Lenguas

Portuñol: el reflejo de identidades híbridas

El contacto entre diferentes lenguas y su influencia mutua, ha sido recurrente en el pasado lejano y cercano y sigue siéndolo.
domingo, 6 de junio de 2021 · 05:00

Mohammed ElHajji
Catedrático de la Universidad Federal de Río de Janeiro Latinoamérica21

Lengua fronteriza, el portuñol es tanto un medio de hibridación de culturas e identidades como de integración social y económica. Su herencia milenaria y su potencial vanguardista hacen de portuñol un fiel reflejo de nuestro lugar en el mundo. En el tiempo y en el espacio.  

El portuñol puede definirse como una mezcla informal de elementos lingüísticos tanto del portugués como del español. Una composición que proporciona un entorno comunicativo amplio y maleable, y no un marco unificado, provisto de reglas claras y definitivas. Lengua viva y en constante evolución, sus hablantes alternan los registros léxicos y las reglas sintácticas en función del contexto social y del contenido a transmitir o debatir. 

En rigor, no se debe hablar de un portuñol singular y estandarizado, sino de una pluralidad de “portuñoles”, diversos, regionales, contextuales y circunstanciales. La pronunciación, las expresiones, las metáforas y otras figuras del lenguaje pueden cambiar considerablemente según el origen nacional, étnico y regional de los interlocutores, su conocimiento relativo de las dos lenguas originales y la frecuencia con la que practican el habla híbrida. 

Una lengua es un sistema de signos lingüísticos que permite representar la realidad y codificar –o decodificar– los datos informativos de esa misma realidad. Su objetivo principal es el intercambio de información, mediante signos gráficos o vocales, entre individuos de un mismo grupo humano en un contexto social e histórico determinado. Es decir, no hay forma de describir el mundo que nos rodea y comunicar sus características, de forma comprensible, sin el uso de un código lingüístico común. 

Sin embargo, el lenguaje no se limita a transmitir información de forma neutral, automática o impersonal. Una lengua contiene y refleja la visión del mundo, las expectativas y los temores de las personas que la utilizan. Expresiones metafóricas como “la cosa está negra” para demostrar pesimismo, o “eso es cosa de indio” para describir algo desordenado, por ejemplo, ofrecen pruebas simbólicas del origen cultural y psicológico de las bases eurocéntricas y racistas del discurso social que rige la mente colonial brasileña.

Además, toda lengua se adapta y evoluciona en función del entorno natural, social, cultural y político en el que surge y se desarrolla. La lengua tiene una historia y un origen que dan fe de las transformaciones morfológicas y sintácticas que experimenta. El español y el portugués, por ejemplo, compartieron raíces comunes durante miles de años antes de dividirse hace unos siglos en dos cepas diferentes pero aún muy cercanas.

En la actualidad se hablan unas 7.000 lenguas en el mundo: sólo 230 en Europa, más de 2.000 en África, más de 2.000 en Asia y más de 1.300 en Oceanía. En América se hablan más de 1.000 lenguas; en la década de 1950 había 1.700. Aquí nos referimos a la totalidad de las lenguas habladas, pero no necesariamente escritas o reconocidas como lenguas oficiales. 

En América, la mayoría absoluta de estas lenguas pertenece a los pueblos indígenas, frente a cinco lenguas europeas (español, inglés, portugués, francés y neerlandés) y una docena de criollos o creoles. 

Los 440 millones de habitantes de Sudamérica se dividen casi en partes iguales entre el portugués (en Brasil) y el español (en los demás países). Esto no significa que las áreas de influencia y uso de cada una de las dos lenguas estén delimitadas siguiendo las divisiones administrativas y su trazado en los mapas escolares. 

Al contrario: cuando se trata de prácticas culturales, como es el caso de la lengua, las fronteras no sólo son más porosas de lo que se podría imaginar, sino que muestran todo su potencial para transmitir subjetividades, imaginarios y cosmovisiones. Un ecosistema social, cultural y económico que sólo podía favorecer el mestizaje de las lenguas habladas y la consolidación de la práctica cotidiana del portuñol.

Recordemos que Brasil tiene casi 17.000 km de fronteras terrestres que lo conectan con todos los países sudamericanos –excepto Ecuador y Chile–. De los 5.565 municipios que componen el territorio brasileño, 588 (más del 10%) son ciudades fronterizas y 33 están clasificadas como ciudades gemelas. Es decir, son municipios atravesados por una o varias líneas fronterizas, donde generalmente se observa una fuerte movilidad humana, intercambios y dinámicas integradoras.

En términos de población, este espacio transfronterizo suma más de 2 millones de personas, sólo en el lado brasileño. Si sumamos esta cantidad a la población del otro lado de las fronteras, junto con los flujos comerciales, turísticos, migratorios y estudiantiles, quizá el número total de hablantes   en la región se acerque a los tres millones.

Desde una perspectiva estrictamente lingüística, el portuñol puede constituir una “interlengua” (una etapa intermedia en el proceso de aprendizaje de una nueva lengua), un dialecto (como es el caso de la variante riverense resultante de la antigua presencia luso-brasileña en territorio uruguayo) o incluso una simple “lengua de contacto” destinada a remediar la falta de dominio de una misma lengua por parte de ambos interlocutores.

El portuñol, en este sentido, no es único ni inédito en el panorama lingüístico mundial. El contacto entre diferentes lenguas, su influencia mutua y la aparición de una configuración que permita la intercomprensión de los pueblos que comparten un mismo espacio social parece haber sido recurrente en el pasado lejano y cercano de la Humanidad y sigue siéndolo en la actualidad. El suahili o el maltés, por ejemplo, son una ilustración histórica de la formación de nuevas lenguas a partir de distintos orígenes. El espanglish norteamericano y el yanito, su equivalente europeo hablado en Gibraltar, son competidores contemporáneos de nuestro portuñol regional. 

La gran diferencia, sin embargo, es que, al contrario de los ejemplos mencionados, el portuñol tiene su origen en dos lenguas “hermanas”, procedentes de la misma rama lingüística y que comparten un largo pasado común. De hecho, si el spanglish puede considerarse como una lengua nueva y original, la forma lingüística del portuñol existe en realidad desde hace mucho tiempo y todavía puede comprobarse en la actualidad y la vivacidad del gallego. 

En otras palabras, al mismo tiempo que expresa la realidad actual de nuestra región y apunta hacia su futuro social, cultural y económico, el portuñol no deja de reiterar las raíces lingüísticas comunes de las poblaciones sudamericanas. Así, el portuñol no sólo acerca a los pueblos de la región, sino que los vuelve a reconectar –de nuevo– en torno a un arquetipo lingüístico que sorprende por su capacidad de reinventarse..

Es de esperar que, a medida que avance la integración económica, social y cultural de nuestra región, el portuñol se fortalezca. Y viceversa.

 

 

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