La anulación del adversario como práctica política

Apuntes sobre la persecución en Bolivia, una constante en toda la historia

La “matanza de Yáñez” en la década de 1860, las persecuciones y campos de concentración del MNR, las crueles represiones durante las dictaduras militares y los actos represivos desde la recuperación de la democracia en 1982 han marcado las turbulentas rivalidades políticas e ideológicas.
domingo, 28 de marzo de 2021 · 05:02

Fernando Chávez Virreira  Periodista

 

La persecución política ha sido una constante en el país desde el nacimiento mismo de la República, tanto en los períodos democráticos  como en las cruentas dictaduras. Los regímenes, a lo largo de la historia, han buscado anular a sus opositores, incluso con la eliminación física del “adversario”.

En las siguientes líneas se tratará de marcar cuáles han sido los momentos más representativos de esta historia de enfrentamientos entre los mandatarios frente a la resistencia de los opositores, pero también desde el punto de vista de una población valiente que siempre se manifestó contra los abusos del poder.

Según sostiene el abogado y defensor de los derechos humanos  Juan del Granado, “las persecuciones, la intolerancia política y las disputas faccionales han estado presentes en toda la vida de la República, donde la facción gobernante nunca respetó las normas y las constituciones vigentes y arremetió contra los opositores, apresándolos, desterrándolos, al tiempo que se reprimía masivamente a los sectores sociales excluidos”. 

En la visión de la periodista Lupe Cajías, “Bolivia ha estado acostumbrada a la persecución política prácticamente desde que nace como República hace casi 200 años; a lo largo del siglo XIX la inestabilidad se reflejaba no sólo en la persecución, sino en el asesinato del opositor político”.  Cajías resalta tres momentos históricos que marcan la persecución: la llamada “matanza de Yáñez, en 1861”; la etapa del MNR, que “sistematizó la persecución contra el adversario”  y la etapa de las dictaduras militares.

“Un hecho que marcó un punto alto y terrible se conoce como las ‘matanzas de Yáñez’. Plácido Yáñez, que era el jefe de la Policía, entró al Loretto, en el actual Palacio Legislativo y fusiló a opositores que estaban durmiendo, entre ellos Jorge Córdoba, el yerno de Belzu y que ocupaba un alto cargo político”, apunta Cajías.  Yáñez asesinó a 70 personas y el 23 de noviembre de 1861 la gente tomó venganza y acabó con su vida.

“La gente no le perdonó, fue como una venganza colectiva de la población. Creyeron que era para favorecer a un político, José María de Achá; pero no era así, fue la bronca del pueblo paceño que aborrece el abuso; hay un límite que no se puede traspasar”, sostiene Cajías.

Según apunta el periodista y catedrático Nelson Peredo, “la persecución y la venganza son las formas a priori de hacer política en este país. Lo político y la justicia está íntimamente relacionado con el castigo, el escarmiento o la condena. Es la lógica de la guillotina”.

Según escribe Peredo, en 1900 los liberales “cazaban” a los conservadores; luego, en la década siguiente, los republicanos perseguían a los liberales. En los 30 se juntaron todos y con los militares cazaron a Salamanca, en plena salida de la guerra. 

“Los militares nacionalistas, entonces, comenzaron la cacería a los antipatrias. Llegó Villarroel y junto a Radepa apresó a Peñaranda, que salió exiliado. Sus seguidores saquearon las casas de familiares y políticos afines al depuesto mandatario. La persecución seguía, pero ahora a manos de la ‘revolución’”.

Y agrega: “pero como moneda con moneda se paga, Villarroel fue derrocado por la reacción de la rosca minera, en alianza con algunos partidos de izquierda y exaliados villarroelistas. El cochabambino terminó colgado en un farol de la Plaza Murillo en uno de los episodios de persecución más escandalosos de la historia de Bolivia. Los seguidores de Villarroel salieron del país, exiliados, y los que se quedaron fueron procesados”.

 

Campos de concentración del MNR

Son tristemente célebres los campos de concentración que el MNR instaló desde mediados de la década de los años  50 del siglo pasado en Corocoro, Uncía, Catavi y Curahuara de Carangas.

“El MNR fue un parecido al MAS: un proyecto hegemónico popular que no pudo consolidarse, se resquebrajó y utilizó la represión para combatir a la oposición. El MNR es un pionero de este populismo autoritario represivo”, resalta Del Granado.

Mientras Peredo asegura que “con la Revolución Nacional la persecución llegó a un punto cúspide. Son tristemente célebres los campos de concentración que el MNR creó en la Amazonia boliviana y en los Andes. Corocoro y Yungas son testigos de estos trágicos hechos”. 

Lupe Cajías marca que “el otro gran momento es del MNR porque aunque durante el siglo XX incluso en el largo período democrático en el que hubo persecuciones políticas, encarcelamientos y exilios, el MNR sistematizó la persecución contra el adversario, quizá influido por su simpatía por el nazismo en sus primeros momentos, pero también   influido por exiliados españoles que llegaron al país tras la guerra civil española, entre ellos el señor Linch, del que se conoce muy poco, y que trae la idea de los campos de concentración”. 

“Se instalan campos de concentración en los lugares más insalubres, normalmente fríos, o de extremo calor; lugares de tortura permanente contra cualquier disidente, sobre todo los falangistas, y es cuando por primera vez encontramos persecución, tortura y vejámenes a mujeres; muchas mujeres falangistas sufrieron esos vejámenes que eran también psicológicos, por ejemplo dejarlas desnudas; no las tocaban pero las destrozaban con esos métodos”, dice la periodista y también defensora de los Derechos Humanos. 

“Muy pocos de esos torturadores han recibido el castigo que merecían”, agrega.

Luis Mayser Ardaya  relata en dos libros las torturas de las que eran víctimas sus camaradas en “la casa de control político movimientista en Santa Cruz”.

Y en 2016 el escritor René Torres recordaba: “Al anochecer del 19 de abril de 1959, el país se estremeció de espanto y el dolor entró a los hogares bolivianos, las emisoras aún sin confirmar anunciaban la muerte del líder político Óscar Únzaga de la Vega, jefe de la Falange Socialista Boliviana. Su muerte no esclarecida pesa sobre la trágica historia nacional y lo sucedido aquel día constituye el episodio más sanguinario protagonizado por el  MNR”.

 

Las dictaduras militares

En el análisis de Juan del Granado, el elemento cualitativamente diferenciador de la persecución política en Bolivia fue la doctrina de la seguridad nacional, instaurada en la década de  los años 60, según la cual la seguridad de un país no estaba en riesgo por amenazas externas, sino por un “enemigo interno” constituido por las corrientes socialistas que pretendían sumarse al bloque soviético.

“Las dictaduras militares eran el mejor mecanismo para los norteamericanos en su visión hegemónica para controlar la emergencia de estas corrientes, supuestamente aliadas al bloque soviético y por tanto enemigos mortales de los norteamericanos”, recuerda y agrega que “los dirigentes eran proscritos de la vida pública y de la vida política, y reprimidos no sólo en términos de persecución política, de encarcelamiento y exilio, sino hasta la eliminación física del adversario”.

Los siete años del banzerismo significaron decenas de desaparecidos y muertos, centenares de presos y torturados. “Yo lo he vivido.  10.000 exiliados y un igual número de detenidos; en medio de masacres sangrientas como la de Tolata, Epizana, Caracoles, del 19 al 21 de agosto, en la instalación del gobierno de Banzer. Luego de ello vino la dictadura de García Meza, 14 meses en los que se aplicaron de manera mucho más sangrienta las técnicas y las formas de represión de esta doctrina”, sostiene Del Granado.

Para Lupe Cajías, el tercer momento más complejo se da en la época de las dictaduras militares, desde René Barrientos hasta Hugo Banzer, “porque hay una coordinación internacional con el famoso Plan Cóndor y este acto  hace que la figura del exilio, que había sido respetada ya no valga, que haya  desaparecidos, que tampoco era una figura común en el país”. 

“Algunos sobrevivientes, como Loyola Guzmán, pueden relatar lo que fue esa forma de tortura permanente y de implementación de torturas técnicas que venían de Brasil, Argentina, hasta llegar a los fusilamientos en la época de García Meza, no  sólo con la toma de la COB, sino cuando matan a ocho dirigentes del MIR, inventando un enfrentamiento”, sostiene.

En 1982, tras la recuperación de la democracia y salvando el gobierno de Siles, que tuvo que recortar su mandato, y salvando los gobiernos transitorios de Mesa y Rodríguez Veltzé, “todos los otros gobiernos tuvieron impulsos autoritarios, que no se los puede confundir con las dictaduras o con al doctrina de seguridad nacional”, explica Del Granado.

“Lo que tenemos en todos los casos son momentos dolorosamente autoritarios de todos estos gobiernos, que al no poder, con sus propuestas estatales y modelos económicos, resolver los problemas del país, tuvieron la respuesta y la oposición de los sectores populares y esa respuesta fue contestada desde el Gobierno con actos autoritarios violentos”.

Así, recuerda que el gobierno de Paz Zamora masacró a cinco jóvenes de la Comisión Néstor Paz Zamora, que hasta ahora no se ha investigado. En el caso de Sánchez de Lozada, resaltan la masacre Amayapampa y Capasirca y luego los hechos sangrientos del octubre negro.

 

Los 14 años del MAS

Antes de que el MAS vuelva al poder, el gobierno de Jeanine Añez, a través de su ministro Arturo Murillo, comenzó una “caza” de las exautoridades,  también con encarcelamientos y procesos judiciales incluso contra Evo Morales. 

Según el análisis de Del Granado, “el autoritarismo del MAS se  volvió una práctica peligrosamente rutinaria, porque fracasando en su política de hegemonismo político usó estas prácticas para perseguir, reprimir y sobre todo para subordinar todo el aparato judicial, policial y fiscal, a los fines de la persecución política. Es lo que hace hoy de manera penosa el presidente Arce, a partir de este discurso falso del golpe de Estado”.

Según  Cajías, el MAS   utiliza múltiples técnicas, ya perfeccionadas, y sofisticadas, “las narrativas que logra construir esta nueva inteligencia, esta estrategia de guerra, de una guerra de baja intensidad, pero con muchas posibilidades”.

Con esa técnica de la “narrativa” se acorrala y ataca a las personas. Cajías destaca los casos de Leopoldo Fernández, o de José María Bacovik, “que es uno de los ejemplos más lamentables de lo que se puede hacer para destruir a un hombre de bien”.

“Lo que está pasando con el MAS tiene una agravante mayor; que es similar a lo que pasó en el Plan Cóndor: toda esta narrativa de falsas verdades, de medias verdades está acompañada o amplificada por una serie de otros medios de comunicación, de personajes, de hackers, de guerreros digitales, de medios al servicio de grupos políticos, y que además tienen puntos de apoyo en EEUU y en Europa”, agrega Cajías.

Sin embargo y en contraste, dice la periodista, hay que recordar que Bolivia sí pudo vivir en democracia. “Con todos los tropiezos, desde el 82 hasta el 2005 hubo un ambiente de tolerancia, salvo excepciones y que hay que recordarlas, sobre todo contra los grupos alzados en armas; pero en general se respetó la libertad de expresión y los derechos constitucionales”.

Y Del Granado acota que estas prácticas represivas del MAS se reflejaron en acciones delictivas, como los hechos del hotel Las Américas, Chaparina,  la muerte de mineros cooperativistas en el altiplano; el enfrentamiento minero en Posokoni, las muertes de varios pobladores en  Caranavi. “Hay un rosario largo; más de 100 personas han muerto durante el gobierno de Morales como resultado de la represión”, recuerda.

 

Punto de vista


Nelson Peredo CuentasPeriodista y catedrático 
“La justicia  es venganza”

Con el MAS, la persecución judicial se extendió en todos los niveles. Comenzaron procesos a autoridades electas, se armaron algunos casos (¿Terrorismo?) y se profundizó el control de instituciones que antes tenían cierta independencia, como la Defensoría del Pueblo. El Estado de Evo Morales intentó controlarlo todo y al que no se dejaba le caía el mazo.

Esto generó un movimiento que logró derrocarlo. Morales escapó del país, pero los que se quedaron pagaron los platos de los 14 años del evismo.

Con el gobierno transitorio la persecución volvió a las épocas más oscuras del MNR. Un ministro ni siquiera se sonrojó al decir que comenzaba una “cacería”. Muchos masistas cayeron en la cárcel, con o sin culpa. 

Pero como la política del país es tan cambiante, el MAS volvió al poder y comenzó otra vez la persecución. Una expresidenta y sus exministros fueron aprehendidos por sorpresa, en su casa o en la calle. Hoy hay exjefes militares y exjefes policiales procesados, no se sabe exactamente por qué delitos.

La justicia en Bolivia es venganza, porque se hace siempre bajo una mezcla de odio y fanatismo.

Las persecuciones del MNR a Falange, o las que hizo Murillo con gente del MAS o las que hace ahora el MAS con el gobierno transitorio, se articulan bajo la misma lógica de la política de la venganza que hemos heredado de la Colonia y que se ha extendido y tomado nuevas formas con la República.

Para los bolivianos hacer justicia es una acción para devolver un daño proporcional o mayor al que se ha recibido. La justicia en el país es sinónimo de venganza y desagravio, es el pago de una deuda con intereses. 

Y esto se ve en lo más pequeño: en la universidad, rector que entra es para procesar al rector que sale. Alcalde que entra es para perseguir a la gestión que se va. En la familia, un divorcio es una ruptura marcada por el odio y la venganza. La lógica de la persecución en Bolivia lo cobija todo. 

La justicia como institución no existe en el país. Lo que existe es un verdugo que corta cabezas a pedido del cliente. Es la lógica de la guillotina, de cortar cabezas para ajustar cuentas. Es la lamentable conclusión.

 

 

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