Semana Santa

Acompañemos a Cristo...

Un análisis jurídico de los dos juicios a los que fue sometido Jesús: el “religioso”, ante el Sanhedrín, y el “judío” ante Poncio Pilato.
domingo, 4 de abril de 2021 · 05:00

Gastón Ledezma Rojas Abogado

En circunstancias de tribulación y angustia que gran parte de la humanidad atraviesa a causa del flagelo que no concluye con su sombría pandemia de la  Covid-19, en el contexto del calendario anual, estamos viviendo el periodo de triste recordación de la Semana Santa, abstrayéndonos de los problemas cotidianos y sus banalidades. 

Al margen de las cuestiones emergentes de la innegable pérdida de valores ético-morales, capaz de quebrar las raíces de principios inalterables que lograron la formación y construcción de vigorosas personalidades, ahora se lamenta el imperio del descreimiento  de esos valores.

En la fase medular de recordación de los dolorosos pasajes de la gloriosa Pasión de Cristo, debemos tomar sus manos y dejarnos conducir en ese cortejo de padecimientos.

Cobra inusitado dolor la quejumbrosa y desgarradora cadena de pasos dados por el séquito que acompañaba a Jesús hasta su muerte. Pasan ante nuestros ojos, luego de su prendimiento y con el beso de traición de por medio, el agobiante y urdido proceso, los vejámenes y ultrajes del interrogatorio, el canje de Jesús por un malhechor, luego de una sentencia de condenación final a cargo del pusilánime Poncio Pilato. La pena capital impuesta después del controvertido proceso en el que se pugnaba la preeminencia de los dos respectivos derechos concurrentes – hebreo y romano – que dejaron para las posteriores generaciones un rico caudal de doctrina, legislación y criterios sobre los alcances procesales y, más que todo por el fondo espiritual que encerró esta problemática.

Llegada la tarde del Jueves de Pasión, debe recordarse la reiteración del buen Jesús que subraya el amor que siente por sus hermanos de entonces, por sus hermanos de hoy y de siempre. Este amor, dice el evangelista Juan, se expresó en la humildad del lavatorio de los pies, en la Cena y en la Cruz, demostrando que con amor se llega a la felicidad antes que con el odio.

No puede haber amor cuando se tilda de “criminales” a quienes no están conformes con el poder absoluto, avallasamientos y sin antes ver el Diccionario de Sinónimos.

Se puede muy bien encontrar la explicación de estas vivencias de Jesús, a las que se suma su testamento, como nuevo mandamiento, palabras que se reiteran por la grandiosidad que entraña: “quiero dejarles otro mandamiento y es que el amor que reina este momento, perdure por siempre entre nuestros hermanos”, o como dice el Padre Luis Palomero S.J. en su libro Les doy una noticia… – Edit. Paulinas 2014– “Jesús se pone a los pies de la humanidad para lavarla del pecado y nos manda amarnos como Él nos amó, es decir, hasta el fin. Nos entrega su pan partido y su vida dada, para darnos la vida de Dios”.

La sublimidad con la que el citado autor interpreta las santas palabras de Jesús, adquiere el relieve que solo Él puede expresar, máxime si en pocas horas más iba a darse inicio a su martirologio de tan diversas facetas, como las alternativas del aberrante, arbitrario y ruin proceso, con flagrantes violaciones de las leyes vigentes entonces, que cohonestaron con la ignorancia, prepotencia y bastardos intereses regionales, de centuriones, pretores, guardias o simples miembros de la soldadesca.

Hubo dos juicios, el “religioso”, ante el Sanhedrín,  y el judío, que llego a ser el “político” ante la presencia de Poncio Pilato, quien en ese tiempo era gobernador de Judea. El proceso religioso era regido por la ley judía, y el otro por la ley de Roma. Al Sanhedrín lo consideraban como la máxima autoridad del pueblo judío, y por su origen divino, éste estaba conformado por un grupo de 70  ancianos, quienes conocían las leyes.  A este grupo lo nombró el Sanhedrín para emitir las resoluciones que eran como si Dios las hubiera escrito: la blasfemia y la idolatría se castigaban con la pena de muerte. 

Todo delito que se cometía contra la res pública, era sentenciado con  la pena máxima o pena de muerte y quienes la realizaban eran los lictores, ya que el ofendido era el Estado, y se consideraba que era traición a la patria; igualmente era calificado como un delito grave y flagrante contra la sociedad.

Las Siete Palabras, (Septem Verba) es el resumen o glosa convencional de las siete últimas frases que Jesús pronunció durante su crucifixión, antes de morir. Fueron recogidas de los Evangelios canónicos y su orden tradicional corresponde a la Biblia de Jerusalén:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lucas, 23: 34).

“Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lucas, 23: 43).

“Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo Ahí tienes a tu madre”. (Juan, 19: 26-27).

“¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”. (Mateo, 27: 46) (Marcos, 15: 34).

“Tengo sed”. (Juan, 19: 28).

“Todo está cumplido”. (Juan, 19: 30).

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. (Lucas, 23: 46).

Profundas, indiscutiblemente cautivantes esas palabras.

No se respetó el principio de publicidad, porque el proceso se verificó en casa de Caifás y no en recinto oficial del Templo.

Se violó el principio de diurnidad, ya que no se juzgaba por la noche. No se respetó el principio de libertad de defensa, ya que a Cristo no se le dio oportunidad de presentar testigos para su defensa. Hubo igualmente transgresión al principio de rendición de la prueba testimonial y al análisis riguroso de las declaraciones de los testigos sin reparar en que la acusación se fundó en testigos falsos.

Hubo violación al principio de prohibición para que nuevos testigos depusieran contra Cristo una vez que ya fue cerrada la instrucción del procedimiento, ya que con posterioridad a las declaraciones de los testigos falsos en el Sanhedrín, admitió nuevos testigos de cargo. Existe una falta sustancial al principio consistente en que la votación condenatoria no se sujetó a revisión antes de la sentencia.

Hubo una inobservancia al principio de presentar pruebas de descargo antes de la ejecución de la sentencia condenatoria, puesto que, una vez dictada, ya se había sometido a la homologación por el gobernador romano Poncio Pilato.

Incumplimiento grave al principio que a los testigos falsos debía aplicárseles la misma pena con que se castiga el delito materia de sus declaraciones, toda vez que el Sanhedrín se abstuvo de decretar dicha aplicación a quienes depusieron contra Jesús.

Con estas violaciones a los principales vicios procesales, se concluye con este apretado resumen para resaltar la trascendencia de este pasaje histórico que quedó impreso para siempre en la inteligencia y el corazón del mundo entero.

 

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