Contra viento y marea

Los nuevos Rocha

Arce incurrió en peores ligerezas que las del propio Rocha, al chantajear a los votantes en las últimas elecciones subnacionales.
domingo, 9 de mayo de 2021 · 05:00

Augusto Vera Riveros   
Abogado

En la historia reciente de los procesos electorales, han concurrido varios factores –insólitos unas veces y antijurídicos otras– para que el   MAS se haya hecho del poder central y de los gobiernos subnacionales. Para su primera candidatura a la Presidencia, Evo Morales contó con la virulenta campaña de desprestigio que su enconado detractor Manuel Rocha, entonces embajador de los Estados Unidos en Bolivia, hizo en su contra. La modesta proyección que poco antes del acto eleccionario le confería las encuestas, y que no pasaba del 11%, trocó en cuestión de días en que el comedido diplomático exhortó a la ciudadanía a no votar por el cocalero, so pena de suspender la ayuda de su país al nuestro. 

Error garrafal para el que tenía tanto interés en no ver a Morales en la silla presidencial, quien, si bien no la ganó, pudo ver resultados finales de esas elecciones que hicieron nacer al fenómeno político que poco después se consolidó como líder indiscutible, ubicándose a muy escaso porcentaje del ganador Gonzalo Sánchez de Lozada. 

En el mundo moderno, ya no solo se vota por un programa de gobierno o por la tendencia ideológica de un partido. En este tiempo en que los medios de comunicación han desarrollado tanta tecnología, el propio candidato cumple un rol fundamental por sus cualidades personales y la empatía no solo con el auditorio aglomerado a quien se dirige, sino con el público que escruta celosamente cada palabra de las alocuciones que de él escucha por medio del gran abanico de alternativas comunicacionales que nos ofrece la modernidad. 

Por eso resulta inconcebible que esa torpeza política de hace 19 años, que hizo que Evo Morales alcance una inusitada popularidad y que en su momento su autor fuera trucidado ácidamente por el entonces bisoño MAS, haya sido replicada hace pocas semanas por el propio caudillo y el presidente Arce, incurriendo aun en peores ligerezas que las del propio Rocha, al chantajear a los votantes con que será imposible coordinar con gobiernos departamentales que no sean de su partido, acciones especialmente de vacunación y atención de la  Covid-19 o concluir obras pendientes. Arce fue mucho más allá para mandarse tal yerro político que no solo le costó la Gobernación de Tarija, sino la de los cuatro departamentos en juego. 

Es cierto que para la derrota del MAS en los últimos comicios concurrieron varios factores, pero la empatía con quienes son incondicionales adherentes a la causa resulta insuficiente porque más allá de los presenciales oyentes siempre dispuestos a escuchar y celebrar cualquier tono beligerante contra el adversario, están millones de bolivianos a los que no se les puede ofender en la forma que se lo hizo porque el discursante encarna una forma de entender la sociedad y el futuro, proyectándose en el elector que se ve reflejado en aquél. No se explica, entonces, que dirigentes que pretenden patrocinar a sus candidatos sean tan cándidos para no saber que en la moderna ciencia política se ha impuesto de forma casi unánime la tendencia de que los móviles más poderosos del electorado suelen estar asociados a sus emociones y afectos. 

La gente vota por amor o por repulsión; porque una propuesta le da esperanza y las otras lo hunden en la desesperación. Porque el futuro prometido es feliz y pleno, o porque se advierten nubes de tormenta en el camino. Entonces, las estrategias de campaña no pueden estar orientadas a la confrontación, a la discriminación o al racismo, terreno al que con irrespetuoso desparpajo ingresaron Arce y Morales. 

El discurso, principalmente en ese estadio de la campaña en que todavía existe un buen porcentaje indeciso al que hay que cautivar, debe convertirse en un ejercicio objetivo de reflexión y no de manipulación, mucho menos en temas tan sensibles como la pandemia, que está estrujando los corazones más impávidos y socavando la resistencia moral de los más fuertes temples. 

Por eso es que para el MAS, desde una perspectiva estratégica, las candidaturas a las cuatro gobernaciones ya estaban sepultadas varios días antes de las elecciones. “Los nuevos Rocha” del partido de gobierno se encargaron de resignarlas, por lo menos tres de ellas que las daban por seguras para sí. En política, antes de abrir la boca hay que conocer de su ciencia, hay que saber que sobre todo en un país como Bolivia, la gente es rebelde porque su historia es de tragedia y de desencanto y no muerde el anzuelo con desatinos como los de marras. 

Se deben analizar las consecuencias sobre los votantes blandos y sobre los posibles respecto a los que hay que acometer con un discurso más allá de las pasiones y los rencores de clase como los que ocasionaron el desastre. Hay que hacer un previo análisis sobre los costos y beneficios de las palabras que se  pretenden pronunciar. Todo discurso político, sobre todo oral, y más aún si son en campaña electoral, debe estar acompañado de técnicas que hay dominar. Solo así se llega a tocar la sensibilidad del elector.

Alguien sostenía que crear imagen es trabajo duro; destruirla, trabajo fácil. Lo que, en buen romance, significa que toda la campaña del MAS para la primera vuelta de las elecciones subnacionales tuvo un éxito más que aceptable y en plazas para ellos difíciles. La prueba es que aún en los cuatro departamentos en los que fue inusitadamente fue derrotado tiene gran representación en las asambleas respectivas. Doble pecado para quienes aquél previo trabajo desvirtuaron en un tris, es decir que Morales y Catacora, como cabezas del proyecto político, transmitieron una “imagen negativa”, comunicando un mensaje, en la recta final, que ha quedado en la memoria corta del elector, provocando un retroceso en el posicionamiento alcanzado por los cuatro candidatos a gobernadores. Ese posicionamiento estratégico que, en política, no es producto de la casualidad, sino resultado de la causalidad.

Por si fuera poco, al presidente Arce no le favorece su capacidad persuasiva, imprescindible para captar la simpatía de los indecisos, pues ni sus gestos, ni sus símbolos, ni sus metáforas le ayudan en ese sentido.

Existen evidencias palmarias de que en Tarija y La Paz, principalmente, muchos potenciales electores pero exentos de la obligación legal de votar acudieron a las urnas sólo para hacer sentir su enfado con los insolentes discursos del partido gobernante. 

Gracias, dirán los Quispe, Condori, Ritcher y Montes, que tuvieron en los antedichos a sus mejores jefes de campaña.

 

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