Calidad de vida e innovación

¿Qué será de Bolivia en diez años?

El desempeño de un sistema económico y político, cualquiera que fuese, está en función a la calidad de sus instituciones, sostiene el autor.
domingo, 20 de junio de 2021 · 05:00

Oscar Antezana Malpartida
 Economista

¿Qué depara el futuro a países que siguen con un problema de unidad existencial, de visión existencial, de equilibrio existencial? En Bolivia seguimos revolviendo nuestras entrañas y mirándonos al ombligo como si el tiempo no pasara, como si no tuviésemos que velar por dar una mejor calidad de vida a nuestros hijos y nietos. 

En su mensaje del 4 de junio a los jóvenes graduados de las universidades en Estados Unidos, el presidente Joe Biden afirmó que “esta es una de esas pocas generaciones donde una promoción ingresa a la historia en un punto en el que realmente tiene la oportunidad de cambiar la trayectoria del país… es más, van a haber más cambios en los próximos 10 años de los que se vio en los últimos 50”. 

La pandemia ha comprimido el valor de una década de innovación digital. Las economías se verán impulsadas por los avances en las tecnologías digitales, como la inteligencia artificial; el crecimiento de la productividad está encaminado.  ¿Podremos en Bolivia educar a nuestra fuerza laboral, invertir y absorber tecnología, mejorar nuestra productividad y competitividad, y abrir mercados a ese ritmo? Si no lo hacemos, seguiremos siendo exportadores de materias primas, sin añadir valor agregado ni mayor riqueza, porque no podremos absorber el avance tecnológico. Eso se traducirá en salarios bajos y/o estancados y seguiremos sumidos en la pobreza. 

¿En qué estado de desarrollo entonces estarán Bolivia, Perú, Venezuela, México y tantos otros países en 10 años cuyos líderes están empeñados en empezar de cero o insistir miope y tercamente en ideologías políticas de los años 60 y políticas económicas que una y otra vez, hasta el cansancio, han fallado? A pesar que todos ellos saben que el estándar de vida en Suiza, Irlanda o Noruega es mejor que en Venezuela, Cuba o Corea del Norte, sólo les interesa disfrutar del poder y amasar fortunas nutriendo una estructura partidaria y de seguidores a base de prebendas que se retroalimentan en un círculo cerrado de mutuo beneficio.

En China y Rusia mantienen sistemas políticos autoritarios que, como es de esperar, engendran corrupción, y las libertades son restringidas para mantenerse en el poder. Sin embargo, han adoptado el único sistema económico que funciona, aunque con imperfecciones: el modelo de mercado que es la base del capitalismo. 

El desempeño de un sistema económico y político, cualquiera que fuese, está en función a la calidad de sus instituciones. Toda política pública, económica o de otra índole, se aplica dentro de un marco institucional determinado, no se hace en un vacío. Las instituciones tienen dos acepciones. La primera, son organizaciones como el Congreso, las universidades, un club de fútbol o una asociación de productores. La segunda son las reglas del juego, algunas formales como la Constitución o un contrato, y otras informales que responden a las costumbres y convenciones como hacer cola si llegas último a un surtidor de gasolina. 

En un Estado donde sus instituciones no funcionen adecuadamente, no existirá “modelo” económico que funcione. Por eso no sorprende que los países más desarrollados y competitivos del mundo sean aquellos con mejores instituciones en sus dos acepciones. Instituciones sólidas arrojan resultados económicos, políticos y sociales positivos, brindan mayor confianza en la sociedad, y generan mejor calidad de vida. 

Al devorar al Estado a través de la destrucción o debilitamiento de las instituciones, un gobierno populista se devora, obviamente, el estado de derecho, pero también a la economía de mercado. Durante siglos, los mercados han dependido de estados fuertes para garantizar la seguridad, el cumplimiento de contratos, la propiedad privada, y enjuiciar a los malos actores que obtienen su riqueza de manera oscura y/o ilícita. 

Los estados sientan las bases para las poblaciones saludables y educadas que pueden participar y contribuir al florecimiento exitoso de los mercados. 

El fortalecimiento del Estado facilitaría el funcionamiento de una economía de mercado; pero eso no se quiere en Bolivia. Se prefiere el autoritarismo, la discrecionalidad, y la corrupción para beneficio de los que están en el poder y sus cómplices. La corrupción es hija del incumplimiento de las reglas del juego, por ejemplo, hacer fraude electoral o no pagar impuestos; y de la impunidad, por ejemplo, no ir a la cárcel o no recibir una multa. Si esto sucede con cierta frecuencia se puede volver una costumbre, es decir, en una institución informal en sí misma. 

Los cimientos sobre los cuales EEUU se ha forjado como nación desde su independencia hace 245 años, o Francia desde hace 232 años, ha sido en base al desarrollo y establecimiento de instituciones sólidas. Bolivia celebrará dentro de poco 196 años. El avance tecnológico, la amplia red de caminos pavimentados, el acceso de agua en el 100% del territorio, y una educación de calidad, entre otros, son producto de sus instituciones. 

Mientras Bolivia, México, Perú o Venezuela no establezcan organizaciones fuertes y estables y un sistema democrático en base al cumplimiento del Estado de Derecho (no solamente elecciones), no alcanzaremos esos niveles de bienestar ni en 50 o 36 años.

En el mismo mensaje, el presidente Biden les dijo a los flamantes graduados que “depende de ustedes traducir ese cambio sin precedentes en una mayor medida de felicidad y prosperidad no solo para usted y nuestra nación, sino también para el mundo que lo rodea”. 

¿En Bolivia, al presente, depende de cada uno de nosotros nuestra felicidad o la prosperidad de nuestra Patria? No, claro que no. Y no lo será hasta que nuestros gobernantes se dediquen a gobernar bajo un estado de derecho y a cumplir sus obligaciones dentro del marco legal, facilitar la vacunación, construir un ecosistema digital que cada vez evoluciona más rápido, revisar el currículo educativo para afrontar los desafíos del siglo XXI, capacitar a los maestros para manejar nuevas metodologías de enseñanza, y estimular la inversión privada que genere trabajo de calidad, productivo y bien remunerado. 

Mas bien, ¿de qué se ha ocupado este gobierno? De perseguir a sus adversarios políticos con fábulas de golpe de Estado para intentar de reescribir otra historia que limpie la cara de los protagonistas del MAS. Primero ellos, con nuestros impuestos, después el país.
 

 

 

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