En defensa de la expresidenta

Jalar la pitita

“Jeanine Añez es cada uno de nosotros silenciado detrás de los barrotes del oprobio. Es la democracia ultrajada por la prepotencia del poder”.
domingo, 11 de abril de 2021 · 05:00

Luisa Fernanda Siles  Escritora

De terror, es la fotografía de Jeanine Añez asomando el rostro con su barbijo, entre barrotes, en el COF de Alta Seguridad de Miraflores. Se la ve demacrada, la mirada abrumada. La exsenadora Añez enfrenta el encono y la vileza de un carcelero que no escatima recursos para destrozarla. La notable joaquiniana es el trofeo macabro a esgrimir, así como los antiguos romanos crucificaban a los opositores, esclavos, y a los criminales a quienes consideraban seres inferiores, y luego empapelaban la Vía Apia con dichas cruces, en clara advertencia de lo que podía suceder a los rebeldes potenciales.

Jeanine Añez el eslabón más frágil de la cadena de resistencia al totalitarismo, levanta roncha en la cúpula masista y en su Jefazo porque es el recuerdo patente de que Bolivia le dijo No y rechazó el fraude que le permitía incrustarse en un mandato presidencial vitalicio. Ella es la expresión del triunfo de la verdad sobre la mentira y objeto de la revancha más artera, tal como lo fue el rodillazo al futbolista, la trampa del Hotel las Américas, la redacción de la Constitución en un predio militar y consiguientes muertos… Añez, una boliviana valiente, despierta su sed de vendetta machista en la que exhibir su supremacía ante el mundo. La gran hazaña: caerle a una mujer proba con innumerables juicios fraguados, sentando precedente que el “merecido” poder eterno ni sus arremetidas vuelvan a ser cuestionados.

Muchas cosas podrán criticarle a Añez, pero nadie puede negar, que ella diera un paso al frente ante la huida del presidente Morales, del vicepresidente García Linera y la renuncia de toda la línea de sucesión constitucional masista. Situación que dejara al país colgando entre un abismo de vacío de poder y una guerra civil azuzada por los escapados. Vimos a la parlamentaria hablar con una banderita arrugada a las espaldas, asustada sí, pero con firmeza y toda la valentía imaginable en sus ojos, momentos antes de hacerse cargo de un país en llamas que reclamaba legitimidad y legalidad. Añez, mujer, madre, hija, hermana, amiga, política y luchadora simboliza el estado de derecho, la esperanza de un horizonte sin autocracias ni emperadores propietarios del destino de Bolivia. La legisladora oriental estuvo a la altura de los acontecimientos: pacificó el país, llamó a elecciones y entregó la presidencia al partido ganador devolviéndonos la fe en el bien. 

Jeanine Añez es cada uno de nosotros silenciado detrás de los barrotes del oprobio. Ella es la democracia ultrajada por la prepotencia del poder mediante un rosario de pleitos improvisados y adosados al Ministro de la Injusticia, quien con sus argumentos memorizados emprende una causa perdida de antemano.

Los muertos de Senkata endosados a Añez no fueron asesinados por balas del ejército boliviano, sino por las disparadas por arma corta, lo dicen los peritos policiales. Habría que dar con los verdaderos responsables y a quien convenía que los hubiera. Por otra parte, fueron las huestes masistas las que se dispusieron a dinamitar la planta de almacenamiento de hidrocarburos de YPFB de Senkata, donde hubieran muerto varios cientos de almas, a bloquear una ciudad, dejar sin alimentos a sus habitantes y sin oxígeno a sus enfermos de Covid. Eso, es terrorismo. ¿Quién enjuicia a los responsables de los fallecidos asfixiados?

Por desgracia, en nuestro país la justicia se ha convertido en el brazo represor del gobierno de turno. El remedo de Poder Judicial nacional exonera a culpables de los robos al Fondo Indígena, a los responsables de los fraudes electorales, hace la vista gorda con los 36 vuelos diarios que despegan de Chimoré y que probablemente transportan droga, armamento y mercenarios, encarcela y persigue a los héroes de la democracia, activistas, militares y a policías que cumplieron con su deber de proteger a Bolivia. Vemos horrorizados la lista de privados de libertad: el activista Yassir Molina, los ministros Álvaro Coímbra, Rodrigo Guzmán, los  generales Jorge Mendieta, Luis Valverde,  Flavio  Arce, Alfredo Cuellar, perseguida la exministra María Elba Pinker, entre tantos otros.

Desencantada, pero no vencida, la ciudadanía, ha perdido la confianza en la independencia del Poder Judicial. La habilitación del Jefazo a un cuarto mandato presidencial y el fraude electoral de 2019 reconocido por la OEA hirieron de muerte nuestras instituciones, las cuales ya no garantizan equidad ni justicia, mas bien facilitadoras del gobierno, como las de Venezuela, Cuba, Nicaragua, Corea del Norte e Irán.

Desdecir la historia,  no es un tiro al aire, responde a un plan sombrío. ¿Encerramos en la peor dictadura de todos los tiempos? ¿Abarrotar las cárceles con opositores al Movimiento al Socialismo? ¿Qué harán cuando los presidios no  alcancen? Ni la memoria ni la voluntad del colectivo se borran con masacres, al contrario, la resistencia está implícita en la condición humana. El precio de las grandes revoluciones es demasiado alto en vidas humanas. Hiela el espinazo ver que al dictador nicaragüense Ortega ni los cientos de muertos en su haber le quiten el sueño, es más, parece que la sangre de sus coterráneos vigoriza su omnipotencia. 

El MAS ganó las elecciones nacionales con un padrón viciado, pero así fueron impostadas las reglas, y Arce Catacora, el primer mandatario de la Nación, tenía la obligación histórica de hermanarnos, gobernar para todos, cambiar la política masista de imposición, venganza y zarpazos a la oposición. Cómo recordarle, que los enemigos no somos sus compatriotas, sino la crisis, el desempleo, la inseguridad jurídica, la corrupción. El presidente marioneta, parece haber candidateado solo para devolver el añorado estrado a su “propietario” natural, cumpliendo un plan urdido desde La Habana.

La vieja cúpula del MAS, desacreditada, perdió autoridad moral, es la responsable de su derrota estrepitosa en las elecciones Departamentales y Municipales. Los nuevos y los viejos rasputines del MAS, radicales, sembradores de odio hacen oídos sordos a la lección recibida en la insurrección de octubre. Si bien un día Morales representó a los que nunca fueron representados, hoy, es una figura en caída libre, símbolo del engaño, abucheado  donde vaya. La fórmula criminal de Castro y Maduro, es decir que “a la mala” se dobla hasta el hierro, en Bolivia no funcionará. Aunque el primero, va 60 años en el poder, el segundo hace 9 que tiene secuestrado un país de hambrientos. ¿En eso nos quieren convertir? ¿En un país de mendigos e inmigrantes?

Los hoy, todopoderosos, podrán organizar milicias, montar elecciones tramposas, aparatos represivos y eventualmente meter bala, pero no reescribir la Historia reciente, en la cual, ante el fraude, la dimisión y la huida del presidente, fue Jeanine Añez, quien asumió la primera magistratura por sucesión constitucional. Tampoco podrán convencer a los millones de bolivianos que no vimos, lo que sí vimos. Tal miopía política solo enardece los ánimos, refuerza las ansias de vivir en un estado de derecho verdadero. Empuñar otra verdad es mentir, y el MAS inventa un “golpe” en su afán de victimizarse, que como toda falacia, cae sola, desnudando la desesperación patológica del jefe supremo por recuperar el “trono” presidencial. Mayor será la pérfida porfía, más la verdad permanecerá intacta en nuestro espíritu. El sitio donde nadie puede acceder, ese yo interior, intocable y siempre libre. 

Jeanine Añez no está sola, estamos junto a ella las mujeres de este país y del mundo y los millones de bolivianos que protestamos contra el fraude falaz, porque ella representa la dignidad boliviana, el poder enceguecedor de la verdad, la resistencia a la impostura, el rechazo a la imposición castrochavista, la defensa de nuestros símbolos patrios. Hoy cobra más vigencia que nunca el verso de nuestro himno que reza: “morir antes que esclavos vivir”, tenemos claro que no bastarán las mordazas ni las cárceles para acallar nuestra voz. 

Janine Añez, somos todos. 

 

 

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