Narrativas y ciudadanía

Análisis crítico del discurso

¿De qué se trata el enfrentamiento de narrativas si no se busca establecer veracidad? La respuesta está en la credibilidad.
domingo, 18 de julio de 2021 · 05:00

José Luis Durán
Analista social

¿Cuál es la importancia y diferencia del Análisis Crítico del Discurso (ACD) con el Análisis del Discurso (AD)? El ACD no es un método como tal, porque no solo se sostiene de la lingüística o la semiótica, va mucho más allá con un análisis que roza el postestructuralismo (las relaciones de poder-saber) y el uso de diversas herramientas de compresión: la formación discursiva de la alteridad, la conceptualización, la historificación, el signo-significante-símbolo, etcétera. 

Pero la diferencia más importante es la posición política que tiene el ACD: ayudar a la sociedad a comprender las formas en las que el poder ejerce control sobre un colectivo de personas, para mantener el pensamiento crítico y eso que a mí me gusta llamar competencias ciudadanas, que son una serie de aptitudes y conocimientos que una persona tiene para hacer respetar sus derechos y ayudar el flote propio de la democracia. 

Sin duda, el enfrentamiento de narrativas en Bolivia es un fenómeno relativista histórico digno de ser estudiado por el ACD. Ya no se trata de qué es verdad o mentira, eso es algo que poco o nada de importancia tiene en lo político por más grado de moralidad social que representa. 

Entonces ¿de qué se trata el enfrentamiento de narrativas si no se busca establecer veracidad? La respuesta está en la credibilidad, que está muy lejos de relacionarse con lo veraz. Los discursos no sirven para hacer falsa una realidad o viceversa, ese acto es parte del proceso, pero no la finalidad. El objetivo del discurso político es que la gente crea en una narrativa, por más falsa que está sea; de nada sirve una verdad si la gente no la cree y una falsedad adquiere la victoria cuando es creíble. 

Hasta ahí, el análisis sigue siendo un AD, pero ahora cómo se la hace ACD. Pues, además de estudiar los mecanismos, el ACD no se pone del lado académico sino del pedagógico social, porque lo que busca es hacer que el ciudadano se cuestione, y es en la ciudadanía, en el transeúnte, donde está su posición política. Por lo tanto, va más allá de la dicotomía izquierda-derecha. 

Es un verdadero análisis con y para las personas. Leer a analistas como Molero, que estudió como funciona las historia como instrumento de legitimación política (cómo se usa a Simón Bolívar en el proceso político venezolano); o Charaudeau y el trabajo de las fuerzas de verdad muy similares a los regímenes de saber de Foucault; o a Van Dijk, y los manifiestos del ACD, nos ayuda a entender en palabras sencillas, las maneras en las que la manipulación del lenguaje soporta partidismos sustentados por narrativas con incoherencias explicitas. 

Al no ser parte el ACD del progresismo ni de las consignas conservadoras, se encarga de desenmascarar el pragmatismo funcional del ejercicio de poder y cómo se arman y trabajan las distintas relaciones hegemónicas. Y qué es un pragmatismo político, pues es cuando Evo Morales dice que se debe “cuidar a Añez”, cuando China tiene más McDonalds que Francia, Alemania y Reino Unido o cuando algún gobierno consagrado de izquierda quiere iniciar negociaciones con EEUU. 

Las preguntas son: ¿Por qué lo hacen? ¿Cómo las justificaciones se hacen legitimas en la realidad social? Un analista crítico del discurso, en realidad, ya conoce las respuestas mucho antes que aparezca en videos filtrados o entrevistas incómodas, y sabe que la respuesta no es “por hipocresía ideológica” o “contradicción discursiva”. Eso funciona para la disputa de narrativas y la opinión pública, pero no existe en la pragmática del ejercicio de poder. Nadie en la esfera política cree ser hipócrita o contradictorio, entenderlo es muy importante porque sostiene que no hay discurso sin la intromisión de textos en el contexto.

Otro carácter fundamental de ACD es el de detectar las posiciones del enunciador y la creación de su antagonista. Lo común del discurso es cuando el que lo expresa se pone en una posición de agente de “cambio y mejora”, lo cual no funcionaría sin no realiza la exposición de alguien que “arruina y retrasa” un país. 

Es más, el discurso se sustenta más por parámetros comparativos, es decir la existencia del oponente, que por los méritos y logros del enunciador. Y para que la sociedad siga la corriente con la credibilidad, se debe sustentar el lenguaje expuesto de manera mediática por instancias legitimadas, en el caso de Bolivia estas son la justicia y la educación. 

Cuando por la vía jurídica, la considerada legal, se acusa y detiene al oponente del enunciador, es muy probable que su narrativa sea la veraz y por ende hay que creer en ella; sin embargo, la justicia es la principal instancia legitimadora de discursos políticos, un instrumento partidario, lo cual lo aleja de la implicancia de que algo sea o no verdad, lo que busca, una vez más, es que sea creíble.

El hecho que exista un enfrentamiento actual en torno a las disputas del lenguaje y las narrativas en Bolivia nos expone que los datos empíricos y las pruebas, sean por estadísticas o referencias, han perdido su posición de acercamiento a la realidad y ahora se limitan a ser funcionales a los discursos, una derrota para los objetivistas de la historia. Pero el hecho también de que el lenguaje sea tan determinante como agente creador y la causa de varios efectos, pone en relieve la necesidad de analizar los discursos para evitar hacer iluminar una falsedad con rostro de verdad. 

La lucha es por la credibilidad y legitimidad, que tristemente al no ser basadas en verdades factuales, tienden a sufrir contradicciones bastante obvias. Pero el ACD se adelanta a todos estos procesos mediáticos y políticos para ayudar a entender a la sociedad estas formas en las que se presenta la dogmatización y la anomia social, y de esta manera ejerzan ciudadanía y crítica en la opinión pública.

 

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