Ciudades y desarrollo

Celebración de El Alto: «Sabemos vender bien»

El autor ensaya un análisis, a partir de la Feria 16 de Julio, sobre cómo el comercio se constituye en el motor alteño.
domingo, 25 de abril de 2021 · 05:00

Bernardo Prieto Ensayista

Hace algunas semanas, en estas mismas páginas, se publicó un artículo sobre la ciudad del Alto en el que Jesús Húmerez Oscori, trataba de retratar a su ciudad. En el texto es posible darse cuenta de la magnitud y la excepcionalidad de esta ciudad que –con menos de 40 años– se convirtió en la segunda  más grande de Bolivia. Sin embargo, la valoración final de Humerez, más allá ciertos lugares comunes (que lo abigarrado, que lo plurinacional, que la defensa de los recursos naturales) se detiene en una observación de Mahbud UI Haq, el cual, anuncia que el futuro de Bolivia se encuentra el desarrollo de la ciudad del Alto y las habilidades de los alteños. Pero, ¿de qué habilidades se está hablando? 

Todo intento de describir la ciudad de El Alto debe incluir a la Feria 16 de Julio, es en este contexto donde podemos entender de mejor forma las habilidades de las que habla Mahbud Ul Haq y que, quizá por su proximidad, se escapan a nuestros ojos. En este sentido, hace algunas semanas, cierta complejidad y mucha de la belleza de esta feria fue capturada en un pequeño video (puede ser visto en YouTube) que titula   Sabemos vender bien. El video, de no más tres minutos, esconde una propuesta epistemológica interesante.  Porque detrás del lema “sabemos vender bien” (la construcción perifrástica saber + infinitivo con valor aspectual imperfectivo y habitual) nos señala el desarrollo de cierto hábito. Es decir, una acción recurrente –vender– que no ha cesado de realizarse y que, por esto mismo, es parte de la vida del hablante: el comercio.

El comercio, no obstante, implica un proceso complejo de transformación de la información –contenida principalmente en los precios– en conocimiento. Porque el comercio es –parafraseando a Israel Kizner– un estar atento a toda oportunidad de negocio respondiendo correspondientemente de manera pronta y creativa. Es estar alertas y preparados, porque –como vemos en el video– una oportunidad de negocio puede presentarse en cualquier momento, y como la lluvia que cae de repente, siempre hay que llevar un gorro y un paraguas –es decir, afinar estas habilidades– para responder mejor a la realidad. 

Lo que se quiere apuntar es el factor personal que logra crear, en su coordinación no planificada, un fenómeno transversal a la realidad. Y es que de esta forma de vida –este hábito– se desprende una compleja red de relaciones y diferentes “sentimientos morales” que, poco a poco, construyen una comunidad. 

Que este fenómeno sea poco entendido o, mejor dicho, que su tratamiento teórico desborde muchos de los estudios, es evidente. Si bien, por ejemplo, el importante y ya clásico libro de Tassi et al (Hacer plata sin plata), presenta un abordaje generoso y un valioso trabajo de campo, no obstante, la matriz general de los estudios presentados retiene una perspectiva, por usar un término, culturalista-historicista. Así –como se puede leer el prólogo del libro– “la respuesta –al ¿cómo lo hacen?– no estaba exclusiva o estrechamente en una racionalidad económica per se, sino en las instituciones y prácticas culturales y locales que han definido estos espacios y actores”. 

En defensa del libro se podría afirmar que si por “racionalidad económica” se entiende la clásica definición robbisoniana (que sostiene la consistencia de la decisión racional como producto de la asignación de medios escasos a fines dados) entonces, ciertamente, tal definición no puede explicar de manera coherente muchos de estos fenómenos. Sin embargo, el énfasis puesto en “las instituciones y prácticas culturales” nos retrotrae a la famosa “disputa sobre el método”, donde la Escuela Histórica Alemana apostaba por un conocimiento fundado en un cuidadoso método descriptivo –como en Hacer plata sin plata– que pudiera responder a las particularidades de la historia, la cultura e instituciones explicando así el orden económico. 

Sin embargo, lo que nos enseña la famosa “disputa sobre el método” es la imposibilidad de establecer un conocimiento teórico serio a través de la particularidad histórica porque –parafraseando a Carl Menger–  la realidad empírica necesita ser interpretada precisamente por lo que está fuera de ella, ya que, un fenómeno complejo –digamos la Feria 16 de Julio–  presenta regularidades que, abstraídas de las particularidades de la “forma histórica” específica, pueden –o en este caso, deberían explicarse– por la aplicación de una regla general.

 Es también una gran ironía que muchos políticos e intelectuales alteños defiendan posiciones teóricas radicales –entre marxistas e indigenistas– que, esto es evidente por sí mismo, no pueden dar razón, sin entrar en  contradicciones sobre la expansión comercial y el gran desarrollo económico de su ciudad. Por esta razón, inconsientemente estos mismos intelectuales repiten los más antiguos prejuicios aristocraticos (y burocráticos) en contra del comercio. Prejuicios que, además, fueron racializados fervorosamente, enlazando la “poco honrosa” actividad comercial y una pertenencia étnica. 

Pues, la satanización del –mal llamado– “comercio informal” deviene de la incomprensión sobre la creación de riqueza. Por una parte, el comercio se percibe como un robo (porque se vende algo que no se ha producido) o por la distribución desigual de la riqueza generada (porque no es justo que poca gente acumule mucho). Cada una de estas réplicas tiene una importante explicación económica que, ya sea el caso, explica cómo el proceso de comercio en realidad ajusta y abarata los precios, así como la acumulación del capital genera a largo plazo riqueza general. 

Pero, si se siguen estos prejuicios se deja de percibir cómo el comercio en general fue, y es, un vehículo de pacificación ¿Y es que no es un milagro la variedad de productos cuando miramos la Feria 16 de Julio? ¿Qué formas de orden pre-jurídico sostienen este fenómeno y, en este sentido, cuándo el comercio se convierte en no beneficioso para la sociedad? ¿Qué “instituciones de acción colectiva” gobiernan este fenómeno? 

Por último, es preciso notar que hasta cierto punto el registro neutro del monólogo en el video realza, sin buscarlo, la belleza de las imágenes: ahí –como sucede de alguna manera en Vuelve Sebastiana– donde los rostros, las calles, cada uno de los objetos, los colores y la luz nos pueden hablar más claramente que las palabras que oímos. Y aunque la dirección del video sea vagamente kitsch –en sintonía precisamente con una “estetizacion” del lenguaje– es posible percibir lo sugestivo de esta propuesta: esta es una celebración de la ciudad a través de aquel comerciante que sabe vender bien.
 

 

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