Jóvenes y desempleo

Sociología del emprendimiento

El carácter emprendedor del boliviano que se ve limitado por la actitud burocrático-conservadora de la administración pública.
domingo, 18 de julio de 2021 · 05:00

Yamir Pérez 
Sociólogo

Esta semana se acercaron los estudiantes de la U para una entrevista. La conversación era sobre el emprendimiento en los jóvenes. Al respecto, recuerdo haber salido a limpiar muchas veces el terreno de mi madre, o simplemente ayudar de vez en cuando a mi padre con la limpieza del jardín. Cuando visité la casa de un compañero de colegio, también hacía lo mismo solamente que usaba una podadora a gasolina. Cuando pregunté, me dijo que su padre consideraba a la gente que gustaba de tener muchos empleados como flojos.

En 2012, recibí una llamada de Julio César Nava Balcázar. Dijo tener un terreno y en tono de sorna sugiere que si estaría dispuesto a limpiarlo; pagaría x cantidad. Esos meses ya estaba titulado y desempleado, así que consideré la oferta mientras pensaba en la podadora que había en casa. Accedí entonces, sin calcular el tiempo que tomaría limpiarlo. Lo que yo pensaba que me tomaría una tarde, fueron dos o tres días. Tal vez un podador experimentado hubiera cobrado el doble; no era un terreno regular donde pudieran correr normalmente las ruedas de la podadora. Finalmente tuve que hacer la mayor parte con machete y azadón.

Un día, mientras me cubría del sol entre las matas, llamó Ruy D’Alencar –en ese entonces periodista de El Deber–, cuya pregunta no se me olvida: ¿Qué haces Yamir?; a lo que respondí con inocente naturalidad: “aquí, limpiando el lote de César”. A partir de entonces lo que sucedió ya no estaba en mis manos. Como dice la canción: “la gente que me odia y me quiere no va a perdonar que me distraiga”. 

Cuando ingrese a la “Gabriel” una frase que se me quedó grabada: “La universidad sirve para disfrazar el desempleo de la población joven”. En la universidad también aprendí a hacer artesanías y hasta hace no mucho las vendía o regalaba. Muchos saben cuál era su lugar en esta sociedad: en Bolivia es preferible tener un buen apellido, antes que un buen trabajo.

Esta semana tuve la oportunidad de hablar con un colega sociólogo –Elías Caurey– gracias a la biblioteca. Revisé sus publicaciones a vuelo de pájaro, y encontré el relato de cómo flagelaron a Ramiro del Valle Mandepora, abogado defensor de los derechos de los pueblos indígenas, en la plaza del pueblo. Me dejó pasmado. Fruto de esta acción, se emprendió el operativo que terminó de desapoderar a las familias de los terratenientes, dirigido por el entonces ministro Alejandro Almaraz.

Recientemente participaron los líderes de los pueblos de tierras bajas: Nélida Faldin, Nelly Romero, Verta Vejarano y José Bailaba, en una presentación organizada por el Cejis en la casa Melchor Pinto. Las organizaciones están divididas, los políticos y los especuladores aprovechando la situación lucran a nombre de los pueblos indígenas. Es la constante denuncia y la preocupación no solo de los líderes. 

Nelly Romero, con un discurso muy emotivo, nos cuenta que padeció Covid y que “recién nos damos cuenta que en las comunidades no hay posta”. José Bailaba está preocupado porque las conquistas de las organizaciones se están diluyendo, la división está facilitando este proceso.

Ninguno de nuestros paisanos bolivianos es flojo en el extranjero, aprenden y comparten sus iniciativas e ideas nuevas. Los bolivianos siempre encuentran solución al problema, hasta en las cosas más inverosímiles. Sin embargo, en su propia tierra, las cosas no salen bien. ¿Cuál es el miedo al cambio, que nos impide salir de ese conservadurismo mental, misógino y reduccionista? Incluso en los llamados partidos de izquierda persiste este modo de ver tan conservador de la política y la cotidianidad. 

Este carácter emprendedor del boliviano es una potencia que se ve limitada por la actitud burocrático-conservadora. Las propuestas de cambio no han logrado superar la barrera del reformismo; y en menos de lo que puedes decir “nepotismo”, se han formado nuevamente las camarillas. Éstas –a nombre de la revolución o defensa de la región– se dan el lujo de señalarnos, en una suerte de torre de babel. Donde los mismos pobres como mercenarios queman el barco con gente y todo. 

Con esto no quiero llamar a las armas, con esto quiero tener un Estado que pueda dar las condiciones para crecer, no solo como un gran empresario o un influyente político. 

Con esto quiero que la gente pueda juzgar con criterio y valorar el sentido verdadero del amor, que es totalmente contrapuesto al odio; en la cultura budista “amar es hacer feliz a los demás”. Viendo desde una lógica cristiana, existe un único mandamiento que dice: ama a tu prójimo como a ti mismo. 

Los emprendimientos pueden triunfar sin necesidad de tener un concepto ético, es verdad. Pero recuerda que en algún punto debes volver al mercado. Sobre todo, para el sector de servicios no está exento de crítica y denuncia.  En el trabajo, que es un poema de amor, muchos tienen letra ordinaria y una terrible ortografía. Creen tener la potestad de hacerte esperar, de contestarte con desdén. Solo los emociona correr a principio de mes.

 Como dice alguien por ahí: “chabacanos”. Vivimos así en la administración pública e incluso en la empresa privada. Donde se forman carteles que  tienen más derechos que otros. La pandemia ha revelado ese terrible lado de la humanidad, pero no significa que antes hubiese sido mejor, como la historia de Ramiro Valle. 

El emprendimiento transforma, y depende de nosotros formarnos para comprometernos con ese cambio. Al ser la economía las ciencias de la administración de la casa; un buen administrador o administradora es consciente también que este retorno de beneficios a la sociedad será provechoso para la empresa. 

No habrá economía próspera mientras las ratas se coman las provisiones de la familia. Si eres parte de esas ratas, eres tú el que debe de tener miedo, porque esto ya no tiene retorno. Si la eficiencia no la consigue el ser humano, la conseguirá la tecnología, luego no se vayan a quejar ni a pedir créditos blandos.

 

 

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