Dictadura en Chile

Viaje al infierno

Australia extraditará a la exagente de la DINA, Adriana Rivas González, por su participación en el secuestro agravado de siete chilenos.
domingo, 4 de julio de 2021 · 05:00

Odette Magnet
Periodista y escritora chilena

En innumerables ocasiones se detuvieron frente a esa mujer altiva, de piel de mármol, con la vista vendada y el corazón frío. Su figura ubicada en los pasillos de los tribunales, muda y solitaria. La acecharon, la maldijeron, le rogaron como a esos santos de los altares cristianos. Si hubiesen podido, le habrían prendido velas y prometido mandas.  Ya habían perdido la cuenta del número de huelgas de hambre, las protestas en las calles, las horas interminables en los tribunales, los recursos de amparo. La angustia, el dolor, la solidaridad de unos, la indiferencia de otros. 

El miércoles 23, la balanza de la justicia se inclinó levemente, como si hubiese sido un milagro, hacía el lado de las víctimas y no los victimarios. 

Una corte federal de Australia decidía extraditar a la exagente de la policía secreta de Pinochet, DINA, Adriana Rivas González (conocida como La Chani) por su participación en el secuestro agravado de siete chilenos –seis hombres y una mujer– todos altos dirigentes en la clandestinidad del Partido Comunista chileno.

Conocido como Calle Conferencia II, el caso encierra la historia más siniestra entre las múltiples violaciones a los derechos humanos durante la dictadura. 

Las víctimas –Víctor Díaz, Fernando Ortiz, Fernando Navarro, Lincoyán Berríos, Horacio Cepeda, Héctor Véliz y Reinalda Pereira– fueron secuestradas, en mayo y diciembre de 1976, por agentes de la DINA, agrupados en la llamada Brigada Lautaro, y conducidos al cuartel Simón Bolívar. Nadie salió vivo de ahí. Entraron al infierno y nunca regresaron.

Rivas (68), con prisión preventiva en Sídney desde febrero de 2019, escuchó por teleconferencia el dictamen de la jueza Wendy Abraham. En Chile, las familias de las víctimas señalaron, con emoción, que “Australia ha enviado una señal al mundo: los derechos humanos deben ser respetados y los criminales deben enfrentar la justica y dar cuenta por sus actos”. 

El abogado Francisco Ugás, que representa a estas familias, dice que el fallo “es un mensaje muy claro para los criminales de lesa humanidad, diciéndoles a éstos que serán perseguidos en donde se encuentren, y pese al transcurso del tiempo, para su posterior juzgamiento y sanción.” En Chile, Rivas arriesga una pena entre diez años y un día hasta presidio perpetuo.

Un acta del Ministerio del Interior chileno, citada en el fallo, establece que “es importante resaltar la crueldad de los crímenes” cometidos en el recinto. “Los presos fueron abandonados en mazmorras en muy malas condiciones de salud; fueron interrogados bajo tortura aplicando corriente eléctrica en diferentes partes del cuerpo”.

Una vez concluidos los interrogatorios, y después de haber tomado la decisión de matar a los detenidos, Gloria Calderón, la enfermera del cuartel, los remataba con una inyección de lo que se cree podría ver sido cianuro. Posteriormente, las víctimas eran asfixiadas con bolsas plásticas y hechas desaparecer.  El tiempo promedio de los detenidos allí era una semana, máximo dos. 

El cuartel era un recinto pequeño, una casa de un piso con tres piezas, un gimnasio, dos vestidores que se utilizaban para interrogatorios y como celdas, una cafetería, una piscina y una pequeña granja invernadero. 

Se cayó en la barbarie profunda. Usaron técnicas para la preparación del gas sarín. Un equipo de médicos verificaba el estado de salud de los presos para decidir si aún podían soportar la tortura. Los cadáveres fueron quemados en sus huellas dactilares y la cara con un soplete de soldadura dentro de la piscina vacía. Luego, los cuerpos eran puestos dentro de sacos, con cables amarrados a la altura del estómago. 

Han pasado 45 años.

“Nunca duele menos”, dice María Luisa, hija de Fernando Ortiz, un profesor universitario que tenía 54 años cuando lo secuestraron en una calle de Santiago. “Pero una aprende a seguir la vida con ese dolor, que no es solo la ausencia, el horror, la experiencia de la injusticia, el ocultamiento. También está el dolor de la impunidad social, de lo que no se quiere hablar y mientras no se habla sigue estando ahí”, acota.

Adriana Rivas tenía poco más de 20 años cuando ingresó a la DINA. Fue secretaria personal del general Manuel Contreras (jefe de la DINA, sentenciado a 289 años de prisión por secuestro, tortura y asesinato). Se integró a la Brigada Lautaro desde su fundación en 1974.

La exagente ha negado en forma insistente ser miembro de la brigada, y aseguró que sólo desempeñó “funciones de secretaría y administración”. Sin embargo,  fugó a Australia en 1978 y allí se radicó. Allá se empleó como niñera  en casas particulares en Bondi, un suburbio costero de Sydney. No tardó en integrarse a un equipo de fútbol y era cliente asidua de una panadería administrada por chilenos. 

Como lo había hecho muchas veces desde su partida, regresó a su patria en 2006. Pero esta vez no sólo la esperaba su familia. Fue arrestada para ser interrogada en relación a su trabajo en la DINA.  Procesada en febrero de 2007 por su participación en la muerte de Víctor Díaz, estuvo casi tres meses con prisión preventiva. Posteriormente se le otorgaría la libertad condicional, con orden de arraigo.

Mientras Rivas estaba en Chile, Jorgelino Vergara fue arrestado e inculpado por el asesinato de Díaz. Se le conocía como “el mocito” dentro del cuartel de Simón Bolívar. Servía café, bebidas a los agentes, pero también llevaba la comida a los prisioneros. En el 2010, aceptó colaborar y contar todo lo que allí había visto. La información que entregó era espeluznante.  

En su larga declaración mencionó a Rivas y dijo que dentro de la Brigada Lautaro “Adriana era agente y realizaba acciones operativas (…) También me gustaría dejar constancia de que las mujeres en la sede estaban disfrazadas de secretarias, pero todas eran agentes operativas”. Según su testimonio, La Chani participaba en la tortura de los prisioneros. “Les pegaba con palos, los pateaba, los golpeaba y les aplicaba corriente eléctrica”, dijo para un documental de televisión. 

Ese mismo año, Rivas se fugaría y, vía Argentina, regresaría a Australia. En una entrevista concedida el 2013 a la radio SBS de ese país, Rivas recordó con nostalgia su experiencia en la DINA.  “Esos años fueron los mejores de mi juventud. No me arrepiento porque para mí era un trabajo, una oportunidad para sobrevivir”.
 

 

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

16
3