La espada en la palabra

Realidad pedestre desde la espiritualidad

El autor sostiene que sin ética ni moral filosóficas no puede haber legislaciones sólidas ni una conducta colectiva que apunte al bienestar.
domingo, 13 de junio de 2021 · 05:00

Ignacio Vera de Rada 
Profesor universitario

Pocas veces la filosofía ha abordado los problemas del mundo desde una perspectiva espiritual. La espiritualidad como instrumento de explicación del devenir humano o histórico siempre se ha afincado en dos extremos: la disquisición catequética o pastoral (a decir verdad, algo superficial para los intelectos que buscan a Dios por la razón), por un lado, y la teología tomista v. g., cuya difusión ha perdido relevancia frente a un mundo lleno de pensadores escépticos, relativistas o directamente ateos, por otro lado. Podría decirse que, desde el Medioevo, pocos se han atrevido a emprender empresas intelectuales desde aquel enfoque.

Lo cierto es que el mundo contemporáneo presenta hoy la más asombrosa condensación de fuerzas mundanales explicables solamente a través de las Sagradas Escrituras, la tradición apostólica, la historia secular y la razón teísta. Esto no quiere decir que la ciencia deba relegarse (más bien todo lo contrario). Pero pienso que no es un error decir que hoy el intelectual creyente, dado el avance de la ciencia y, por consiguiente, la posibilidad de explicar muchos más fenómenos naturales a través de la razón científica y matemática, el intelectual creyente de hoy, decía, tiene algo de miedo de usar su credo como instrumento de su oficio. De todas formas, aún hoy, en un mundo soberbio debido a la sabiduría sorprendente que ha alcanzado, existen quebraderos de cabeza para los científicos cuya solución no se la ve ni siquiera venir.

Al lado de brillantes mentes ateas o escépticas, pueden ponerse sabios de la talla de Newton o Planck, quienes admitieron –más por una cuestión científica que por una de fe santurrona inculcada en el hogar– que los hechos naturales y mundanales de la tierra y el universo no podían estar aislados de razones metafísicas. Con esta afirmación no pretendo poner a éstos sobre aquéllas (pues, finalmente, creo, junto con Erasmo, que ahí en un espíritu descreído pero genial está aunque sea un poco de Dios), sino dar cuenta de que un ingenio de gran talento puede entrever razones espirituales que mueven los hilos más recónditos de la historia.

Creo que un gran error histórico de células creyentes, universidades católicas, derivaciones protestantes e incluso de la misma Iglesia Católica, es la falta de iniciativa en la creación de plataformas, espacios y soportes de difusión de una lectura sesuda de la Biblia, la historia y la razón teísta. Por causa de ello, no solo que las sociedades viven apartadas de las mismas, sino que las mismas comunidades de creyentes viven apartadas de toda interpretación que devele las razones profundas de la espiritualidad. Ahora bien, sería ingenuo pensar que el estudio y el conocimiento de la espiritualidad y la teología en profundidad serían un producto comerciable o de consumo masivo, pero ciertamente formarían a posteriori una pléyade de intelectuales que explicarían la realidad pedestre que nos circunda desde planos que no pertenecen a la razón matemática fría e indiferente.

Me cuesta admitir que haya personas que nieguen que el ser humano esté provisto de un alma y una teleología. (En este sentido, el marxismo fue atroz, aunque, eso sí, yo le reconozco un valor histórico de contrapesos). Pues no solo los hombres, sino los grandes eventos protagonizados por aquéllos son el resultado fatal de decisiones humanas y aún colectivas, pero en todo caso dictadas por un espíritu que no puede tocarse ni verse. Aunque suene descarnado, el resultado de los más tristes eventos de la historia (guerras, hambrunas, pandemias) trajo consigo una serie de beneficios al mundo, y quienes increpen a Dios por haberlos permitido, primero deben indagar cuál es la esencia y la naturaleza de las cuestiones divinas.

Una de las últimas escuelas o movimientos filosóficos que entrevió el espíritu más allá de la materia o la carne, fue el idealismo alemán del siglo XVIII, influenciado –y no es casualidad– por el pietismo y el protestantismo. En él, Herder, por ejemplo, “intentó captar el fondo creador de las manifestaciones de la vida” (R. Safranski). Intentó demostrar que la mecánica de los cuerpos no era suficiente para explicar la teleología de las cosas y seres. Estableció que “la unidad se realiza en la dinámica del producir”. Y viceversa. Dijo que toda explicación de fenómeno era inherente a al desarrollo diacrónico de seres y cosas. Algo parecido, aunque implícitamente, hizo Goethe en su Metamorfosis de las plantas, cuando estableció que las flores no eran otra cosa que hojas magnificadas. Como hojas convertidas en poesías…

Tales ensayos explicativos no pueden provenir sino de una intención espiritual del todo. Lo que rige el mundo no es el logos, sino la poiesis. ¡Magnífica y bella explicación!

Otro intento espléndido de sintetizar razón y mecánica, por una parte, con idealismo y espiritualidad, por otra, fue el de Schiller, quien en sus tesis doctorales de medicina trató de condensar las fuerzas mecánicas y materialistas del corazón humano con la libertad y espontaneidad de su proceso fisiológico, y las intenciones del corazón (como la benevolencia), como un principio cósmico.

En el mundo contemporáneo se hace necesario el estudio de la moral socrática y la ética aristotélica, doctrinas que, aunque no fueron cristianas, estaban de alguna manera imbuidas de religiosidad pagana, muy valorable desde varios aspectos. Y es que sin ética ni moral filosóficas no puede haber puntos sólidos de referencia para legislaciones ni para una conducta colectiva que apunte al bienestar (no solo físico, sino además –y quizá principalmente– emocional y psicológico).

El examen del mundo de hoy debe hacerse desde esos puntos, los cuales llevan indefectiblemente a la espiritualidad y alejan del materialismo puro. La iniciativa no saldrá de instancias gubernamentales o seculares, sino de grupos o asociaciones teístas, como es obvio. Y es pertinente. Como dijo el gran Franz Tamayo, si la Palabra de Jesús no fuese cierta y no estuviese vigente, 20 siglos de historia humana ya hubieran barrido con toda la validez de su verbo. Pero aún se siente la palabra rediviva de su vida y su obra, fuente de toda teleología de la historia.

Probablemente la sentencia “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” esté hoy más plena que nunca. Lo único que se necesita es que las personas no se avergüencen de tentar interpretaciones que vayan allende lo que se ve y se toca. Los siglos venideros no desmentirán ninguna espiritualidad. Se debe entrever lo que no se ve con las pupilas, mas sí con el corazón y la intuición. Ya lo hizo Leonardo da Vinci: abrirse al misterio.

 

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