Sobre héroes y villanos… A 50 años del golpe militar de 1971

Apuntes a una historia que debería reescribirse sin proselitismos. La democracia no era lo que estaba en discusión en Bolivia en agosto de 1971.
domingo, 22 de agosto de 2021 · 05:00

Mi generación, con este apelativo me refiero a los que tuvimos la suerte de nacer a finales de los años 70, principios de los años 80 del siglo pasado, puede considerarse la primera en nuestro país que tuvo la oportunidad de empezar su escolarización en el recién inaugurado sistema democrático.

Nosotros cursamos la escuela protegidos y en muchos casos ajenos al conflicto que había marcado, en todo sentido, la vida de nuestros padres y abuelos desde la revolución de 1952.

Un conflicto político que durante décadas polarizó el país y que nosotros apenas empezamos a entender al mismo tiempo que a olvidar en las elecciones de 1989. Elecciones que muchos reconocen como un hito en la conciencia de esa generación en formación, sumamente influenciada por los procesos de recuperación de la memoria reciente que vivían países vecinos como la Argentina, acompañados por una destacable producción artística y cultural.

También un desencanto, pues el Acuerdo Patriótico incurría en una contradicción fundamental al discurso oficial de quienes narraban los hechos acontecidos en las dictaduras militares en plena transición democrática.

Un discurso que hasta ese momento había hecho una diferencia, incluso ética, entre los distintos protagonistas y que se había esforzado por dejar muy claro quiénes habían sido los malos de la película.  Por supuesto los militares. Por supuesto el entonces coronel Hugo Banzer Suárez, que en ese relato fue un pionero de la Doctrina de Seguridad Nacional del Gobierno de  Estados Unidos en Sudamérica. Poco se ha hablado de la participación civil local en el golpe de Estado de agosto de 1971.

¿Necesitábamos a los gringos?

No es descabellado pensar que no. En retrospectiva, desde la perspectiva que podemos tener de los hechos en 2021, me parece un hecho que ya el gobierno de la revolución nacional fue un aliado incondicional de Estados Unidos en su lucha contra el comunismo, mucho antes de que existiera el Plan Cóndor, y por convicción.

En declaraciones al diario argentino la Nación, el 6 de mayo de 1952, Wálter Guevara Arze en su calidad de ministro de Relaciones Exteriores dice: “La lucha del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) contra el comunismo es la única que puede ser eficaz en Bolivia, porque al mismo tiempo que mi partido luchaba frente a los gobiernos oligárquicos, enfrentaba a los comunistas en su propio terreno sindical”.

La propuesta del MNR es nacionalista en un entendimiento del término que apenas se distingue del de la Falange Nacionalista Boliviana, su acérrimo enemigo, en su concepción de gobierno y sobre todo en hábitos políticos cotidianos. Tampoco la Falange representaba en los hechos los intereses de la oligarquía, tanto como los de la clase media empobrecida después de la Guerra del Chaco. Era un movimiento estudiantil, muy fuerte en los colegios secundarios y en las universidades del país hasta finales de los años 60. Marcado por el romanticismo casi lírico de su fundador, don Óscar Únzaga de la Vega, figura que en muchos sentidos ha quedado excluida de la historia oficial.

No es de extrañar entonces que figuras determinantes del MNR como Guillermo Bedregal y de la izquierda boliviana en general, como Wálter Vásquez Michel, después cofundador del Partido Socialista 1 (PS-1), empezaran su vida política en las filas de la Falange, por difícil de creer que nos parezca ahora, después de más de 60 años de propaganda revolucionaria.

Aunque el apoyo norteamericano al golpe de Estado de 1971 es innegable, lo cierto es que la “amenaza comunista” a la nación se constituye en un factor aglutinante, al punto que tanto la Falange como el MNR deciden olvidar sus diferencias irreconciliables y apoyar al entonces coronel Banzer, para formar con él un gobierno civil-militar hasta 1974, año en el que Banzer decide romper con sus socios, por distintas razones y envía nuevamente al exilio a Víctor Paz Estenssoro.

Los peores años de la represión, con Selich como ministro del Interior, ocurren con la complicidad de las clases medias y los mandos de la revolución nacional que se repartieron los ministerios. Esa ruptura con los partidos políticos tradicionales  también marca el declive de la dictadura banzerista.

“Las Camisas Blancas nunca fueron paramilitares”

Esta es una afirmación categórica de  Óscar Kellenberger, escritor, intelectual y testigo presencial de aquellos días agitados de agosto 1971. En muchos libros y textos que narran los sucesos acontecidos en el golpe desde la perspectiva de la izquierda, las Camisas Blancas son parte armada del levantamiento en las ciudades capitales del país. Ahí está el destacado protagonismo de líderes falangistas como Carlos Valverde Barbery en la toma de Santa Cruz el 19 de agosto de 1971.

Esos grupos de las juventudes de la Falange estaban activos desde 1956 y hasta finales de los años 60 fueron muy importantes en las dirigencias universitarias en las ciudades, no solo en Santa Cruz. En su libro: Ideología y Mito (Los orígenes del fascismo en Bolivia), de 1978, Marcos Domich los reconoce fascistas y paramilitares.

Es difícil encontrar un punto medio entre análisis y testimonios tan disímiles, pero es posible que la versión de Kellenberger tampoco esté tan alejada de la realidad. En su recuerdo de la militancia no se destaca particularmente ningún tipo de formación militar y, sobre todo, recalca que el MNR durante todo el tiempo, sí tuvo milicias armadas. Es decir, grupos paramilitares que participaron en  la represión y el control político activamente en los gobiernos revolucionarios, que fueron por lo menos igual de sangrientos.

Curiosamente, si hablamos de la participación de civiles y grupos organizados, en el caso de La Paz, antes que las Camisas Blancas, son Los Marqueses los que tuvieron el protagonismo, un grupo de motoqueros con más de mil integrantes en ese momento, sin filiación política y a sueldo de los golpistas del momento.

Tanto Selich como Valverde Barbery fueron por breves periodos de tiempo ministros de la dictadura. El primero del Interior, como dijimos anteriormente, y el segundo de Salud. Ambos protagonizaron, tras su ruptura con Banzer, dos de los intentos más serios de derrocar al dictador. El caso de Selich es tal vez el más sonado, pues fue asesinado por el banzerismo en mayo de 1973 y muchos falangistas conspiradores a partir de entonces fueron perseguidos.

Algo semejante ocurrió con los movimientistas conspiradores a partir del Tarapacazo, el intento de Paz Estenssoro y Ciro Humboldt, también ministro de los primeros años de la dictadura, de derrocar a Banzer en 1974, según el periodista Ricardo Sanjinés Ávila, autor de la biografía más completa que tenemos de Únzaga de la Vega, líder histórico de la Falange. Intentona de golpe en la que también participó Jaime Paz Zamora.

Tampoco era chairo

Si bien es cierto que muchos de los líderes estudiantiles y líderes de izquierda de aquella época tuvieron luego un rol determinante en la recuperación de la democracia, es el caso de Óscar Eid, de Jaime Paz, del MIR en pleno, la verdad es que no perseguían esos ideales a principios de la década de los 70.

A principios de los años 70 el movimiento estudiantil, fuertemente influenciado por la guerrilla del Che Guevara, en su mayoría radicalizado, apoyaba la violencia y la lucha armada para llegar al poder y exigían medidas más radicales del entonces presidente y también dictador Juan José Torres.

Una posición que, por otra parte, se distanciaba mucho de la de sus padres y abuelos que, más allá de si eran de derecha o izquierda, eran sobre todas las cosas nacionalistas y no aceptaron ni apoyaron, ni si quiera el Partido Comunista, la intromisión extranjera implícita en el movimiento guerrillero guevarista.

En palabras de Gonzalo Paz, escritor y testigo presencial de los días del golpe en La Paz, “puede hablarse de una ruptura generacional importante”. Semejante a la que pocos años antes había provocado en ciudades como París, mayo del 68.

Ese era el espíritu, aunque mucho más radical que en las ciudades europeas, donde el movimiento de estudiantes, en pleno contexto de la Guerra Fría, buscaba ampliar los derechos civiles de los ciudadanos en sistemas democráticos que todavía imponían valores conservadores. Aquí la presión de la izquierda sobre el gobierno de Torres para que radicalice sus medidas de transformación del país en aras de alcanzar el socialismo a la comunista, fueron enormes y provocaron el temor popular, también el caos y la inseguridad económica, en un país que atravesaba un momento de vacas flacas.

No podemos desconocer que Banzer llegó al poder en 1971, no solo con el apoyo de los partidos políticos tradicionales más grandes, de izquierda a derecha, sino también con un amplio apoyo popular, que apostó por la estabilidad de su “Orden, paz y trabajo”.

Muy al margen de hasta dónde pudo haber interferido la embajada norteamericana, el pueblo boliviano en su mayoría, depositó su confianza en el entonces dictador Hugo Banzer Suárez y no dejó de hacerlo en los años posteriores.

Incluso después del sonado asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz, que lo salvó del juicio de responsabilidades iniciado en su contra por los partidos de izquierda en 1980, Hugo Banzer ganó las elecciones en dos ocasiones; las de 1985 después del fallido gobierno de la UDP, y las de 1997, en las que pudo cumplir su deseo de convertirse en presidente democrático de la república.

Réquiem para una generación

La mayoría de los que ahora empezamos a ser cuarentones, apenas tiene memoria del gobierno de la UDP, menos de las dictaduras militares. Nuestra conciencia y memoria empiezan después, con la propaganda y la división del MIR a partir de 1985, en los más precoces.

Nuestra primera infancia está marcada por el relato de la infamia, de los aviones disparando sobre los estudiantes que resistieron el avance “fascista” en Laikakota, de la persecución, la tortura y los desaparecidos. Del asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz, de los muertos de la calle Harrington y de lo que nos vendieron como la lucha por la democracia.

Poco nos contaron del “fuego amigo” que terminó con la vida de un número impreciso de militantes de izquierda. Sorprende la afirmación de Marcos Loayza, director de cine y testigo presencial de esos años: “El ELN y Banzer estaban de acuerdo con que hubiera pena de muerte en Bolivia”.

Poco nos contaron sobre las verdaderas aspiraciones de aquellos que en nombre de la izquierda también estuvieron dispuestos a tomar las armas, apostando o por la insurrección o por la Guerra Popular Prolongada, menos sobre lo lejos que esos movimientos estaban de las aspiraciones democráticas de la misma izquierda, a finales de los años 80 y principios de los 90.

Por eso en 1989 no pudimos entender la súbita alianza del MIR con la ADN, la agrupación política con la que Hugo Banzer Suárez incursionó en la vida democrática del país. Menos como la generación de nuestros padres, olvidando sus batallas, investiría a Banzer como presidente democrático de Bolivia en 1997.

Consultado Óscar Eid, líder histórico del MIR, sobre estas contradicciones y sobre si se arrepiente de haber cruzado los “ríos de sangre” en ese entonces, por la pérdida de protagonismo que significó para su alianza política, se encoge de hombros y responde textualmente: “Lo que nos sirvió para llegar al poder me sirve. La democracia me sirve”.

Él está convencido de haber hecho lo necesario para tender puentes que apuntalaron la vida democrática del país y Marcos Loayza añade que Hugo Banzer Suárez en el fondo, también tuvo una vocación democrática que fue la que en realidad garantizó el sistema. Ambos están de acuerdo en señalar que esa vocación fue la que al final de cuentas terminó con décadas de golpes militares.

Un discurso que, en 1996, cuando se cumplían 25 años del golpe de 1971, mi generación no fue capaz de digerir, menos de entender y que empujó al movimiento de jóvenes que empezaba a interesarse por la vida política en las universidades, a organizarse alrededor de grupos como Creare, construir recordando y 30 no son 30, con el fin de recuperar la memoria reciente, frente a lo que para nosotros era una traición.

Nunca cuestionamos, por ejemplo, si sabíamos a ciencia cierta cuántos muertos y víctimas tuvo el régimen. Un número que sigue siendo impreciso y que varía escandalosamente de fuente en fuente, al punto que un historiador y periodista de renombre como Carlos Mesa Gisbert en su documental Siglo XX: Paradojas de la historia no se atreve a dar cifras concretas.

Recién hoy somos conscientes que de lejos el gobierno militar de Hugo Banzer Suárez no fue ni el más sanguinario ni el más antipopular y que se exageró considerablemente el relato de las víctimas en busca de legitimidad histórica. A mi generación le queda pendiente escribir una versión de lo ocurrido más objetiva y sin fines proselitistas. La democracia no era lo que estaba en juego en Bolivia en agosto de 1971 y la izquierda de entonces, tenía el mismo entendimiento autoritario de hacer política.

“El ELN y Hugo Banzer Suárez estaban de acuerdo con que hubiera pena de muerte en Bolivia”. 

Marcos Loayza, director de cine y testigo presencial

1971 

18 de agosto, el coronel  Banzer iniciaba un golpe de Estado contra Torres.

*  Este texto fue escrito a partir de entrevistas realizadas a testigos presenciales y protagonistas de aquellos años. Quiero expresar mi más afectuoso agradecimiento a Óscar Kellenberger Zambrana, Ricardo Sanjinés Ávila, Gonzalo Paz, Óscar Eid y Marcos Loayza.

Rery Maldonado Galarza  Redactora, poeta y traductora

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