Megaelecciones en Chile

El cambio que viene

No tienen miedo ni memoria. Apuestan por trabajar por los marginados desde siempre, los que quieren ser tratados con dignidad.
domingo, 23 de mayo de 2021 · 05:00

Odette Magnet
Periodista y escritora chilena

 

El lunes 17 el diario digital chileno El Mostrador aseguraba en uno de sus titulares que los partidos políticos tradicionales estaban en coma. En el transcurso del día, la prensa nacional y extranjera dedicaría amplios espacios a las llamadas megaelecciones del fin de semana. Horas antes, el 40% del padrón electoral (seis millones de chilenos) había elegido a los 155 miembros de la Convención Constituyente (con la misión de redactar una nueva Constitución), gobernadores, alcaldes y concejales en todo país.

Grandes titulares, editoriales, columnas de opinión desmenuzaban en detalle lo ocurrido por medio de sesudos análisis políticos. Que el factor sorpresa destacó, que los grandes triunfadores fueron los independientes (no confundir con neutrales), que la derrota de la derecha fue estrepitosa, que la clase política tradicional y la ex Concertación habían sido enterradas, que había hablado el pueblo, que el proceso fue impecable -como ya es tradicional-, que la abstención fue muy alta -como también ya es tradicional-, que hay que volver al voto obligatorio, que la transición había, finalmente, concluido. 

Ninguna encuesta pudo prever los resultados del fin de semana.

Recriminaciones

Chile despertaba más tarde que de costumbre, trasnochado, como en los mejores tiempos cuando los triunfos se celebraban en familia, o con amigos y un buen vino. Entonces, claro, no había pandemia, ni toque de queda ni cuarentenas. Pero ese lunes todo parecía igual. Seguían los altos índices de contagio, entregaba su balance diario el mismo ministro de Salud, acompañado de la misma subsecretaria del ramo, más ojerosa que nunca. En La Moneda estaba el mismo presidente, quien -desde temprano- había convocado a sucesivas reuniones de emergencia para sacar conclusiones propias. El ambiente era sombrío, las recriminaciones soterradas cundían. No hubo declaraciones a la prensa. 

No hacía falta. 

La noche anterior, flanqueado por sus 20 ministros, a cara descubierta pero desencajado, el jefe de Estado (lo que quedaba del jefe y del Estado), había reconocido que “en estas elecciones la ciudadanía nos ha enviado un claro y fuerte mensaje al gobierno y a todas las fuerzas políticas tradicionales. No estamos sintonizando adecuadamente con las demandas y anhelos de la ciudadanía”. 

Hasta Piñera había escuchado el clamor del pueblo. Pero el mea culpa no sólo llegaba tarde sino que era insuficiente. Además, era prácticamente la misma puesta en escena que la utilizada la noche del 25 de octubre pasado cuando el presidente debió reconocer el abrumador triunfo de la opción “Apruebo” a la idea de una nueva Constitución. Y, luego, todo siguió igual. Un presidente sordo y un gabinete mudo, sin ánimo de cambiar nada de fondo.

Parece que fue ayer. A seis meses de las elecciones presidenciales, y con su popularidad en el suelo (tiene un 9% de aprobación), quedan pocas cartas para barajar. No faltó, claro, el asesor innovador que sugirió un cambio de gabinete o miró hacia el segundo piso, donde se encuentra la oficina del señor Cristián Larroulet, el culpable de todas las pesadillas del país y errores del gobierno. Pero ya no quedan candidatos para un nuevo gabinete. Los últimos se pasaron a la carrera presidencial, a la vuelta de la esquina.

La derecha sacó cuentas alegres y se equivocó. No alcanzó el tercio de los escaños que esperaba en la convención constituyente y, a juzgar por el rojo intenso del nuevo mapa político, su influencia allí será casi irrelevante. La candidata presidencial de la UDI (de derecha) Evelyn Matthei confirmaba que se bajaba de la carrera y seguiría en la alcaldía de Providencia, en Santiago.

Pero las réplicas de las elecciones y sus sorpresivos resultados también sacudieron a otros partidos políticos. Y sin demora. Fuad Chahin -convencional constituyente electo- anunciaba (el martes 18 por la noche) su renuncia a la presidencia de su partido, la Democracia Cristiana, a la luz del rotundo fracaso electoral. Al día siguiente, Piñera alistaba cambio de gabinete y el precandidato presidencial y excanciller Heraldo Muñoz también anunciaba su retiro de la carrera.

 

Nuevos rostros e ideas

Cada uno en lo suyo. Los independientes (de tendencia de izquierda y en su mayoría jóvenes), sin embargo, estaban con el corazón hinchado de optimismo y entusiasmo. Mañana y tarde, en la televisión hablaron del cambio que se viene, de volver a conectarse con la gente y sus numerosos problemas nacidos, en gran parte, de la exacerbación del sistema neoliberal.

Pese a que los jóvenes que llenaron la Plaza Dignidad durante el estallido social del 2019, sin interrupciones, no llegaron a votar. A diferencia de lo que ocurrió en el plebiscito de octubre, donde el voto joven fue clave.  La abstención se advirtió con particular fuerza en los sectores más vulnerables. Se arguyó falta de interés y de información, escaso acceso a medios de transporte y la pandemia

Un país fisurado por la inequidad profunda desnudada, como nunca, por la pandemia. Herido en su alma por el abuso del poder, la impunidad, la corrupción. En silencio, acumulando frustraciones por demasiado tiempo. Una desconfianza hacia todo y todos, que raya en la paranoia. El individualismo que sólo tiene espacio para el singular, rara vez el plural. 

Los nuevos alcaldes, concejales, constituyentes y gobernadores, que nacieron junto con la recuperación de la democracia hace 30 años, reformularon radicalmente el mapa político. Nuevos rostros, nuevas ideas, un lenguaje más fresco y directo. No tienen miedo ni memoria.  Apuestan por trabajar por, para y con los que han sido marginados desde siempre, los que quieren ser tratados con dignidad, los que reclaman un futuro que los incluya. Aspiran a que la igualdad de oportunidades y la paridad de género dejen de ser un eslogan barato.  

 De norte a sur, hombres y mujeres, blancos e indígenas, reclaman una educación, salud y viviendas de calidad, un Estado que reconozca sus derechos como ciudadanos, una Constitución que los proteja y defienda como personas.

La historia, dice la gente, tiene tantas vueltas como la vida. Algunos recordaron a Salvador Allende con emoción, citaron sus palabras como una plegaria antigua y evocaron sus grandes alamedas, cada vez más anchas. Nadie dijo que sería fácil, pero con que sea posible basta.

 

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