Economía y desarrollo

«Socialismo» con características chinas II

¿Qué podemos aprender de la experiencia china? Una economía planificada, el desarrollo tecnológico y un Estado regulador son algunas de las claves que plantea el autor.
domingo, 21 de marzo de 2021 · 05:00

Iván Finot
MSc en Economía, especializado en desarrollo y descentralización

En el proceso de desarrollo de China iniciado en 1978 la educación ha sido clave. Al asumir Deng el poder se reinstauró el gaokao, o examen de ingreso a las universidades, que actualmente dura tres días. Comprende lectura, matemáticas y un idioma extranjero (la mayoría opta por inglés), y, adicionalmente, física, química y biología para carreras basadas en ciencias naturales, e historia, ciencia política y geografía para las carreras sociales. El porcentaje de admitidos entre todos los que postulan varía, según provincia, entre 9,5% y 30,5% (Sohu 2018) correspondiendo los mayores porcentajes a aquellas con mayor ingreso por habitante.

Varias universidades de China están entre las mejores del mundo: la Tsinghua (15) y la de Peking (23), ambas en Beijing, y la de Hong Kong (22) y la de Ciencia y Tecnología (27), ambas en Hong Kong (QS 2021). Y en la prueba PISA de 2018, referida a educación secundaria, las provincias de Beijing, Shanghai, Jiangsu y Zhejiang, en conjunto, obtuvieron el primer lugar a nivel mundial.

¿Cómo progresó la educación escolar para poder obtener estos resultados? El gobierno central define lineamientos generales y subsidios similares para todo el país, pero “el nivel provincial tiene autonomía para diseñar su propio sistema en términos de los tiempos escolares, los planes de estudio, libros de texto y salarios docentes”. Los recursos públicos finalmente destinados a este fin varían según el nivel de ingresos fiscales recaudados por cada provincia, con diferencias de 1 a 16. (Beech J.; Braylovsky D. 2008).

Además, los padres de familia pueden aportar, y de hecho aportan frecuentemente, al establecimiento donde estudia su hijo o hija, a fin de financiar equipos y clases avanzadas. Los padres con ingresos relativamente altos dedican una parte importante de ellos no sólo a aportes a las escuelas sino a la contratación de profesores particulares (ibidem).

Es decir, se favorece la competencia incluso entre provincias y en la educación pública. Favorecer la competencia e incorporarse a la economía mundial y, simultáneamente, desarrollar el conocimiento –destacado por Deng como la fuerza productiva decisiva (Deng X. 1978)– ha resultado clave. A través de joint ventures se importó el conocimiento tecnológico alcanzado por las economías más avanzadas y se accedió a sus mercados. Y al incentivar la educación al máximo nivel, se creó capacidad para desarrollar dicho conocimiento autónomamente. Actualmente empresas chinas compiten a la par con estadounidenses en robótica, inteligencia artificial y computación cuántica, miles de millones de veces más rápida que la computación binaria actual.

Y todo ello bajo una Constitución que establece que el único partido gobernante en todos los niveles del Estado es el Partido Comunista (China 1982) y las huelgas están prohibidas porque “dañan los intereses de los propios obreros” (El País, 27.11.1982), supuestamente en el poder a través del partido que los representa. La regulación se cumple estrictamente y la corrupción es severamente castigada, incluso con pena de muerte (ABC 1.08.2021)

Los habitantes de la República Popular China, con excepción de los de Hong Kong, aún desconocen la democracia: pasaron directamente de un sistema feudal, encabezado hasta 1911 por un emperador, a la dictadura del Partido Comunista. Pero a pesar de que obligar a limitar la natalidad es una violación de los derechos humanos, actualmente hacerlo ya es parte de su cultura (como en los países europeos) y en su gran mayoría están contentos por el progreso que experimentan.

¿Qué podemos aprender de la experiencia china?  En primer lugar, el desenlace allí, después de fallidos intentos de reemplazar al “homo economicus” por una economía centralmente planificada, demuestra que intentar sustituir las iniciativas de millones de mentes por una planificación central a cargo de unos pocos ilustrados, no sólo no funciona, sino que intentarlo ha tenido altísimos costos humanos, incluidas millones de muertes no sólo en China sino también en la Unión Soviética, Camboya y otros países.

En segundo lugar, que, como ya se había descubierto en Japón durante la era Meiji (1868-1912) y en Corea del Sur a partir de su independencia (1948), la clave para la industrialización es el desarrollo de tecnología, y para ello lo más conveniente es que el Estado oriente la iniciativa privada nacional a proveer al mercado mundial de manufacturas con cada vez más valor agregado. Y, para que esto sea posible, dedicar prioritariamente los recursos públicos y privados a lograr niveles máximos en educación científica.

En tercer lugar –ya se lo había descubierto en el “Estado del bienestar” europeo– que no existe una “mano invisible” que hace que el interés privado beneficie automáticamente a todos: que para que ello ocurra es indispensable que el Estado regule dicho interés –para empezar, castigando efectivamente la corrupción– y garantizar a todos un mínimo de igualdad de oportunidades. 

Pero, por otro lado, es evidente que el acelerado progreso chino sólo ha sido posible restringiendo libertades fundamentales, como el derecho a la reproducción, a la libre expresión y elección de autoridades. Y el gobierno tiene libre acceso a la información contenida en prácticamente todos los celulares (Knokel J. et al 2020). Todo lo controla el Partido Comunista.

Nuestro desafío es desarrollarnos en democracia. Unificarnos nacionalmente y fijarnos como objetivo dejar de fincar nuestro crecimiento en el hallazgo y el intento de industrializar recursos naturales con muy baja generación de valor agregado, insignificante creación de empleo de calidad e insostenible en el tiempo.

Según ya propusimos anteriormente (Finot I. 2019), destinar la renta que generará el litio a lograr educación de máximo nivel para las próximas generaciones y, desde ya, incentivar que empresas privadas nacionales produzcan y provean a industrias avanzadas, dondequiera que éstas se encuentren, de partes (hardware y software) con cada vez más valor agregado. La tecnología está en los componentes, no en el ensamblaje. La experiencia asiática nos demuestra que así se puede crear empleo de calidad sostenible y masivamente.

Estas empresas partirían de comprar patentes, pero después patentarían innovaciones, que provendrían de investigaciones que encargarían a universidades nacionales haciendo uso de subsidios directos y descuentos tributarios. En esto China se destaca, de lejos, entre los países con un ingreso anual por habitante inferior a 15 mil dólares (Dutta et al. 2020).

 

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