Matasuegra

Narrativas impuestas

Richter y el MAS pretenden instalar que lo que el oficialismo cuenta no es un constructo narrativo, sino la realidad misma, sostiene el autor.
domingo, 4 de julio de 2021 · 05:00

Willy Camacho
Escritor

En una entrevista de hace algunos días, el vocero presidencial, Jorge Richter, indicó que había una narrativa del fraude que se enfrentaba a la realidad del golpe de Estado. Richter hacía un casamiento indisoluble entre narrativa y ficción, pretendiendo dejar por sentado que lo del golpe no era una invención, sino lo que realmente había pasado.

El vocero sabe lo que hace, y aunque parece equivocarse, lo hace a propósito. Él sabe bien que lo narrativo no está unido solamente a lo ficticio, sino también a lo real. Una novela, como Cien años de soledad, por ejemplo, es una construcción narrativa a partir de sucesos y personajes ficticios, creados por la imaginación del Gabriel García Márquez, y Relato de un náufrago, del mismo autor, es una construcción narrativa, basada en sucesos reales que atravesó el protagonista.

Las crónicas son construcciones narrativas que cuentan hechos reales, comprobados y comprobables, con respaldo de investigación periodística. Es decir, que son narraciones de no ficción. En síntesis, todo relato, toda historia, necesita de un aparato narrativo para ser transmitido. Las narrativas, entonces, no están asociadas a la ficción o a la realidad con exclusividad. Eso lo sabe Richter, pero pretende hacernos creer, insultando la inteligencia del público, que lo que el oficialismo cuenta, no es un constructo narrativo, sino la realidad misma, como si la realidad no pudiese ser narrada, y peor aún, como si se pudiese compartir la historia sin mediación narrativa.

En realidad, y lo dijeron incluso analistas afines al MAS, en la actual coyuntura hay dos narrativas en pugna: la del golpe y la del fraude. Y claro, hay metanarrativas que pretenden sacar una especie de síntesis conclusiva. En ese sentido, el vocero intenta desvirtuar los hechos de una narrativa, y asegurar la veracidad de los hechos sobre los que se asienta la narrativa oficialista. En otras palabras, su narrativa es que no hubo fraude, y que Evo Morales fue víctima de un golpe. No importa nada más, no importa la cantidad de evidencia del fraude que fue difundida públicamente luego de las elecciones. Los representantes del gobierno se cierran en una narrativa opuesta: “Hasta ahora no han presentado ninguna prueba”.

Los estrategas masistas no consideran que una narrativa debe ser lógica, coherente y verosímil. Para ellos, la narrativa no se basa en hechos reales, sino que la realidad se basa en su narrativa. Basta con recordar el caso del affaire Morales-Zapata. Luego del escandalete desatado, el exmandatario apareció ante cámaras y contó en cadena nacional, en vivo, a todo el país, que efectivamente había tenido una relación sentimental con la señora Gabriela Zapata, que fruto de esa relación habían tenido un hijo que, lamentablemente, había fallecido por una enfermedad. De inmediato, el vicepresidente García Linera también declaró sobre el hecho, afirmando que Morales había cubierto el tratamiento médico del niño, que había sido un buen padre, en pocas palabras.

A los pocos días, se construyó una nueva narrativa, que es la que, para el oficialismo, sigue vigente hasta hoy: el niño nunca existió, todo fue un invento de la derecha. No importa que Morales haya declarado que el niño nació o que haya certificado de nacimiento, la narrativa masista es cerrada a argumentos y lógicas: el niño nunca existió.

Y por ahí va la construcción de narrativas desde el oficialismo, desde la imposición. Se impone una narrativa sin importar cuan verosímil o verdadera sea. Y claro, para eso cuentan con todo el aparato comunicacional del Estado, un aparato que es sostenido por todos los ciudadanos y ciudadanas, pero que solo beneficia a los intereses de un puñado de personas que se han afincado en el poder y no pretenden dejarlo.

Recientemente, el ministro de Justicia, Iván Lima, ha comenzado con una narrativa hilarante: según él, lo que decida la CIDH respecto a la reelección indefinida es irrelevante para Bolivia, ya que, en nuestro país, esta figura no existe. Le faltó decir que, gracias al gobierno, y en especial a Evo, es que no tenemos reelección indefinida en Bolivia. 

Y algo así van a decir dentro de poco. Y no importarán las maniobras chuecas que hicieron para favorecer a su líder y pisotear un referéndum donde el pueblo le negó la posibilidad de una cuarta reelección consecutiva, no importará la violencia desencadenada a raíz de esa afrenta a la voluntad popular, pues el MAS impondrá una narrativa, carente de lógica y verdad: que en Bolivia no hay y nunca hubo reelección indefinida.

El cinismo de Lima es de ficción, funcionaría para un personaje del costumbrismo de los años 20. Manifiesta la típica actitud del bribonzuelo que se cree más inteligente que sus conciudadanos, aunque solo él se tiene en tan alta estima. Es ese personaje que confunde inteligencia con picardía, y se jacta de ser pícaro. Recuerdo a García Linera encarnando a ese personaje cuando se jactaba de sus “estrategias envolventes” y se reía de pisotear, en ese entonces, por primera vez la Constitución, como si ese acto dañara solo a los opositores de turno y no a toda la institucionalidad democrática.

Richter no llega a la chabacanería del pícaro, pero la está rosando. Su narrativa niega las pruebas del fraude; las ningunea, las minimiza. Hubo algunos problemas en algunas actas, lo que no afecta en gran medida a los resultados, dicen los masistas. Es como si un violador dijera: “Solo metí la puntita, no hice gran daño”. Es que no se trata del volumen de fraude, sino de los resultados del fraude. Lo que buscaba el MAS era llegar a la diferencia del 10% y esas actas en las que hubo irregularidades, pudieron haber generado esos decimales porcentuales que Evo requería para saciar su ego y quedarse en el palacio.

Fiel a su estilo, el MAS, a través de su vocero, quiere imponer una narrativa; peor aún, quiere imponer la idea de que no se trata de una narrativa, como si eso tuviese sentido.

 

 

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