El manual de violencia del socialismo del siglo XXI

Reflexiones sobre las protestas en la región

“Hay una estrategia cubana que echa mano a la violencia y a la muerte para desprestigiar a los gobiernos contrarios a su ideología”.
domingo, 16 de mayo de 2021 · 05:00

Camilo Zilvety Derpic
Artista escénico

Vengo a compartir con ustedes mis reflexiones sobre la inestabilidad política en la región. Como sudamericano estoy acostumbrado a las protestas y al caos político, he sido parte de las Pititas y junto a miles le he plantado cara al poder, experiencia desde la que hablo.

¿Qué tienen en común las protestas de Chile y Ecuador de 2019 con las protestas de Colombia en 2021?

Las protestas comenzaron por el descontento social sobre medidas económicas de sus gobiernos. En Chile se incrementó el costo en el transporte público, en Ecuador se suspendió la subvención a la gasolina y en Colombia se dio una reforma tributaria. En los tres casos se vio dos tipos de reacciones: Pacífica y violenta. Por un lado, la gente salió a las calles a protestar pacíficamente; por otro, sucedieron actos vandálicos que afectaron a comercios locales y atentados contra bienes públicos que benefician en especial a la gente humilde.

¿Cómo debían responder los gobiernos? ¿Qué se suponía que debía hacer el gobierno chileno ante la quema de las estaciones de metro en Santiago y Valparaíso? ¿Cómo debía reaccionar el gobierno ecuatoriano ante la quema de la Contraloría General en Quito? ¿Qué era lo que debía hacer el gobierno colombiano ante la quema de estación Mío y de buses en Cali? 

En los tres casos los gobiernos dieron marcha atrás a sus medidas, pero la violencia no cesó, fue alimentada con más demandas y, al contrario, creció. Llegan los heridos y los muertos, se pide la renuncia del presidente, convirtiéndose la protesta en una revuelta contra el gobierno y todo medio para derrocarlo es válido. No siempre se consigue ese objetivo, pero sí se consiguen otros que responden a intereses políticos a mediano plazo. En Chile se acordó hacer una constituyente, en Ecuador y Colombia se dieron las revueltas en momentos pre-electorales, en estos casos la intencionalidad es obvia. En Ecuador fracasaron; en Colombia está por verse.

¿Por qué las protestas vividas en Bolivia en 2019 son diferentes a las anteriores?

Las protestas en 2019 se dieron por un fraude electoral, contra Morales, que quiso robarse la democracia y quedarse en el poder en contra del mandato del pueblo boliviano. Se iniciaron con los paros cívicos, cabildos y marchas; todo pacífico. Sin embargo, hubo violencia, y a diferencia de lo sucedido en Chile, Ecuador y Colombia, desatada contra de los ciudadanos en protesta. Sectores afines al gobierno atacaron violentamente puntos de bloqueo, caravanas de cooperativistas mineros y estudiantes llegando a violar a mujeres y se mataron gente, en diferentes lugares del país, a patadas, palazos y balazos. La violencia se descargó contra los manifestantes pacíficos.

Después de que Morales renunció y fugó la violencia se dirigió contra el gobierno de transición, apelando a métodos terroristas destruyendo y amenazando bienes públicos: Se quemaron buses y comandos de policía, se dinamitó pasarelas para bloquear el paso de camiones de la planta de gas de Senkata y finalmente se intentó volar dicha instalación, cosa que no ocurrió por la intervención de las fuerzas del orden, evitando una catástrofe de proporciones bíblicas. 

¿Quién está detrás de la violencia en las protestas que vemos en la región?

¿Por qué no se dieron los actos vandálicos y terroristas durante la protesta de las Pititas y sí después contra el gobierno de transición? Simple, porque esas acciones son del manual de los agentes del caos del “socialismo del siglo XXI”; se infiltran para desatar violencia en una protesta inicialmente pacífica, provocando una fuerte reacción del gobierno para así tener los mártires que necesitan y conseguir objetivos políticos. La constante es que la violencia, el caos y el terror surjan allí donde el gobierno es calificado de “derechista”. 

Lo que digo no pretende explicar ni justificar la violencia desmedida que puede llegar a ejercer el Estado en momentos de crisis. Los casos de abuso y brutalidad deben ser investigados y sancionados. Las fuerzas del orden no deben vulnerar los derechos humanos y están obligados a medir el uso de la fuerza.

Hay una estrategia diseñada desde Cuba que echa mano a la violencia y la muerte para desprestigiar a los gobiernos contrarios a su ideología y finalidad; busca tener víctimas durante las protestas para generar solidaridad e indignación dentro y fuera del país que se trate; instancias internacionales como la CIDH manipulan el discurso de derechos humanos y se repite la lógica: se hacen los reclamos y el escándalo solo si el violador de los derechos humanos no es “de izquierda”; por eso el silencio y/o tolerancia respecto a los abusos y violaciones ejecutadas por gobiernos como el de Cuba, Venezuela o Nicaragua.

Pero, ¿qué hace de Latinoamérica el objetivo de los agentes de La Habana? Desde la independencia de muchos países latinoamericanos las condiciones políticas determinaron que campee la pobreza, la exclusión, la corrupción y el caudillismo, derivando todo en la falta de credibilidad y fragilidad institucional pública. Tal vez lo más grave fue que nunca se comprendió el valor real de la democracia y cuán importante es para el desarrollo de los países, convirtiéndose esto en una falla estructural que determinó su futuro poco democrático y, por tanto, miserable (léase el libro Por qué fracasan los países de Daron Acemoglu y James A. Robinson).

Los fiascos gubernamentales favorecieron la fijación romántica del sueño socialista con su promesa de igualdad y solución absoluta para todos los problemas de la sociedad; por tanto, se considera que el que no es socialista es de la “derecha”, es el enemigo porque es pro capitalista y hay que derrotarlo porque “somete al pueblo” al yugo de la minoría privilegiada. Este discurso desarrollado por los teóricos de la izquierda y repetido hasta la saciedad por sus seguidores, caló profundo en la gente sensible a la desigualdad social, en la gente desesperada por la pobreza, y en cuanto resentido mora el mundo.

Bajo este criterio se percibe y entiende la razón, la naturaleza y la legitimidad de la protesta latinoamericana. Es claro, protestar contra un gobierno de “izquierda” es atentar contra el gobierno de los pobres y protestar contra un gobierno de “derecha” es una revolución sagrada.

Estos argumentos aclaran el éxito de la expansión del socialismo del siglo XXI que extendió su mano desde Cuba hasta Nicaragua, Venezuela, Argentina, Bolivia, hasta hace poco Brasil y Ecuador, con miras a tomar Perú y Colombia; exitosa es su estrategia de dominación pero no es el camino al desarrollo y a la igualdad, basta ver lo que sucede en Cuba tras 62 años de su revolución para darse cuenta de su inviabilidad. Pasa lo propio en Venezuela o Nicaragua, con riesgo para Bolivia si no empezamos a mirar la realidad como es, sin la distorsión ideológica alimentada por los estrategas de un modelo de desastre.

 

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