La ética de los cuidados de la vida

domingo, 9 de enero de 2022 · 05:00

Raiza Zeballos

Ante el derecho que tenemos las mujeres de decidir sobre nuestros cuerpos, grupos y personas que se hacen llamar “provida” argumentan que cuando una mujer aborta de manera voluntaria o, como en el caso de la niña de 11 años, violada y embarazada por su abuelastro en Yapacaní, lleva adelante la ILE, se estarían violando los valores de cuidado y preservación de la vida.

Pero ¿qué se considera vida? Las respuestas son muy variadas porque dependen de la posición desde donde se emite un criterio. Por un lado, el conocimiento científico señala que la vida es un proceso involuntario guiado por la selección natural; las investigaciones determinan cómo sucede el inicio y el término de esa vida, así lo indica María Victoria Roque Sánchez, en su libro “Equívocos en torno a los conceptos de vida y calidad de vida”. Por otro lado, las iglesias históricamente señalan que el inicio y término de la vida es producto de la obra y voluntad divina.

Sin embargo, la vida humana no puede centrarse solo en estas posturas, porque existen otras dimensiones. Atribuir el concepto vida a una mera cuestión biológica o religiosa resulta deshumanizante y antiético, ya que no solamente se debe tomar en cuenta el cómo se da la vida, sino el por qué, es decir, el sentido de esa vida.

La búsqueda del sentido de vida debe ser vivido por todas las personas, más aún durante el crecimiento. Para una niña de 11 años existen numerosas alternativas que probar para consolidar su identidad. Esto implica que varias dimensiones -social, psíquica o emocional- entran en conflicto para que, después de algunos años, pueda definirse la estructura de su personalidad, es decir, alcanzar la madurez necesaria para la adaptación y manejo independiente en la sociedad. Un estudio realizado a 290 adolescentes en Colombia, dirigido por la psicóloga Yenny Salamanca Camargo, da cuenta de que, cuando no llega a definirse este sentido de vida en la adolescencia, puede presentarse frustración y desajuste emocional en la vida adulta.

Entonces, cuidar la vida, en el caso de una niña de 11 años embarazada, no significa únicamente tener en cuenta su supuesta capacidad biológica de gestar y parir, lo que ni siquiera es real dado que, a pesar de tener la menstruación, el cuerpo de una mujer a esa edad no está preparado para la gestación y el parto. Una mujer adulta tiene el 7% de probabilidades de contraer infecciones urinarias, pero el porcentaje sube al 13 y 29 % en niñas y adolescentes; una adulta tiene el 5 % de probabilidad de sufrir hemorragias o desgarro cervical y las niñas y adolescentes el 15 %. Además, es real el riesgo de anemia, preclamsia, eclampsia o incluso cáncer de mama, de acuerdo al estudio “Morbilidad de la madre adolescente” de la médica Viviana Sáez Cantero.

En el caso de la niña de Yapacaní, los médicos indicaron que su embarazo era de alto riesgo por su edad. También tenía miedo y rechazo al embarazo, según declaraciones a los medios de funcionarias de la DNA de Yapacaní. Lo que la niña quería era interrumpir el embarazo, estudiar y seguir con su vida.

De acuerdo al estudio de Eliana Panozo en el municipio de Tupiza, las consecuencias psicológicas y sociales de un embarazo infantil o adolescente forzado, como resultado de violencia sexual, pueden ser de cinco tipos: emocional que se manifiesta con trastornos depresivos y ansiosos, estrés postraumático, conductas autolesivas y autodestructivas, ideaciones e intentos suicidas; de tipo relacional cuando la víctima presenta aislamiento, falta de interacciones sociales, desajuste en las relaciones actuales, dificultad en la crianza, problemas de conducta y adaptación social; de tipo funcional, referido a enfermedades somáticas o nerviosas, o trastornos disociativos como la falta de integración de la conciencia, la memoria, la percepción, entre otras; de tipo sexual, manifestado a través del miedo a llevar adelante una vida sexual o de mantener actividad sexual disfuncional e insatisfactoria. Por último, están las consecuencias de tipo social, que podrían implicar abandono escolar, inestabilidad laboral o dependencia económica.

Ante todas estas consecuencias, es importante resaltar que permitir un embarazo infantil es todo lo contrario a brindar calidad de vida y calidad humana a una niña víctima de violación. Es más bien, obligarla a que renuncie a la construcción personal de su identidad y a su sentido de vida, es decir todo lo contrario a ejercer una ética de cuidado de la vida.

 

Raiza Zeballos / Integrante de Mujeres Creando

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