Invasión y guerra

Afganistán, yo estuve ahí

EEUU anunció que se retiraría de Afganistán después de 20 años. El autor cuenta su experiencia en ese “fascinante” país entre 2004 y 2014.
domingo, 25 de abril de 2021 · 05:00

Oscar Antezana Malpartida  Economista

Estados Unidos invadió Afganistán en octubre del 2001 para derrotar a los talibanes que refugiaban a Osama Bin Laden y otros líderes de al-Qaeda. El pasado 14 de abril, Estados Unidos decidió que abandonará ese país en septiembre de este año, 20 años después. Ha sido la guerra más larga de Estados Unidos, más larga que las dos guerras mundiales y la guerra de Vietnam juntas. En estos 20 años seguramente ha ganado la mayoría de las batallas (más una guerra de guerrillas), pero al final pierde la guerra. Bin Laden fue liquidado en Pakistán hace 10 años, en 2010, su único trofeo y consuelo. 

No llegaban turistas a Afganistán. Yo fui el año 2004 por cuestiones de trabajo. Mi primera parada fue Londres, luego Dubái, y de ahí un vuelo chárter, programado para funcionarios de la cooperación internacional, hasta Kabul, la capital de Afganistán. El avión a veces iba con cinco pasajeros, otras veces más o menos a mitad de capacidad. Todos extranjeros. Un par de horas antes de llegar, lo único que se veía era un mar de montañosas blancas, hasta el horizonte. 

Nadie me esperaba. Tenía instrucciones de mi oficina de qué hacer y dónde ir. El aeropuerto era una infraestructura pequeña, con sus paredes todavía llenas de cicatrices de balas, y con mínimo mantenimiento. Estaba lleno de aviones y helicópteros militares. Detecté un avión comercial de la aerolínea Pakistaní PIA. El oficial de migraciones no sabía más que pastún, el idioma oficial de Afganistán. 

Mostré mi pasaporte y mi visa, él nunca había leído o escuchado de Bolivia. Primer país donde no me sirvió de nada el inglés. Tuve una discusión de unos cinco minutos para convencerle, entre señas, que yo no era de Libia, como él creía. Al final, creo por cansancio y frustración, me dejó pasar. Me sello mi pasaporte y un papelito que era una fotocopia con el escudo de ese país y la firma del funcionario. Recogí mi maleta. Afuera me esperaba el vehículo de la oficina que me llevó a mi hogar temporal.

Los extranjeros que visitaban o vivían temporalmente en Kabul eran militares, diplomáticos, funcionarios de organizaciones internacionales y de la prensa mundial. No se permitía viajar con acompañantes, pareja y/o familiares, por temas de seguridad. 

Tampoco había razón, uno estaba confinado a los predios de tu vivienda y/u oficina, que generalmente era en el mismo lugar. No había necesidad de trasladarse a no ser que sea para asistir a una reunión con autoridades de gobierno o colegas de otras organizaciones. Excepto militares, nadie se salía de Kabul por seguridad. 

Viví en un predio del tamaño de un manzano donde estaban las oficinas, los dormitorios, y espacios sociales (comedor, una pequeña sala de estar con algunos libros, una consola para jugar Nintendo, y un gimnasio de tamaño regular). Los oficiales de seguridad, extranjeros y locales, tenían su edificio pequeño en el mismo predio. Los cocineros eran locales, se comía comida del lugar; siempre fue una delicia. El predio estaba rodeado de militares armados. La puerta principal fuertemente custodiada con barreras de seguridad y puertas blindadas.

Además de mi cama, un escritorio con computadora, un ropero y un par de sillas, me acompañaban un casco y un chaleco blindado para alguna emergencia. Salía a reuniones alrededor de un par de veces a la semana en vagoneta blindada Toyota Land Cruiser. Me embarcaba dentro del garaje y me acomodaba en los asientos de atrás. Además del chofer que podía o no ser también un soldado, el asiento del copiloto lo ocupaba siempre un hombre fuertemente armado, con su caso y chaleco antibalas. 

Al llegar al lugar de la reunión, la vagoneta entraba al garaje del predio correspondiente; se bajaba primero el soldado, te abría la puerta y yo recién salía. Nunca me baje del vehículo en la calle. Nunca pisé una calle en Kabul. Los dos o tres restaurantes “seguros” donde se permitía ir a los funcionarios de la comunidad internacional, tenían amplios garajes para entrar con los vehículos. Su horario de atención era de 5-8 pm, aproximadamente, y era usual cenar acompañado de unas velas y el amigo de turno porque el flujo de energía eléctrica no era confiable. 

Algunas noches, a lo lejos, se podía escuchar sonidos de bombas y balas,  generalmente, siempre había algún extranjero con “experiencia” que comentaba que los sonidos eran en tal u otro lugar de la ciudad, o a una distancia más que prudente. 

Muchas veces volví a mi “casa” a oscuras, solamente con los faros del vehículo encendidos porque el alumbrado público era escaso, tenue o se cortaba en cualquier momento. Dependiendo de la noche o el lugar, el chofer cambiaba de ruta o conducía el vehículo sin luces encendidas, de acuerdo con las instrucciones que recibía por radio de nuestro jefe de seguridad.

Gracias a Dios no tuve ningún percance, excepto el susto de mi vida en el aeropuerto, de retorno a Dubái. Hubo ataques ese día, la ciudad estaba más o menos convulsionada. No dejaron a mi chofer acercarse al aeropuerto. Me dejó como a unas siete cuadras. Arrastré mi maleta hasta unos contenedores, de esos que transportan los barcos, que hacían de puestos de control militares. Los soldados me revisaron de arriba abajo, abrieron mi maleta y me preguntaron cosas que no entendía, ni ellos me entendían. 

Me hicieron esperar un rato mientras conversaban entre ellos. Por un lado, no sabía lo que me iban a decir o pasar. Por el otro, no quería perder mi chárter… ya estaba ansioso de volver. Registraron mi maleta nuevamente y se sacaron un par de bolsas de un kilo de nueces y pasas que me regaló Abdullah (uno de los productos emblemáticos de Afganistán (además del opio) y un par de prendas de vestir. 

No reclamé, me callé. Mi prioridad era pasar y no perder mi vuelo. En migración entregué mi papelito/ fotocopia, me hicieron preguntas, no entendí, ellos tampoco, y me dejaron ir. Fuimos dos personas en el avión rumbo a Dubái. No volvería hasta 10 años después.

 

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