Colonización

¿Se puede combatir la historia?

Toda institución o ideología, además de su práctica sobre la realidad, siempre tiene un sustento en un proyecto político del pasado o, incluso, su repetición.
domingo, 22 de agosto de 2021 · 05:00

Existe una obsesión contra el pasado. Las noticias observan la destrucción de monumentos, en su gran mayoría, que representan a la colonia y el proceso de colonización en diferentes partes de América por grupos partidarios ideológicos. Sin embargo, ¿es posible enfrentarse a la historia? El pasado, al ser determinado por un momento temporal, es revivido por medio de la narrativa y la investigación; además, depende de monumentos, de imágenes y de símbolos para expresar su presencia en un periodo actual. Por ende, existe eso que llamamos patrimonio, que cuida el pasado para su preservación en la memoria.

Cada proceso que enmarque un avance de un nuevo proyecto político o intelectual es parte del propio proceso histórico, que se genera por voluntades sociales y humanas. Así llegó a su final el periodo de monarquías o el periodo de las colonias, y así llegaran a un punto de quiebre el resto de proyecto políticos que se realizan en la actualidad. Muchas veces por el desgaste mismo de una idea y el surgimiento de otra nueva que se imponga. Pero, como lo aclara la historiadora Macmillan, toda institución o ideología, además de su práctica sobre la realidad, siempre tiene un sustento en un proyecto político del pasado o, incluso, su repetición.

Derribar una estatua o un monumento que representa una imagen en particular (Cristóbal Colón-colonización) parece ser la manera más explícita y visible del enfrentamiento contra el pasado y el rechazo de la historia. Pero la negación del pasado no es un fenómeno nuevo ni mucho menos específico de nuestra región, sucede en otros países y se mantienen en la opinión pública por medio del discurso político partidario (parte de la legitimidad de un proyecto político se sostiene exponiendo un pasado degradante).

Adorno lo explica de la siguiente manera:  “Se tiene la voluntad de liberarse del pasado: con razón, porque bajo su sombra no es posible vivir, y porque cuando la culpa y la violencia sólo pueden ser pagadas con nueva culpa y nueva violencia, el terror no tiene fin; sin razón, porque el pasado del que querría huir aún está sumamente vivo”.

Pero la historia no solo está relacionada con el concepto de pasado. El presente también tiene mucho de historia por medio del contexto y los acontecimientos. Hayden White denomina “evento” a ese suceso, muchas veces extraordinario, que mantiene su atemporalidad en el tiempo y se queda como histórico. Combatir la historia presente igual es una constante generacional. Durante los conflictos políticos de octubre y noviembre del 2019 en Bolivia o durante los inicios de la cuarentena por la covid, en redes sociales se observaba el meme “ya no quiero ser parte de la historia”.

Esto se debe a que lo histórico, al ser un evento extraordinario, rompe con el sentido de cotidianidad, una categoría utilizada por la escritora e investigadora argentina, Mariana Caviglia. Lo cotidiano es lo que ya se da por hecho y rutinario, lo que mantiene cierta tranquilidad y regularidad. Sin embargo, tal parece que la historia, con el evento, destroza lo cotidiano para volverse en un tema atemporal y de análisis: un fenómeno histórico. Por ejemplo, en una cotidianidad democrática que tiene décadas de existencia política, la dictadura es un quiebre de la regularidad y llama la atención.

De la misma manera, la crisis política de octubre-noviembre llegó con una serie de acontecimientos, enfrentamientos, bloqueos, cierre de discotecas y colegios que generaron inestabilidad y desconcierto en la sociedad. La pandemia fue mucho más allá, dando un giro de 180 grados la realidad presencial, cambiándola por la virtual, el encierro y las medidas de bioseguridad.

Este enfrentamiento en tiempo presente de la historia y los sucesos actuales, nos dan una relación importante de analizar: la historia es violenta e incómoda. Si bien se pueden encontrar muchos sucesos actuales de un valor más optimista (avances en el área de salud o políticas públicas inclusivas), estos son más fácilmente dejados atrás porque no afectan a la cotidianidad ni generan preocupación, o adaptar a su cotidianidad de manera sencilla proyectos políticos con la llegada de un nuevo presidente o ideología al poder, que en una primera instancia no afectan lo suficiente a la sociedad hasta que realizan una acción preocupante.

Pero el presente es en sí el único momento en el que  la historia es conflictuada. Para el presente político, el pasado es una mina de oro que puede utilizar para usarla con beneficios a futuro. El sostén de las utopías políticas. Por ende, los enfrentamientos con la historia no solo se desarrollan bajo las marcas e intentos de derribo de los monumentos o patrimonios, que son su más palpable representación y expresión. La lucha histórica existe y se fomenta más por la política y la ideología partidaria. Macmillan se pregunta ¿a quién pertenece la historia? Muchos líderes políticos tienden a compararse con personajes del pasado, ya sea en tanto ethos (representación positiva de uno) o alteridad (presentación negativa del otro), dándole a la historia un valor moral dicotómico entre el bien y el mal, a los acontecimientos remotos, lo que Febvre denominó “historia-manual”, el pasado con función aleccionadora.

Enfrentar la historia es una constante, pero ¿quién termina beneficiándose? Ahí la interrogante.

José Luis Durán P. Analista social

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