La muerte masiva de abejas en Santa Cruz

domingo, 15 de agosto de 2021 · 05:00

José Luis Saavedra
Profesor de Teoría y Política Poscolonial
 

El pasado  27 de mayo nos enteramos que han muerto abejas de más de 400 colmenas (70.000 abejas por colmena en producción hacen un total de 28 millones   muertas), instaladas en terrenos próximos a Río Grande, una región situada al sureste del municipio de San Julián, en la provincia Ñuflo de Chávez, en el departamento de Santa Cruz. Inmediatamente después, el problema ha ido escalando y el número de colmenas afectadas subió de 400 hasta al menos 973.

Todavía hoy se discute qué es lo que ha afectado tan letalmente a las abejas y cuál es la causa de su muerte masiva. Aún se desconoce cuál es la sustancia diseminada que las eliminó a y –por si fuera poco–  los “expertos” nos dicen que no se puede determinar (“no podemos detectar”) qué es lo que las mató y hasta la fecha tampoco hay informe oficial.

El resultado del análisis de laboratorio no es concluyente y tampoco ha podido identificar el químico (sustancia contaminante) o plaguicida (veneno) que mató a las abejas. Tontamente (sospecho que nos ocultan información) nos dicen que “se observa una molécula (no identificable) presente en las muestras” y nos hablan de “un compuesto químico no identificado” presente en las áreas afectadas. 

Aquí hay, entre varios otros, un problema central, además de los protocolos de respuesta (en tiempo correcto) inexistentes, y es el tiempo transcurrido entre el incidente de la muerte de las abejas y la recolección de muestras (de residuos de agroquímicos o insecticidas) durante el levantamiento de información en campo. La muerte de las abejas fue advertida por los apicultores la mañana del 27 de mayo y, casi un mes después, recién se inició la inspección por parte de las autoridades a las zonas dañadas.

El tiempo que pasó entre el incidente y la toma de muestras pudo haber llevado a la degradación (enzimática) del plaguicida.

Nuestra hipótesis de trabajo –acerca de la causa de la muerte masiva de estos insectos– comprende una causalidad extrínseca y otra intrínseca. Entre las causalidades extrínsecas está el modelo económico productivo actual, prohijado por el régimen masista, de carácter radicalmente extractivista y el consiguiente uso de ingentes cantidades de agrotóxicos (cfr. “El apetito por los agroquímicos creció 471% en 20 años”, Revista Nómadas, 20 julio 2021), que están matando a las abejas y afectando severamente a los productores de miel.

Hablamos por ende del boyante negocio de los agroquímicos y de la severa afectación socio ambiental producida por los agroquímicos, que no sólo daña a las abejas sino también a otras especies importantes, provocando gravísimos desequilibrios ecosistémicos, severas contaminaciones de acuíferos, reducciones de polinizadores, deterioros a la cadena (seguridad) alimentaria, etcétera.

Entre las causalidades intrínsecas está que las abejas han muerto por envenenamiento y por efecto del uso abusivo de agroquímicos, es decir de sustancias contaminantes o tóxicas presentes en las fumigaciones. ¿Cómo opera el proceso de envenenamiento?, fundamentalmente por los insecticidas que son aplicados sobre las plantas y que alcanzan a las flores donde liban las abejas.

Planteamos, pues, que las abejas han sido envenenadas por los insecticidas neonicotinoides, que, como bien dice Roger Caravajal, “son los  responsables de la muerte de las abejas”. Aquí y en varias partes del mundo, los efectos y los impactos de los neonicotinoides sobre las abejas son letales: mortíferos y deletéreos. Consideramos por tanto que la causa del masivo envenenamiento de las abejas es el efecto letal de los agrotóxicos.

Consecuentemente, la muerte masiva de las abejas ha sido causada por el uso excesivo de plaguicidas y herbicidas y la resultante fumigación con químicos tóxicos. Las abejas han muerto pues envenenadas por los químicos utilizados en la fumigación de campos de trigo y maíz transgénicos (monocultivos). Consideramos por tanto que el uso de agroquímicos (por los productores agrícolas de la región) envenenó la flora y con ello causó la muerte masiva de las abejas que recogen el polen.

Esta evidencia se refuerza con el hecho que, en los terrenos colindantes a los apiarios, existen varios cultivos de maíz y trigo. Hay pues evidencia de que se fumigó con productos tóxicos, como compuestos organofosforados u organoclorados, que se utilizan para combatir cierto tipo de gusanos.

En general, los agroquímicos y los usos indiscriminados de pesticidas afectan/dañan tanto a las colmenas, o apiarios, como también al medioambiente y a la producción, además de generar graves contaminaciones en los suelos y –lo más importante– en las fuentes de agua. Los monocultivos, que están cargados de fumigaciones, no son pues compatibles con las áreas de apicultura, ni con los sistemas de producción biológica y menos con el conjunto de la biodiversidad. 

¿Qué hacer para que no sigan muriendo las abejas? en lo inmediato, identificar el veneno (sus principios o ingredientes activos), evitar que continúe presente en las fumigaciones e impedir mayores afectaciones (efectos e impactos toxicológicos). ¿Cómo? Trabajar en más y mejores regulaciones ambientales, tanto para no afectar como para disminuir la afectación que tienen los apicultores.

También hace falta concretar políticas de alerta temprana y respuesta oportuna a los problemas de contaminación; de manera que, ante la sola sospecha de posibles afectaciones, detectarlas, hacer evaluaciones y monitoreos, tomar muestras y remitirlas al laboratorio.

Y convendría precisar claramente los protocolos de quién, cómo y cuándo tomar las muestras, de manera que se pueda actuar no sólo cuando hay reportes de mortandad, sino también hacerlo de manera preventiva. Se trata pues no sólo de actuar sobre los efectos, remediar desastres, como los reportes de mortandad masiva, sino más bien de prevenirlos y de la manera más oportuna posible.

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