Vicios de comportamiento

El efecto Lucifer y la justicia

¿Hay algo en la justicia que atrae a las peores personas de la sociedad? O los jueces y fiscales fueron maleados por una dinámica perversa del sistema.
domingo, 25 de julio de 2021 · 05:00

Jorge Patiño Sarcinelli
Matemático y escritor

 

La mejor treta del diablo, dice Baudelaire, es la de convencernos de que no existe. Si es así, Satanás lo está haciendo muy bien, pues, aunque el número de creyentes en la divinidad va en aumento, son cada vez menos los que creen en serio en el maligno. Aunque él esté en boca cotidiana en frases como “donde el diablo perdió el poncho”, ha sido reducido a un simpático personaje familiar, e incluso se le reconoce cierta sabiduría en frases como “más sabe el diablo por viejo que por diablo” y “que venga el diablo y escoja”. 

Pero si el viejo demonio de terror va perdiendo sus “derechos de ciudadanía en la república de la cultura” (Papini), su equivalente, el mal, no ha menguado en importancia, profusión ni vigencia; todo lo contrario. Basta ver los periódicos para que más noticias que la mitad nos den muestras de lo diseminado que está en todos los espacios y niveles de la sociedad, y en nuestro país aparece más donde menos debería: en la justicia.

De hecho, en la percepción general, el sistema judicial es el ámbito boliviano donde se concentra la perversidad y la corrupción. No podemos criticar a quienes piensan así en vista de los atropellos que a diario se cometen contra grandes y pequeños inocentes. Basta recordar el calvario del doctor Jhiery Fernández para que no queden dudas de que la maldad de la Justicia no proviene solo del afán de lucro de fiscales y jueces, que sin duda existe, sino de una extrema deformación moral que explica su saña.

Sin embargo, hay algo en esa visión que pide explicación o al menos dilucidación. Debemos elegir entre tres posibilidades: 1) hay algo en la justicia que atrae a las peores personas de la sociedad; algo así como el diablo los crea y la Justicia los junta, o 2) la mayoría de los fiscales y jueces perversos y corruptos fueron un día jóvenes normales que buscaron formación y carrera, algunos incluso idealistas, pero que fueron maleados por una dinámica perversa del sistema, y 3) estamos siendo injustos, y el sistema tiene tantas buenas y malas personas como cualquier otro.

 

El efecto Lucifer

El psicólogo Philip Zimbardo ha bautizado como “efecto Lucifer” al fenómeno del sorprendente cambio de comportamiento que las personas pueden experimentar en respuesta a las circunstancias. No hay nada de nuevo, dirá el lector; “en arca abierta, el justo peca”; lo sabíamos. Sin duda, pero Zimbardo, con su famoso experimento de la prisión de Stanford, ha llevado esta antigua reflexión a extremos insospechados. 

En este experimento, 20 estudiantes voluntarios, todos normales del montón, fueron distribuidos al azar en dos grupos: al primero se les asignó el papel de prisioneros y al segundo los de carceleros, con reglas que se asemejan a las de una prisión real y que dejaban un amplio grado de libertad para la violencia punitiva de los carceleros contra los prisioneros. Lo revelador del experimento es que jóvenes absolutamente normales eran capaces de llegar a niveles inesperados de sadismo, al punto que el ejercicio debió ser suspendido. Los detalles están en la web. 

Tendemos a creer que las personas somos sujetos morales que podemos decidir por el bien o el mal libremente. Una lección del experimento es que no existe ese sujeto estable, cuyo comportamiento pueda ser determinado por una supuesta calidad moral bien definida a priori. No todos los justos pecan en arcas abiertas ni todas las personas buenas se transforman en sádicas, pero no se puede afirmar ex ante que un sujeto bueno no vaya a dejar de serlo si el contexto lo empuja al mal. La literatura y la historia están llenas de casos así, pero el experimento sugiere que esa transformación es más habitual que excepcional. La tesis tiene implicaciones morales nada triviales, pues arroja otra luz sobre pecados y delitos. 

La tesis tiene también implicaciones prácticas importantes a la hora de pensar en la reforma de nuestro sistema judicial: si queremos tener una justicia que merezca ese nombre, no basta buscar gente proba ni tener mejores leyes; es necesario corregir los vicios de comportamiento que la dinámica de la justicia induce en quienes trabajan ahí. Hay un problema de psicología de grupo sin cuya comprensión no lograremos lo que buscamos.

 

De ángel soberbio a diablo

Dice Santo Tomás que “en Lucifer Dios creó al más alto y al más perfecto de sus ángeles” y fue justamente éste el que, en un acto que los teólogos califican de soberbia, desafió a Dios y fue arrojado al abismo. 

Perfecto no puede haber sido si era tan soberbio. Sin embargo, esta creencia, fruto de la especulación religiosa sin prueba documental, contiene lecciones importantes. 

La más obvia es la ya anotada, de que hasta el más perfecto puede, dadas las circunstancias, pecar. La segunda se desprende del hecho de que, ante el desafío de Lucifer, Dios envió a sus ángeles a combatir contra el rebelde. En lugar de Él mismo, en su omnipotencia, enviarlo al abismo, deja que la victoria se decida en una lucha, como lo hace notar Papini. Similar lucha debemos enfrentar todos ante la tentación, y Dios deja que sean nuestras fuerzas internas las que decidan el curso que tomamos. Este aspecto se traslada al efecto Lucifer antes mencionado: no todos los buenos caen en tentación. 

La responsabilidad de nuestras acciones será siempre nuestra y no del entorno, por más peso que tenga. Sin embargo, no se puede dejar de señalar la grave responsabilidad que tienen quienes crean o no corrigen las condiciones perversas que inducen malos comportamientos.

Dice Graham Greene que “uno se siente tentado de creer que el mal no es sino la sombra que el bien lleva consigo y que un día llegaremos a comprender hasta la sombra”. El objetivo de comprender el bien y el mal es ambicioso, pero en el más modesto ámbito de lo humano, podemos al menos intentar ir a la raíz del mal comportamiento que aqueja nuestra justicia como paso previo para reformarla. 

La religión no muestra diablos que se vuelven ángeles, pero quizá podamos intentarlo aquí en la tierra con lo fiscales, por imposible que parezca.

 

 

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