La columna rota

El túnel que transitamos

Arce y Choquehuanca no gobiernan, no ordenan, no planifican, no tienen estrategia; viven en una dimensión paralela, dice la autora.
domingo, 1 de agosto de 2021 · 05:00

 Ana Rosa López Villegas
Comunicadora social

Veo salir en hombros y entre vítores al ministro de salud, Jeyson Auza, después del acto de interpelación al que se sometió en el Legislativo en los últimos días y siento que las ganas de despotricar y reventar de bronca se me acaban. La indignación ya no alcanza y el sentido común tampoco provee entendimiento para digerir lo ocurre en nuestro país de las maravillas. La vergüenza está tan gastada que apenas sirve para cubrirnos la cara y sentir pena por el despojo moral en el que se ha convertido la política en Bolivia.

La interpelación, según la definen los expertos, es una práctica de control político legítimamente democrática dentro de un estado social y democrático de derecho, es decir un estado en serio, que práctica la democracia y no la finge, que respeta las libertades y no las atropella, que administra justicia y no se pavonea en el abuso de poder descarado. Se trata de un acto en el que la responsabilidad política de un ministro se encuentra bajo la lupa, en tela de juicio debido a denuncias de incumplimiento o mal cumplimiento de sus deberes. 

Pero en el caso de Bolivia y del ministro Auza, la interpelación parece haberse convertido en una especie de concurso en el que el ganador tiene que salir en calidad de héroe recibiendo los aplausos de sus seguidores que no son otros que los mismos funcionarios del ministerio y de otras instancias de salud pública, varios de estos empleados estatales viven bajo humillación y ultraje permanente de su libertad de decisión y de expresión. ¡Qué pobreza de institucionalidad política vivimos! El masismo no ha dejado sus malas prácticas, las ha empeorado y sigue con empeño un modelo mediocre e incompetente de gobierno.  

¡Qué gran enseñanza sobre apología de la ineptitud que le están heredando a las nuevas generaciones! ¡Qué farsa la del gobierno que pretende hacer creer al pueblo que la salud de los bolivianos está garantizada en tiempos de crisis sanitaria! 

Que Auza salga como estrella de rock tras una interpelación es una bofetada tremenda al dolor de las familias de cientos y miles de bolivianos que siguen peregrinando por los hospitales del país en busca de atención médica, de oxígeno, de unidades de terapia intensiva y de medicamentos; es un insulto soez para quienes siguen esperando la segunda dosis de una vacuna que nunca llega; es una patada para las personas que tienen que enterrar a sus seres queridos porque han perdido la batalla contra el virus. ¿Qué decir del valeroso personal de salud de todo el país? 

Mientras Auza cabalga su mentira e incapacidad operativa, médicos, enfermeras, camilleros y muchos otros pierden la vida en la primera línea de batalla, carecen de los insumos básicos y necesarios para desarrollar su labor y dejan huérfanos, viudas y familias incompletas que no recibirán ninguna ayuda del gobierno. Para ellos no hay bonos solo la apatía de un régimen absolutamente desequilibrado y enajenado de la realidad que le rodea.

Luis Arce y David Choquehuanca no gobiernan, no ordenan, no planifican, no tienen estrategia. Los mandatarios viven en una dimensión paralela en la que es más importante gritar en favor de la dictadura cubana y nicaragüense. Viven en un bucle infinito y psicótico en el que se repite la palabra golpe y gobierno de facto con una obsesión enfermiza. ¿Qué hay del futuro? ¿Cuándo se va a acabar el odio y la sed de venganza? ¿Hasta cuándo van a perseguir fantasmas y embanderar como panfletos de guerra a las masacres de Sacaba en Senkata? 

No quieren justicia, porque el que a la justicia apela cumple las normas impuestas, las respeta, las valora y las aplica por igual a todos los ciudadanos. Tan insoportable les resulta reconocer la verdad de lo que vivimos en el 2019 que no cesan en su afán de mostrar como trofeos de guerra a los militares y civiles detenidos y acusados por el caso de un golpe de estado que jamás existió.   

Nada les importa que la expresidenta transitoria y constitucional de Bolivia, Jeanine Añez suplique por su vida y su salud desde su injusto encierro en una cárcel paceña, ese dolor alimenta su veneno y aviva la saña con la que se estrellan en contra de sus supuestos enemigos. ¿Qué decir del jovenzuelo Del Castillo al que le falta muy poco para ver hombrecillos verdes que vienen armados desde el imperio norteamericano a acabar con el gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS)? Quedó en ridículo acusando al mismismo expresidente de  Estados Unidos, Donald Trump del supuesto golpe.

Que el viceministro de régimen interior, Nelson Cox asegure sin ruborizarse que no puede haber presunción de inocencia en el caso de los miembros de la Resistencia Juvenil Cochala (RJC) porque se trata de “delincuentes y criminales” es sobre todo una amenaza a toda la población, una intimidación de la que nadie nos salva porque la justicia, así como el poder electoral y las Fuerzas Armadas y la Policía han sido cooptadas por el régimen masista.

Que el canciller boliviano, Rogelio Mayta, muestre sin temblores una carta falseada para incriminar al excomandante de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB), Jorge Terceros y por ende al “diabólico” gobierno transitorio de Añez, termina por hacernos ver que hay más sombras que luces en el túnel que nos toca transitar. 

Sí, a veces siento que las ganas de despotricar y reventar de bronca se me acaban, pero no hay que callar, porque las palabras quedan y serán en el futuro parte de la historia que los nuevos bolivianos tendrán que aprender para evitar repetirla a toda costa.

 

 

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