Protestas y represión

Colombia: «Nos robaron todo, hasta el miedo»

Duque ha desatado una política y una práctica del miedo así como una ola nacional de represión sin precedentes y con macabras cifras, sostiene el autor.
domingo, 16 de mayo de 2021 · 05:00

Olver Quijano Valencia
Universidad del Cauca, Colombia

 

Una de las ya acostumbradas propuestas de reforma tributaria, esta vez la tercera en tres años del indolente gobierno neoliberal de Iván Duque en Colombia, ha sido el detonante del paro nacional. Un proyecto de ley eufemísticamente denominado “Ley de Solidaridad Sostenible” orientado a llevar a los pobres a condiciones de miseria, a la clase media a la pobreza y a conservar los privilegios de la clase alta, de los ricos y del empresariado, ha hecho evidente un inaguantable acumulado de frustraciones, rabias, desesperación, desesperanzas y desconciertos de gran parte de la población colombiana.

Una suerte de radicalización democrática y de movilización social multidimensional, tiene hoy como protagonistas en especial a los jóvenes como a campesinos, indígenas, obreros, desempleados, mujeres y a otros sectores que otrora habían estado por fuera de este tipo de expresiones reivindicativas y hasta del reclamo por la renuncia del actual presidente.  

No obstante, la ceguera, la sordera y la insensibilidad del régimen, una primera batalla ha sido ganada por quienes han logrado parar el país. El presidente ha retirado el proyecto de ley y ha aceptado la renuncia de su nefasto y altanero ministro de Hacienda. Sin embargo, por lo menos tres reclamos adicionales se han sumado a la agenda del paro: el rechazo a la reforma al sistema de salud, la reforma al sistema pensional y la reforma laboral.  Otras demandas nacionales, regionales y locales han inflado los reclamos, y claro, también ha complejizado el estallido social.

Una vez más, el pueblo colombiano ha salido a las calles como respuesta a un gobierno y a un Estado que lejos de ser los espacios de las transformaciones solo se han consolidado como verdugo de la esperanza. Sin que este nuevo fenómeno político/social pueda verse como un asunto de blanco y negro, de un lado se aprecia al gobierno como uno de los más nefastos, incapaces e impopulares de la reciente historia colombiana, con un registro de más del 70% de desfavorabilidad general y un 78% de desaprobación en la población joven. 

Un gobierno que no entiende la realidad nacional, no genera aperturas y por consiguiente ha generado un gueto de derecha en las instituciones.  Congruente con su espíritu, solo ve en los diferentes y en la oposición peligros inminentes, terroristas de baja intensidad y óbices al “desarrollo”, de ahí su única respuesta o mejor, su única idea: la militarización y judicialización del derecho constitucional y legal a la protesta social.

Fiel a las “órdenes” de su jefe, el expresidente Uribe, quien expresó en su Twitter “apoyemos el derecho de soldados y policías de defender su integridad y para defender a las personas y bienes del terrorismo vandálico”, el presidente Duque ha desatado una política y una práctica del miedo así como una ola nacional de represión sin precedentes y con graves y macabras cifras al día de hoy. Excesos de las fuerzas de seguridad, asesinatos, detenciones arbitrarias, desapariciones, heridos, agresiones de todo tipo y un largo etcétera que solo evidencia la ausencia de salidas institucionales y democráticas propias de un gobierno autoritario que insiste en mover un modelo fracasado de diálogo, pues solo conversan entre ellos y con los que se parecen a ellos.  

Miles y miles de jóvenes han llenado de esperanza las calles de ciudades, pueblos y caseríos, eso sí, con imaginación desbordada, eslógans inteligentes, grafitis de enorme contenido, músicas y danzas vitales, performance y, en suma, con una creatividad que hoy envidia el frío y anacrónico statu quo.  Y qué más se podría esperar de la juventud y de una generación con estudios y sin trabajo, sin posibilidades de seguridad social y de una pensión, sin acceso a la educación superior, endeudados, y en general, sin seguridad ontológica y por tanto sin futuro, en un país carcomido por la corrupción y el vandalismo oficial gubernamental. En este país se han robado todo, hasta el miedo.  Poco a poco estos jóvenes han sido acompañados por obreros, campesinos, indígenas con sus sugerentes mingas y sus eficientes guardias; mujeres, afrodescendientes, artistas, niños, padres, madres, También y sobre todo, han marchado con ellos las muestras de solidaridad y comunalidad como la necesidad de crear y profundizar vínculos para el incierto presente/futuro.

La creciente movilización ha mostrado una vez más, que la comunidad está por encima de la organización, del gremio y del sindicato, lo que exige cambiar la mirada para entender la singularidad y complejidad de las luchas epocales. Recomponer y oxigenar las dirigencias, aplanar las organizaciones, renovar los liderazgos, erradicar la egolatría y afán protagónico de los dirigentes y desvanecer los dogmas, también son tareas pendientes en el lado de los llamados “alternativos” y “progresistas”, pues sigue siendo extraño que un comité nacional de paro se parezca más a un comité gerontocrático y muchas veces anacrónico, que, a las frescas, creativas y multicolores voces y expresiones presentes en el paro nacional.

En Colombia, uno de los países más desiguales e injustos del mundo, hoy asistido por uno de los gobiernos más impopulares, ineficientes, indolentes, cínicos e incapaces, la historia se sigue construyendo en las calles y en las plazas, allí donde también seguirán cayendo las estatuas y monumentos (neo)coloniales, las impertinentes políticas y ojalá, los malos gobiernos. Revolución molecular guattariana sí, es decir, giros, alianzas, vínculos, rebeldías, agenciamientos, vidas de otros modos, transformación en la economía de los deseos.

Por ahora, deseamos soluciones institucionales y democráticas al complejo conflicto, salidas más cercanas a un diálogo nacional con los actores del paro y distantes de las salidas autoritarias que buscan apelar al estado de conmoción interior para perpetuar dictaduras disfrazadas de democracias. 

 En medio de la política del miedo, del saqueo institucional, de la represión oficial y de la indolencia gubernamental, seguimos pensando en Colombia como lugar de la esperanza y una apuesta por derrotar la muerte mediante la alegría, la rebeldía, la libertad y la vida.  Un horizonte para consolidar mejores tiempos con mejor salud, felicidad para siempre, más comida caliente para todos, más rumbas sabrosas, más de todo lo bueno para todos.

   

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