Que después no se diga...

Se debe priorizar las necesidades del país; la educación y la salud son fundamentales, pero igualmente desarrollar una economía digital.
domingo, 26 de septiembre de 2021 · 05:00

El mes pasado, el ministro de Economía afirmaba, como gran noticia, que la economía podría crecer este año en 5%. ¿Alguien debe sorprenderse de eso? La economía cayó en -10.7% el 2020, en gran parte como consecuencia de la pandemia; el 5% del ministro no haría rebotar ni la mitad de lo perdido el año pasado. Ese 5% es un espejismo, un espejismo a medias.

Pero ni esas buenas intenciones son buenas noticias. Esa proyección para la economía boliviana se anunció varias veces, hace 10, 15 o más años, cuando el contexto internacional era más normal, cuando no teníamos que recuperar de un nivel tan bajo. Claro, es que difícilmente se logrará un mayor dinamismo a la economía si su estructura  sigue siendo la misma desde hace más de un siglo:  extractiva y clientelar.

Ha sido también una triste sorpresa el lamentable anuncio del presidente Arce sobre la construcción de una segunda planta de urea. Primero porque  la actual ni siquiera funciona y es deficitaria; y segundo porque es más de lo mismo. Este gobierno no reconoce que hay una “cuarta revolución industrial”.

 En estos momentos hay que restablecer cuáles son las verdaderas necesidades del país. Indudablemente, la educación y la salud son fundamentales, pero igualmente una economía digital. Hay muchísimas cosas que se pueden hacer de una manera acelerada para potenciar la economía. Construir una “autopista digital” impulsaría la tele-educación, la tele-salud, el gobierno digital, entre otros. ¿Se acuerda el lector cómo el mundo creció en la década de los 90 gracias a la productividad generada por  internet y las empresas “dot com”? El gobierno tiene que cambiar de chip, de uno azul a uno transparente con ribetes tricolores.

Desde hace años hay un empobrecimiento intelectual en nuestros líderes de turno. Y esto empeorará y se hará masivo. Nuestras universidades deben adecuarse para formar los jóvenes  que demandará el futuro, un empleo de calidad. ¿O las universidades están produciendo ejércitos de desempleados? Es más, no sólo necesitamos bolivianos que sepan dominar espacios digitales en todos los sectores, que sepan producir y manejar nuevas tecnologías y apoyar con servicio a las mismas.

También necesitamos gente con visión de futuro, nuevas generaciones que sepan el real significado, y que valoren la crítica importancia para nuestro desarrollo, del cumplimiento de las leyes, la transparencia, la solidaridad, la unión nacional, entre otros.

Aprovechemos los próximos cinco años, que podrían ser de altos precios internacionales, para transformar Bolivia como no lo hicimos en los años de Evo. No nos conformemos solamente en una tasa de crecimiento “x”, o con la tasa más alta de la región. El propósito de una economía es mejorar la vida de las personas. Seamos imaginativos sin inventar la pólvora necesariamente. Que se hagan realidad los grandes anhelos de este gobierno, de equidad, de crecimiento productivo, y de inclusión. Pero eso solamente se puede lograr con un gran liderazgo. 

Cada uno de nosotros podremos tener una posición de izquierda o de derecha. Como seres humanos libres y pensantes que somos, tenemos el derecho de pensar diferente. No estamos, viviendo, aunque algunos quieran, en un sistema marxista-leninista que no ha sido concebido nunca para aceptar la libertad de expresión. Hasta ahora no comprendemos que la libertad, piedra angular de la democracia, es el juego de distintas opiniones.

Y luego esa misma gente dice que vivimos en democracia. Ni en los canales de la institucionalidad formal se ejercita una democracia plena. Es más, pareciera que inclusive se han cerrado los espacios del debate político.

Necesitamos un liderazgo político que trace una visión de unión y de prosperidad para todos. Sí, para todos, para la mayoría y para la minoría. Bolivia no necesita, y los bolivianos no queremos, líderes que azuzan la división, que incrustan mentiras en una palpable realidad de hechos.

Tampoco podremos salir adelante si observadores externos que se dedican al análisis de riesgo crediticio de las economías, como Standard & Poors (S&P), Moody’s, o Fitch, que solamente analizan dónde es bueno colocar inversiones. En su último informe de este año, S&P afirma que  “las debilidades institucionales, caracterizadas por un proceso centralizado de toma de decisiones, débil independencia de las instituciones, limitados pesos y contrapesos, y un panorama político polarizado, limitan la visibilidad de las políticas futuras”.

En pocas palabras, reina la incertidumbre por todo lado que se le mire, política, institucional, y económica. S&P bajó la calificación de riesgo crediticio de Bolivia el 2021 de “grado de no inversión especulativo” (BB-) a “altamente especulativa” (B+). No podemos negar estas apreciaciones porque son producto del análisis de las cifras que genera la economía boliviana, que generamos nosotros mismos. No es opinión de “la derecha”.

Entonces, claro: ¿quién invertirá en este contexto? Solamente el gobierno con altos sobreprecios, como las plantas de urea y de litio donde se gastaron $us 2 mil millones –de dinero de los bolivianos– y no se vio absolutamente ningún beneficio para los bolivianos. O países  poco transparentes como China y Rusia, que prestan o invierten en proyectos de dudosa calidad tecnológica. Mientras, hay muchas economías que ya se están recuperando porque están actuando en la manera correcta, atacando primero la pandemia para que no vuelvan a haber recaídas, e impulsando el gasto público inteligente y responsable –en infraestructura productiva– y de esa manera salir rápidamente.

Desde hace años necesitamos economistas y estrategas con visión, no cajeros que hacen lo que les dicen los que no saben, o los que saben pero que no desean el interés nacional. Desde hace años vivimos una crisis política auto generada, roída por los extremos que son los que dominan, por los caprichos personales de gente que quiere tener más poder y/o riqueza y que no son del interés de todos los bolivianos.

Y así como es autogenerada, somos nosotros los responsables y entender que sólo nosotros podemos poner soluciones. Bajemos el grado de incertidumbre, que se impongan las ideas, no las personas, que se impongan los hechos y los datos, no la mentira, el invento o el cinismo. Que no se eche la culpa después al imperio, a la oposición, o a la OEA.

 

Oscar Antezana Malpartida / Economista

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