European Super League

La abortada revolución de los ricos en el deporte del pueblo

Los empresarios olvidaron algo fundamental: en el fútbol no siempre gana aquel que tiene más. El poder o el dinero no bastan.
domingo, 2 de mayo de 2021 · 05:00

Alexander Brockmann
Estudia Sports Management en la Universidad de Potsdam, Alemania

Duro poco, pero no acabó. Hay demasiadas circunstancias en la historia en la que se enfrentaron el dinero y las instituciones. Millonarios vs. establishment. Este fue un duelo de institucionalidad europea frente a la americanización del fútbol. Tradición vs. show business. Igualdad de oportunidades vs. elitismo absoluto. Por hábito y costumbre en nuestra actualidad sabemos cómo suelen acabar estas contiendas. El que tiene más termina teniendo aún más. Esta semana aconteció una de esas contiendas.

Un grupo de consentidos pensó en imponer en el mundo del fútbol aquella lógica bravucona con la que llevan sus negocios. Pero olvidaron algo fundamental: en el fútbol no siempre gana aquel que tiene más. En fútbol, el poder o el dinero no bastan. Olvidaron que este extraño deporte puede ser un igualador social. Que el pequeño le puede ganar al grande, el pobre al rico, el feo al lindo. Pensaron, correctamente, que se enfrentarían a aquello que todos decían odiar, la UEFA, la FIFA. Que sería pan comido. Pero ignoraron o incluso subestimaron –que es peor– que el fútbol no le pertenece a esas asociaciones. El fútbol es eso que inventaron los ricos y fue adoptado por la gente y ahora codician retomar. 

En lo que respecta al porqué, este grupo selecto de empresarios apunta a una Super Liga Europea. Por lo obvio: más dinero. Ahora, ¿por qué querrían multimillonarios aún mayores ingresos? Por la misma razón que un cocodrilo, ahíto, se comería todavía a un cachorro: es su naturaleza. No importa cuánto dinero se les ofrezca, o lo fácil que se les permita clasificar a torneos internacionales, ni que se les den premios por cada ronda superada, ellos siempre “necesitan” más y esta necesidad estimulada se fue acrecentando en los últimos años. 

Hoy todos estos propietarios –muchos de ellos estadounidenses, por cierto– ven con cierto recelo y relamiéndose los dedos la cantidad de dinero que generan las franquicias deportivas en Estados Unidos, en sus ligas cerradas. Especialmente mediante contratos televisivos de transmisión de partidos. Ya que son estas compañías las que operan la venta de estos derechos y no un organismo regulador, a diferencia de Europa, donde esto sucede mediante instituciones nacionales y continentales. En otras palabras, lo que estos ejecutores de imitaciones norteamericanas pretendían (entre otras cosas) era no pagar impuestos, a la par, seguramente, de muchas de sus empresas. Y esta, como muchas inmoralidades, se les hizo irresistible. 

Lo que estos 12 amos ansiaban hacer con sus clubs era volverlos eternos, intocables, y peor, irresponsables de su rendimiento. Intentaron poner sus propios intereses por encima de más de un siglo de tradición. De manera egoísta pusieron en un riesgo sin precedentes al deporte más popular del planeta, todo por codicia. Nunca entendieron que lo que venden es un producto que se basa en la competencia, y no al revés. 

Involucraron a seis equipos de ahí donde se inventó el fútbol. Y minimizaron lo que significaría torcerles una tradición a los ingleses, ¡Si, a los ingleses!, pero evidentemente se les escapó la tortuga. Posiblemente sería más fácil abolir la hora del té y/o la monarquía en aquella isla, que cambiar el deporte que aman. Fue allí que se jugó el primer partido post oficialización de la Super Liga. Los del Leeds Utd. saltaron al campo de juego con algunas banderas en sus tribunas: “Gánenselo en el campo. El fútbol es de la gente”. Clarísimo sermón dedicado al rival, al Liverpool, uno de aquellos que ambiciona participar en esta siniestra nueva élite. 

No es coincidencia que fue en aquel país donde, históricamente la meritocracia se instaló como valor social. Un valor que estos jefes quisieron suprimir porque va contra sus intereses. 

Cuando alguien no entiende el beneficio del bien común, de una competencia sana y del ya mencionado mérito, no hay como sacarle la idea de la cabeza de que él solo estará mejor. Y si sumas varios que piensen igual, pues éste es el resultado. No siempre es fácil entender que el todo es mejor que la suma de sus partes. No son más que un grupo de acomodados con un pánico gigantesco de que equipos menos ricos que ellos les ganen en el campo.

Afortunadamente se reaccionó a tiempo y se pudo cortar de raíz esta suerte de golpe de estado, más no es todo positivo. Ya que nadie va por la calle clamando querer cambiar el fútbol por antojarse más dinero, tuvo que surgir una excusa para semejante disparate y esta fue que el fútbol está muriendo y es hora de cambiar las cosas. Quizás es algo dramático, pero no es descabellado. Es hora de cambiar las cosas. 

¿A dónde apuntar? A Alemania. Hubo una invitación de parte de “los elegidos” para el Borussia Dortmund y el Bayern Múnich, la cual fue rechazada. Dada la reputación de los cabecillas bávaros, probablemente la negativa vino, no por falta de voluntad, sino porque el sistema no se los permitía. Es que allí impera la regla del 50+1, la cual obliga a todos los clubes que aspiren a tener una licencia para competir, a que los miembros/socios del club conserven el 50% +1 de la propiedad de la institución (con el respectivo derecho de voto). Con el resto se puede hacer lo que se pueda. Pero la mitad más una molécula del club le pertenece a su gente. Este país es sin duda el que mejor trata a los aficionados, no imponiendo precios astronómicos para los partidos, no gastando más de lo que generan, dejando en las manos del hincha lo que realmente es suyo. 

Hoy mismo en Inglaterra, a causa de todo este despropósito, se está considerando la política copiar el modelo alemán. Incluso uno de los mayores referentes del separatismo actual, el primer ministro Británico, Boris Johnson, se pronunció contra el sugerido absurdo. ¿Se convertirá en un efecto dominó? Imposible saberlo. En todo caso, a toda acción le sigue una reacción equivalente. Oficialmente se desmoronó, en cuestión de horas, dicho proyecto. Entre una oleada de dimisiones renunció también el vicepresidente ejecutivo del Manchester United y se rumorea que le seguirá el accionista mayoritario del Arsenal. 

Está más claro que nunca que las estructuras del fútbol tienen que cambiar, que está perdiendo atractivo, que se tienen que encontrar nuevas certezas en este deporte. No hay discusión al respecto. Felizmente no se tomó el camino de la exclusión. Ahora se tiene que trabajar para que sea evidente que estos bribones nos hicieron un favor y nos hayan devuelto el fútbol. Que la abortada Súper Liga sea la piedra angular que nos devuelva a las raíces, que le devuelva el fútbol a quien le pertenece: a los hinchas.

 

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