Contra viento y marea

Mediocridad parlamentaria

No hay un solo opositor que descuelle por su labor discursiva, o de denuncia de hechos que ya han pasado al dominio público.
domingo, 7 de febrero de 2021 · 05:00

Augusto Vera Riveros  
Abogado

“Si Esparta y Roma perecieron, ¿qué Estado puede esperar existir perpetuamente?” Aquella célebre sentencia contenida en El contrato social parece una absoluta desproporción, si queremos forzar una reflexión sobre el Estado Plurinacional de Bolivia, en el que con muchas limitaciones vivimos bajo un sistema democrático que a veces parece sucumbir ante las extralimitaciones del poder político. 

Pero cuando Jean Jaques Rousseau hacía tan atrevida dogmatización de sus percepciones sobre el Estado de Derecho, en el que ha sido uno de los tratados más influyentes para el estallido de la Revolución francesa y las posteriores democracias liberales, lo hizo ante el descontento que venía de mucho tiempo anterior al levantamiento contra la monarquía y pensando en la capital importancia de un poder legislativo en la estructura del Estado. 

“El poder legislativo es el corazón del Estado; el Ejecutivo el cerebro, que lleva el movimiento a todas las partes. El cerebro puede paralizarse y la vida continuar, pero tan pronto como el corazón cesa en sus funciones, aquella se extingue”, fue otra de sus visiones justificadas para su época pero inaplicables para los sistemas democráticos liberales de hoy.

En nuestro contexto, casi acabamos de salir de un gobierno que ha perdurado por casi tres lustros y cuyo último periodo ha sido opacado por una manifiesta ilegalidad tácita y unánimemente admitida por todos los cientistas políticos no alineados partidariamente y no pocos de los actores luego del irreparable daño provocado al sistema democrático, que, aunque sin duda autoritario, en términos jurídicos fue rotulado como legítimo. 

Fueron precisamente los dos últimos periodos constitucionales, en los que al gobierno del MAS logró el control de la Asamblea Legislativa Plurinacional con la cooptación de más de dos tercios de sus asambleístas, lo que ha derivado en un control irrestricto y perverso de las funciones parlamentarias.

Con esos antecedentes y las limitaciones que eso significó para la oposición al Gobierno, su gestión parlamentaria durante esos últimos años del régimen a la cabeza de Evo fue casi estéril. Y aunque en términos generales ambas cámaras adolecían de una verdadera formación parlamentaria, por incapacidad intelectual en unos casos y compromiso doctrinal en otros, no hay que desmerecer que entre la minoritaria bancada opositora de filiación partidaria diversa hubo –y no pocos–  portavoces que hicieron sentir sus cuestionamientos hacia las políticas arbitrarias de un oficialismo inescrupuloso y una bancada abrumadoramente “levantamanos”. 

La voz vehemente de muchos parlamentarios de oposición (en su mayoría mujeres y con mucho oficio) determinó que precisamente porque no estaban en el ejercicio del poder, tuvieran que hacerse oír y mediante mecanismos lícitos obligar a la discusión, denunciando, investigando e ilustrando a la opinión pública.

Pero transcurridos tres meses del actual Gobierno, la bancada oficialista nunca pudo imaginar hallar un camino más llano como el que transita en su función parlamentaria, y puede resultar en apariencia excesivo, pero solo parecer, porque  lo evidente es que tenemos alrededor de 65 legisladores de oposición y no hay uno, uno solo que descuelle por su labor discursiva o de denuncia de hechos que ya han pasado al dominio público gracias a su ineptitud. Y no cupiera hablar, por supuesto, de una crítica destructiva, del insulto o de la descalificación inconsistente al oponente, sino de la discusión ideológica como alternativa de construcción de un Estado fuerte.  

A tres meses, ni senadores ni diputados de la oposición son intérpretes de las angustias que ya tiene el pueblo; de ahí es que a falta de una oposición idónea y coherente en el Parlamento, se haya formado –de facto– una amplia oposición crítica y rebelde, que goza de legitimidad aunque no de formalidad, haciendo de las redes sociales su plataforma de encendida contestación ante la tibieza de sus representantes en el mejor escenario político que tiene el sistema democrático.  Y es que reconocer fríamente el hecho de que unos mandan y los demás obedecen, supondría someterse a una frivolidad altamente peligrosa, cuando el sistema de mayorías y minorías tiene muchos matices que se encuadran en el sistema democrático sin resentir su esencia, que pueden hacer de la Asamblea Legislativa escenario de fructíferas discusiones; y ante los óbices que la oposición tiene por la antidemocrática imposición que en una de sus últimas tristes actuaciones tuvo el rodillo masista,  de embargar la voz disidente, tienen las tribunas supletorias de los micrófonos, las cámaras y la palabra escrita a las que parecen tenerles pavor. 

Entonces se fusionan una suerte de hilaridad y desconsuelo cuando se recuerda a Luis Fernando Camacho (el fracasado político) decir con soberbia e irrespeto por grandes legisladores, que en la historia de Bolivia no habría más calificados parlamentarios como los electos por su organización política. 

La mediocridad de los opositores en el parlamento no puede justificarse con la gran mayoría oficialista que tiene al frente, bien que la vehemencia de la crítica se reflejaría en el apoyo de quienes disienten con la política gubernamental. En el caso que hoy tratamos, las limitaciones de práctica parlamentaria hacen presumir que en el bloque opositor se ha producido una subordinación al adversario, una subordinación que, cuando hablamos de casos concretos, en nuestra nauseabunda política es práctica usual. 

No tengo nada en contra de las innovaciones de la comunicación, pero no es con Twitter  como se hace política efectiva, para eso está la Asamblea Legislativa Plurinacional, donde subyace el principio de la soberanía popular. Y extraordinariamente en sus extramuros por medio de sus representantes como la voz autorizada de la sociedad.

¡Qué distancia y nostalgia por la composición parlamentaria de hace 20, 30 o 50 años en que oficialistas y opositores se enfrascaban en memorables debates y más allá de sus convicciones ideológicas, existía una abismal diferencia de la actual composición parlamentaria de uno y otro lado, que hace que cada día, probablemente no nos acerquemos a la desaparición del Estado, pero tristemente a su desinstitucionalización y disminución de su calidad democrática!

 

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