La elección de Ecuador y el corsi y recorsi de la política

domingo, 25 de abril de 2021 · 05:00

Diego M. Rau Politólogo Latinoamérica21

 

Allá, comenzando el siglo XVIII, el filósofo italiano Giambattista Vico proponía entender el despliegue de la historia humana como un indefinido corsi y recorsi, es decir una repetición sucesiva de procesos y hechos, reconfigurados pero repetidos en su esencia última. Algo así como el Eterno retorno de Nietzche pero sin tanta carga ideológica. Los resultados de la elección en Ecuador parecen, para la política latinoamericana de las últimas décadas, confirmar esa visión de la historia. 

En controversia con otros escenarios políticos más previsibles, en el sentido que una disputa electoral puede ser reñida pero su resultado final no sorpresivo en su significado e impacto, la elección de Lasso confirma la regla política latinoamericana: el ganador sorprende y rebasa todas las especulaciones, análisis y encuestas previas.
   
¿Porqué iba a ganar Arauz?

Después de las elecciones generales, donde se desprendía como obvio que el balotaje, si lo hubiere, iba a ser entre el correísta Arauz y el liberal Lasso, sorprendentemente hubo unos días en que no se sabía si el segundo era efectivamente Lasso, o el líder de la CONAIE (Confederación Nacional Indígena del Ecuador), Yaku Pérez. 

La holgada ventaja de Arauz en esa primera vuelta (33% de los votos) se enfrentaba a una indecisa segunda minoría entre Lasso y Yaku, ambos redondeando el 19% de los votos. 

El correismo de Arauz temió que el balotaje fuera con Yaku pues, si bien las relaciones entre Correa y la CONAIE fueron muy conflictivas en el segundo mandato del expresidente, se suponía que ambos competían más o menos por el mismo electorado. En cambio, un balotaje con Lasso, neoliberal y hombre del establishment financiero, les hacía presuponer un triunfo previsible.

Por su lado, el anticorreísmo se quiso aferrar al segundo puesto de Yaku por las mismas razones y objetivos: el líder de la CONAIE le “mordía” votos a Arauz y sumaba, por espanto y no por amor, como decía Borges, los electores de Lasso.

Pero ganó Lasso

Disputadas las elecciones del 11 de abril, sorpresivamente Lasso obtenía una victoria electoral, si no holgada, cómoda. Esas que no dejan lugar al reclamo del vencido: 52,5% a 47,5%. Una vez más, la política latinoamericana sorprendía a propios y externos. 

Los primeros análisis despliegan una serie de cuestiones para explicar tan sorpresiva victoria electoral. En primer lugar, el reperfilamiento de la campaña de Lasso, diseñada por el inefable Jaime Duran Barba, que buscó abrirse a sectores y temas ajenos a su ideología más conservadora (género, medio ambiente, minorías). 

En segundo lugar, la agenda marcada por Lasso obligó a Arauz a una confrontación discursiva defensiva. Tercero, el hecho constatado por el voto de que las comunidades indígenas le dieron la espalda a Arauz. Y finalmente, el anticorreísmo furioso de gran parte de los sectores medios urbanos. 

Cierto es que estos, y otros, factores son heterogéneos, incomparables entre sí, difusos y difíciles de medir. Pero evidentemente algo los hizo confluir en una opción no querida por muchos pero tomada como “el mal menor”. Lo que, por supuesto va a influir luego en la gestión del nuevo gobierno una vez pasada la efímera gloria de la asunción presidencial.

La política latinoamericana del siglo XXI

Evidentemente, elecciones en Ecuador, Perú, Bolivia, Uruguay, Brasil, Argentina, es decir los dos últimos años, muestran un escenario político muy fluctuante. Hasta poco más de entrada la segunda década del presente siglo, existió una clara predominancia de gobiernos de signo progresista, con lo variopinto que es el progresismo en América Latina (izquierdas, centroizquierdas, socialdemocracias, populismos).

A partir de entonces se observó un incipiente giro político-ideológico, que se ha dado a conocer como el “giro a la derecha” de la política de la región.

Pero desde hace pocos años, la oscilación entre derechas e izquierdas, con todo lo que hay en el medio ideológico, ya no parece seguir un patrón claro. Las elecciones no solo posicionan gobiernos de un color o de otro, sino que esas indefiniciones se observan al interior mismo de los gobiernos.

Basta observar el componente evangélico de gobiernos de “izquierda” como el de López Obrador (que incluye ex políticos del conservador PAN) y de Ortega en Nicaragua. Las fuertes divisiones internas en el gobierno del MAS en Bolivia que, a dos meses de la elección y victoria presidencial, le suceden dos derrotas en elecciones departamentales y municipales. 

En Perú, en las recientes elecciones hubo seis candidaturas que obtuvieron entre el 8 y el 16% de los votos, en un arco que va de una derecha extrema a una izquierda radical. 

La posible nueva candidatura de Lula crece en Brasil a la vez que frena la caída del apoyo a Bolsonaro. Chile aplazó una elección (reforma de la Constitución) que es una aspiración de la centroizquierda a la vez que una válvula de escape del gobierno liberal de Piñera. 

En fin, América Latina es una región particular en muchos aspectos. Por supuesto, la política no podía ser menos. Imprevisibilidad, ascensos y descensos, euforias y depresiones, períodos de auge económicos y c risis fulminantes. Izquierdas y derechas. 

Quizás solo volviendo al boom literario de los 60 y su realismo mágico se pueda dar pistas de un entendimiento más definido empírica y metodológicamente para encontrar ciertas pautas de nuestro comportamiento político.Mientras tanto, ser cautos en nuestros análisis prospectivos. Después de todo, las encuestadoras la pasan peor.

 

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