Feminicidios

Crímenes de locura

“El comportamiento violento es una parte indeseable del humano, pero rara vez es tratable con charlas o pastillas”.
domingo, 6 de junio de 2021 · 05:00

Jorge Patiño Sarcinelli
 Matemático y escritor

 

Para consternación general, los feminicidios van en aumento. Si cada vez hay más feminicidios o más noticias, no importa tanto como encontrar respuestas. Un asesinato es siempre una muerte demás y cuando se trata de feminicidios, a la tragedia de la muerte de una mujer víctima de su propia pareja, se suma el drama de los huérfanos. ¿Cómo no indignarse? 

Sin embargo, en contraste con la creciente indignación colectiva, escasean las soluciones. A lo único que atina la sociedad es a dictar leyes y a encarcelar asesinos. Sin duda, esto forma parte del esfuerzo necesario y no desmerezcamos el de acogida de mujeres que sufren violencia doméstica, pero los números muestran que a través de protección, leyes y castigos no hacemos mella en el mal. 

Es probable que el próximo feminicida esté ahora libre y la mujer que él va a matar esté en su casa. Pero ¿el bicho que lo va a llevar al crimen ya está instalado en él, esperando a que algo lo provoque? Es decir, ¿ese hombre matará a esa mujer porque es o porque está “loco” (término genérico que usamos con demasiada facilidad)?

 

¿Insania más que misoginia?

Hace unas semanas, un columnista cuyas opiniones debemos tomar en cuenta, Agustín Echalar, argumentaba que la insania explica más que la misoginia el aumento de los feminicidios y que la respuesta debe, por tanto, partir de la psiquiatría. Como el argumento es complejo y debe ser debidamente considerado, cito abajo frases de su artículo. 

“Hay un aspecto que tiene una importancia vital: la salud mental de quien comete un asesinato pasional (y) toca preguntarse sobre la realidad psíquica de quien comete un crimen tan brutal contra una persona a la que estaba ligado sentimentalmente”.

Él añade: “El machismo y la misoginia son taras que arrastra la humanidad desde el principio de los tiempos  (…)  y deben ser combatidas  (…); una sociedad justa debe estar libre de ese tipo de comportamientos y mentalidades. Pero dudo que todos los feminicidios tengan que ver con una visión que hace que los hombres se sientan dueños de las vidas de sus parejas (…) si los feminicidios fueran el resultado de esa cultura,  (…)  éstos deberían ser menos frecuentes porque  (…)  estos tiempos (son) menos machistas que los del pasado”.

Hay elementos de estos argumentos con los que cualquiera estaría de acuerdo: a) quien mata a la mujer que un día amó comete un crimen brutal, b) una sociedad que quiere ser justa debe eliminar la misoginia, c) el machismo y la misoginia son hoy peor vistos que ayer y d) no todos los feminicidios son cometidos por hombres que se sienten dueños de las vidas de sus parejas.

Sin embargo, no creo que estas premisas basten para explicar ni encontrar soluciones para el feminicidio y me resisto a dejar la solución en “un trabajo más serio y profundo en el campo de la psiquiatría”. Dios nos libre de un ejército de psiquiatras que quieran cambiar comportamientos. Suficiente daño han hecho queriendo “curar” la homosexualidad. Con esto no quiero descalificar a los buenos galenos del alma y menos los argumentos de Echalar, pero estos, aunque importantes, ameritan más análisis.

 

Locura, ¿qué locura?

La insania, que según el diccionario no es más que un sinónimo de locura, aparece en muchas formas, transitorias o permanentes, tratables o incurables, algunas románticas –si digo estar loco de amor– y otras muy dolorosas para quienes las sufren y para quienes aman a los que las sufren. El alma, aunque dudemos de su existencia, puede fallar de muchas maneras. Si una o más de esas fallas puede explicar el comportamiento feminicida, la ciencia no lo dice y dudo que sea posible identificar en el consultorio a los feminicidas en potencia.

Evidentemente, una persona que mata a otra no puede estar en sus cabales, pero esto no es exclusivo del feminicidio. Lo mismo se puede decir de quien mata a otro por celos o por codicia, y ¿está en sus cabales quien mata a niños con bombas o con premeditación a la mujer embarazada que arruina sus planes? Depende de dónde limitemos esos cabales.

El lenguaje común tiene una expresión elocuente para muchas de estas situaciones: “ha perdido la cabeza”. Pero se puede perderla en muchos grados y por muchas razones. El lector puede reconocer ejemplos incluso en su propio comportamiento, ojalá que menos extremos que el que nos ocupa.

Es decir, si bien hay feminicidios cometidos por locos en el parque, la gran mayoría de los feminicidios son cometidos por parejas (o ex) que concentran su violencia en una mujer en concreto, que pierden la cabeza en un momento pasional y que son tan inmunes a los métodos del psiquiatra como quien azota a un niño o insulta a un extraño desde el auto. El comportamiento violento en toda su escala es una parte indeseable del comportamiento humano, pero rara vez es tratable con charlas o pastillas. Si fuese, necesitaríamos psiquiatras por millones.

 

El feminicidio es la punta del iceberg 

Aquí entran la misoginia, el machismo y ese sentido de propiedad que Echalar desestima. Son estas deformaciones culturales y psicológicas las que hacen que un hombre pierda la cabeza cuando “su” mujer quiere dejarlo o desobedecer. No todos pierden la cabeza por eso y muy pocos llegan al asesinato, pero los que lo hacen es porque sienten que esa creciente rebeldía femenina es una agresión a la que se sienten en derecho de responder con violencia cotidiana o sanguinaria. 

La explicación para el crimen está en una combinación criminalmente explosiva de misoginia y psicología. Aquí no hay que perder de vista que para cada feminicidio hay cien denuncias de violencia doméstica y quizá mil palizas sin denuncia. El feminicidio es la punta de un iceberg de violencia contra la mujer.

Para atacar este mal en la raíz más que los psiquiatras sirven la casa y la escuela. Es un problema de formación, de una visión del mundo y de valores. El ejemplo paterno y materno, y la discusión en clase pueden hacer mucho más por esa formación que la cárcel, el diván o las pastillas, que siempre vienen mal y tarde.

 

 

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