque con rencores de por medio, se peleaba por ideas. 

Cuando leo las memorias del gran Stefan Zweig, y veo una clase política europea no solo ingenua sino también ruin en algunos sentidos, sigo distinguiendo políticos de un mayor calibre que el de muchos pobres diablos que hoy rigen los destinos del viejo mundo…

El hecho del ascenso de personajes como Trump, Bolsonaro o el mismo Boris Johnson, no puede sino llamar a la reflexión. ¿Qué factores explican la ascensión de personajes así? ¿Por qué la política ha permeado tanto sus fronteras de ingreso? Las ideologías per se, que pocas veces sirven para explicar la realidad, tampoco sirven para explicar este fenómeno. Una causa está en un fenómeno que viene de antiguo: el populismo. No de otra forma se explican ascensiones más antiguas y acaso más terribles para la humanidad como la de Mussolini, la de Hitler o la de Stalin (siendo el primero de ellos relativamente culto o instruido). 

Creo que otra causa está en el progresismo de izquierda, que ha ido poniendo en cuestión la capacidad que las personas deben tener para ingresar en la praxis política. La relativización de todo, en general, ha hecho más mal que bien. Las tendencias proclives a romper todo paradigma, todo modelo ético y moral, no han hecho sino derrumbar las instituciones y los esquemas mentales indispensables que el ser humano necesita para vivir en sana armonía y, sobre todo, en cordura consigo mismo.

En Bolivia hay personajes como Camacho, por ejemplo, que son dignos objetos de estudio para este análisis. Escribía Alcides Arguedas –creo que en su Danza de las sombras– que en aquel tiempo había ya politiquillos que se mareaban fácilmente con los vítores románticos, con las vivas patéticas (en el sentido etimológico de esta palabra), y terminaban creyéndose más de lo que eran. Él los comparaba con los feriantes que se miran en los espejos cóncavos y ven sus siluetas desfiguradas, más anchas o más altas, en el mentiroso reflejo del cristal. No son lo que ven, pero creen cándidamente que lo son. Así pasa con los políticos de hoy. Ello desemboca en que se tengan candidatos de pacotilla, sin formación intelectual ni –¡cosa peor aún!– elevación moral. Ahora bien; hay otros personajes interesantes, como Rafael Quispe, de distinto talante, o como David Castro, que apelan al entretenimiento y a lo cómico para seducir y conquistar a las masas votantes. Ante ellos no podemos hacer otra cosa sino lo que aconseja B. Spinoza: ni reír ni llorar: filosofar.

Uno de los resultados más lamentables de todo este fenómeno es que los buenos, los ilustrados, los realmente capaces no solamente por sus conocimientos técnicos, sino también por su talla moral, ya no desean inmiscuirse (para ellos mejor sería decir mancharse) en la política; se repliegan por sí mismos a otras áreas. Como hace poco apuntó Vargas Llosa en una entrevista, aquel joven que tiene estudios, que se ha preparado para ser cabeza y no cola, ya no quiere meter las manos en la cosa pública; prefiere escribir, enseñar, dar conferencias, pero ya no conducir los destinos de un país, pues quienes lo acompañarán serán seguramente personas mediocres y sin virtudes éticas. Así las cosas, uno no puede esperar para el mundo sino un largo marasmo de decadencia.

¿Qué generación le dará a la política el estatus aristotélico que se merece?

 

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