La espada en la palabra

Modernidad y cambio en parámetros de vida

El avance de la tecnología conllevó una cantidad de elementos perniciosos para el fin supremo de todo: la felicidad.
domingo, 6 de junio de 2021 · 05:00

Ignacio Vera de Rada 
Profesor universitario

La modernidad trajo al ser humano un sinfín de facilidades que antes, en el siglo XII o incluso en el XVIII, se hubieran creído imposibles. Imposibles por las alternativas materiales de que disponía en aquellos tiempos la sociedad, mas no por la capacidad inventiva y creativa de la que siempre ha dado claras señales el ser humano. La ballesta gigante, la máquina voladora de autopropulsión humana o las ciudades utópicas ideadas por Leonardo y registradas en sus cuadernos de notas para la posteridad, la república platónica, las quimeras narrativas de J. Verne o la misma filosofía socrática, son pruebas inequívocas de que las mentes geniales o los espíritus sensibles intentaron adelantarse a su tiempo, con el fin de lograr la felicidad humana o por lo menos aproximársele.

Muchas de esas ideas y deseos del pasado se materializaron, haciendo que el hombre alcance cotas más elevadas en el plano material. Un ejemplo de ello es que el promedio de esperanza de vida en todo el mundo se haya prolongado un poco. Pero lo cierto es que el avance de la técnica tuvo también cantidad de elementos perniciosos para el fin supremo de todos (que es la felicidad). El progreso vertiginoso de las ciencias y las industrias prolongó (o quizá causó) las guerras mundiales y provocó muchas enfermedades de tipo viral y congénito. 

La globalización, fenómeno consecuente al desarrollo de ciencias e industrias, aceleró cierto tipo de calamidades naturales y males de los que ayer ciertas partes del globo hubieran estado inmunizadas. Finalmente, la aceleradísima propagación del virus SARS-CoV-2 por todos los rincones del mundo es prueba de esto último que decimos.

Pero creo que hay algo inmutable: la naturaleza del alma humana. Desde que el hombre es hombre al cabo de la evolución, el alma se ha mantenido incólume, pues presenta una serie de voliciones (para hablar con Schopenhauer) que, si las analizamos a lo largo de la historia y en eventos diversos de tipo feliz o triste, son exactamente las mismas. Solo han cambiado las formas, análogamente. 

No creo ni en el extremo rousseauniano ni en la desoladora idea de Hobbes. Creo que el alma humana es dual, pues al lado de la ingratitud y la malicia, siempre se pudieron ver, aunque tal vez en proporciones menores, luces de bondad y desprendimiento. El hombre es dios y animal. Solamente de esa forma se explica que el mundo en el que hoy vivimos no sea ni un lugar feliz ni un infierno insoportable donde todo es negro.

Volvamos sobre el hecho del desarrollo técnico y material.

La manufacturación masiva, los medios de transporte, la tecnología cibernética e  internet revolucionaron el mundo más que la más gloriosa batalla de todos los tiempos. Los resultados los estamos viviendo hoy mejor que nunca. Y como todo resultado humano, tiene lados positivos y negativos. 

Los negativos son la cultura de masas (y la consecuente degradación de la cultura), la democratización excesiva de la opinión, el libertinaje social, la relativización del derecho. Los positivos son la democratización de las posibilidades de acceso a la salud, la información que llega a las masas, la comunicación virtual, la manufactura en serie, entre muchos otros.

Haciendo un balance histórico, estoy de acuerdo con que muchas conquistas históricas y beneficiosas se consiguieron a través de la protesta y no del libro, la conferencia universitaria o la campaña de prensa. Y es en ese sentido que debemos celebrar cosas como la integración de los afros y el indio en la política y la vida pública en general. Finalmente, todo lo que es justo –y ésta puede ser una consideración de tipo teológico–, incluso una guerra, se termina imponiendo en la realidad práctica. 

Pero esos movimientos progresistas, liderados por jóvenes en su mayoría (como el Mayo francés), fueron exigiendo derechos que la cordura y la filosofía del derecho no podrían admitir nunca. Porque hay cosas inamovibles y otras que sí deben evolucionar y cambiar.

Otro de los detalles a los que deseo hacer referencia es el del amor y el erotismo. Creo que uno de los aspectos de la vida que más se vieron afectados con la modernidad (o la posmodernidad, para ser más precisos) es éste. Pues si bien no sería imaginable ni provechoso pretender regresar a los patrones de vida que se tenían en la Edad Media, sí creo que el amor y el erotismo tienen una esencia inmutable y que no debe ser trastrocada: el secreto y el misterio. Son estos dos elementos los que hacen del amor materia de historias, poesías, dolor (ese dolor extrañamente fecundo o creativo), sensibilidad y pasión. Con ellos recordamos que tenemos un corazón de carne.

En el ensayo La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa se refiere a este asunto poniendo como ejemplo el taller de clases de masturbación que se intentó impartir alguna vez en un lugar de Europa. Ciertamente ése es el acabose de una tendencia que pretende eliminar toda cualidad romántica de varón-mujer en las prácticas amorosas. Pero sin llegar a esos extremos, lo que ha hecho la modernidad ha sido socavar ciertos valores morales (sí, hablar de moralidad en el siglo XXI no es un error, menos si se es teísta o socrático) que hacen que la convivencia entre seres humanos no sea meramente un acto volitivo o mecánico y sí sea en cambio un acto que conlleva pasiones y sentimientos.

El relato bíblico de Adán y Eva (en el cual, incluso siendo yo un pío cristiano, no creo que se haya dado así como está narrado, sino más bien de forma simbólica) tiene un mar de enseñanzas en torno a lo que somos desde la naturaleza más profunda. La vergüenza que sintieron Adán y Eva por su desnudez, no puede ser otra que la que siente el ser humano del promedio ante los impulsos físicos, fisiológicos y espirituales vinculados con el amor, lo cual lleva directamente al romanticismo, catalogado de anticuado y cursi en los pensamientos libertinos del día de hoy.

Las formas románticas del noviazgo y de la misma vida conyugal, innatas del ser humano, no deberían cambiar, so pena de volver a éste una máquina que se aparea o se junta con otro de su misma especie por pura necesidad material o física. El romanticismo, que evidentemente guarda roles diferentes para el varón y la mujer, no debería significar en ningún espíritu o mente civilizada y racional ninguna práctica de violencia o de enajenación de derechos, derechos que hombre y mujer tienen –o deben tener– por igual. Simplemente es un elemento esencial para el arte de la vida y para que ésta no se empobrezca ni se vulgarice.

Es importante encarar este tipo de reflexiones históricas vinculadas con pandemias, guerras y el amor, para caer en la cuenta de que no somos ni peores ni mejores que antes, que vivimos en un entorno diferente –mejor en algunos aspectos y peor en otros– y que tenemos aún muchas cosas por pensar, discutir y cambiar.

 

 

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