Nueva gestión de Da Silva

Brasil: ven a un Lula pragmático, moderado y preocupado por los conflictos en Bolivia

Analistas consideran que el próximo mandato de Lula da Silva debe ser diferente, porque las condiciones han cambiado. Lo consideran un “líder histórico de la izquierda democrática” en la región y destacan que a Brasil no le conviene un país en conflicto, como en la actualidad está Bolivia.

Ideas
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La Paz - domingo, 13 de noviembre de 2022 - 5:00

Lula da Silva gobernará un Brasil profundamente dividido, tras los resultados de las últimas elecciones, con la misión, como líder la izquierda regional según analistas, de recuperar el rol protagónico de su país en el contexto internacional y acompañando de cerca los procesos conflictivos en Bolivia, país al que verá, más que como “un cliente insatisfecho”, con la preocupación de “un hermano mayor”.

Es lo que se puede concluir de un debate que organizó el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (Ceres) para analizar, entre otros, cuál es el peso que tiene el Brasil en la economía de Bolivia y cuál será, con Lula de nuevo en el poder, su grado de su influencia política en América Latina y en el mundo.

Desde Brasil, Walter Auad Sotomayor, boliviano experto en las relaciones entre ambos países, dice que la elección de Lula representó la posibilidad de recuperar valores que habían sido sumergidos, olvidado o combatidos en los últimos cuatro años y que en última instancia representan el orgullo y el amor propio de los brasileños.

“Se puede decir que es una vuelta a la normalidad, eso supone o combate a los incendios en la Amazonia, la defensa de las tierras indígenas amenazadas por quienes desean explotar oro a cualquier precio, y además supone la recuperación de las inversiones en el campo social. Entonces, una característica central del nuevo gobierno de Lula será el reconocimiento interno de su papel como restaurador de la democracia en el país”, apunta.

Dice que el reconocimiento, primero de los presidentes del Legislativo, del Poder Judicial y del propio Tribunal Electoral ha sido muy decisivo frente a las amenazas de Bolsonaro al cuestionar los resultados de la votación. “Eso matiza ese compromiso democrático de Lula y de todo el abanico de apoyos que está recibiendo y lo obliga a observar sus dos mandatos anteriores. Habrá más cautela, eso es una verdad que ya no se puede percibir”.

“Lula ya indicó su oposición a quienes quieren eternizarse en el poder y que ya han dicho que la alternancia de gobiernos es un principio esencial de la democracia. Parece ser que hay un reconocimiento de varias izquierdas, esto es un poco difícil, parece que Lula es lo mismo que cualquier otro gobernante de izquierda y obviamente cada país es un país diferente, cada país tiene desafíos diferentes y Lula obviamente tiene los propios”, estima Sotomayor y agrega que Lula es un “restaurador de la democracia, lo que se ha visto también en el ambiente internacional, no tanto como un pulsador de la democracia, sino como un conciliador, el papel conciliador de Brasil especialmente en la región”.

Considera que Brasil ha manifestado tradicionalmente la importancia de mantener canales de diálogo y es en este sentido que debe restablecer sus relaciones con Venezuela y reabrir su embajada en Caracas y sus consulados en todo el país.

“En su primer discurso, Lula dijo al mundo que ‘Brasil está de vuelta .Brasil es demasiado grande para ser paria en el mundo”.

Lula, la corrupción y Bolivia

Eduardo Gamarra, politólogo y profesor de política y relaciones internacionales en Florida, sostiene que es importante situar a Lula en un contexto histórico. “Lula no está llegando a la política, tuvo una actuación extraordinaria en sus primeros dos gobiernos; en su primera presidencia llegó a un Brasil en crisis, su plan económico se montó sobre las reformas que había hecho Fernando Henrique Cardoso. Lula ha sido un gobernante muy pragmático, lo que no quiere decir que dejó de lado su retórica de izquierda. Para el proyecto de Brasil, Venezuela era un inconveniente muy grande porque radicalizaba posiciones”.

En su criterio, “lidió” con Bolivia de forma pragmática y entendió mejor que lo que había en Bolivia no era una nacionalización, sino un cambio de reglas.

Añade que “también hay un Lula complicado de analizar con un modelo político que incluyó un profundo proceso de corrupción que tuvo un impacto en toda la región y que culminó con cárcel para él. El famoso caso de Odebretch no es solo de Brasil, es una cola muy larga de Lula”.

Por ello, considera que el Lula que vamos a ver ahora será necesariamente diferente al que vimos en 2002 porque todo ha cambiado. “Si bien hay una tendencia en Latinoamérica global a la izquierda, son ciclos cortos y yo creo que viene ahora un cliclo fuerte de derecha en Europa y EEUU que va a condicionar el liderazgo de Lula, más allá de Brasil”.

Gamarra opina que Lula es hoy el líder histórico de la izquierda latinoamericana, “frente a un Boric con poca experiencia y frente a un Petro que aún no se consolida. Lula puede jugar un papel clave más allá de la región”.

Consultado sobre si en su relación con el país, Brasil será para Bolivia “un cliente insatisfecho (por el tema del gas), o si se comportará más bien como una especie de “hermano mayor preocupado”, Gamarra dice que para Brasil, Bolivia es tremendamente importante y tener una Bolivia convulsionada no le conviene.

“Creo que Lula va a prestar mucha atención a lo que suceda en Bolivia, será más el hermano mayor preocupado. El principal interés de Brasil, sea de Bolsonaro o de Lula, es que no hayan líos en Bolivia y no se descarrile. Lo que sucede en Bolivia hoy puede derivar en una preocupación para un Brasil que está en transición. El presidente de Brasil hasta enero sigue siendo Bolsonaro y dudo que Lula sacrifique el poco espacio que tiene ahora involucrándose en el conflicto boliviano”, añade.

Lula tendrá problemas

Al debate también fue invitado el excanciller boliviano Gustavo Fernández, quien dice que lo primero que se debe apuntar es que Brasil es un país muy polarizado, con apenas dos millones de votos de diferencia, menos de dos puntos de diferencia, lo que muestra que no es una situación muy tranquila la que se avecina.

“Con dificultades y con negociaciones, idas y vueltas, el manejo de Lula en el gobierno va a tener problemas, pero tengo la impresión de que será manejable”, dice y explica que esa situación lo lleva a que amplíe su espacio de negociación con los partidos opositores y que tenga que abrir espacios con los medios de comunicación y los empresarios.

“Su horizonte en política exterior es más amplio, porque está muy bien recibido en Occidente, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, los países de la Unión Europea reaccionaron de inmediato para cristalizar efectivamente su victoria en la segunda vuelta, lo consideran todos como un defensor de la democracia”, afirma.

Segun Fernández, “todo en el mundo ve a Lula más como un defensor de la democracia que como un líder de la izquierda radical de América Latina, cosa que no necesariamente se aprecia así en el continente, porque claramente aquí en Bolivia se lo asocia casi inmediatamente con Evo Morales.

Sobre la corrupción, el excanciller dice que durante el gobierno de Lula y Dilma fue sistémica, más que personal: “La colusión del interés político con el empresarial y eso ya no se puede repetir, no creo que Lula reproduzca ese antecedente”.

En materia económica, según Fernández la situación es complicada, pero también es administrable. “Brasil es un país que ha logrado en estos últimos meses ponerle freno a la inflación que está sacudiendo al resto del continente y al mundo, tiene posibilidades de manejarse, pero no son las condiciones del híper ciclo de las materias primas, la apreciación del dólar es un serio problema de manejo para el Brasil, los mercados de capital van a estar más cerrados, menos posibilidad de inversión y los precios de los commodites van a mostrar inestabilidad, como lo han estado mostrando estos días estos meses”.

Consultado sobre si en su próximo mandato Lula podría ser una especie de “soporte” para la gestión de Luis Arce, Fernández aclara que hay que tener cuidado en ese análisis. “Si hay algo claro, es que la izquierda radical tuvo una opción y la perdió. Ni Maduro ni Ortega son los abanderados de la izquierda y es bueno mirar lo que Lula podría hacer en ese espacio”.

Para Walter Sotomayor hay una realidad que hay que anotar y es cómo Bolivia ha tratado a Brasil “con total desprecio a la orientación de Bolsonaro; son tres años que no hay embajador de Bolivia en Brasilia y eso parece casi una ruptura de relaciones”.

“Bolivia está en falta con Brasil en ese sentido, por dar un cariz ideológico a una relación que para Bolivia es muy importante, para Brasil también, pero eso tiene que ser recíproco”.

Consultado Gamarra sobre la situación de “la derecha” en Latinoamérica, considera que no hay una derecha, sino una cantidad de derechas y el trumpismo es la que predomina, pero no se debe olvidar que hay una tendencia en el partido republicano hacia una derecha más democrática.

“El problema es serio, en el contexto de la derecha, de lograr cohesionarse y presentar una opción alternativa en países como Venezuela y Bolivia, donde las divisiones de la derecha no permiten posicionarse como una alternativa electoral, mientras haya el populismo de derecha. Esa derecha existe, pero está atomizada y atrapada en la polarización”, cierra.

“Para Brasil, Bolivia es tremendamente importante y tener una Bolivia convulsionada no le conviene, por eso creo que Lula va a prestar mucha atención a lo que suceda”.

Lula, de la perseverancia y del final del bolsonarismo

Lula da Silva es probablemente el político latinoamericano que más veces se ha presentado a una elección presidencial en las últimas cuatro décadas y, junto al dominicano Leonel Fernández, el que más elecciones competitivas ha ganado. Su edad, 77 años, hará que a partir de enero próximo sea el mayor de los presidentes de la región. Sus dos mandatos presidenciales anteriores (2002-06 y 2006-10) no solo supusieron la histórica llegada al poder de un hombre de izquierda, sino que constituyeron un periodo de avance de la democracia, de crecimiento económico y de reparto de la riqueza, con la consiguiente disminución de la desigualdad y la eliminación de importantes bolsas de pobreza.

Hace cuatro años la insólita elección de un candidato con magras cualificaciones políticas cambió el escenario político en dos direcciones marcadas por un preocupante nivel de desinstitucionalización. En primer lugar, el vencedor de los comicios, Jair Bolsonaro, puso en marcha una operación de personalización extrema y, seguidamente, cuestionó una parte fundamental del orden democrático, como es el ordenamiento electoral, que lo hizo el centro de sus diatribas y con la consiguiente erosión de la democracia.

Los comicios de Brasil han comportado ciertas similitudes en cuanto a los resultados en comparación con sus países vecinos. La más evidente supone el hecho de la alternancia política, tal como ha sucedido en todas las elecciones libres y competitivas celebradas en los últimos tres años en América Latina donde la oposición se alzó con el poder. En segundo término, tal como acaeció recientemente en Chile y en Colombia, un candidato de la izquierda llegó al poder. En tercer lugar, el gobierno tendrá que trabajar para componer una alianza que lo apoye en el Congreso, algo que también ocurre en estos dos países y a lo que se suman Costa Rica, Perú y Uruguay, que tuvieron, asimismo, comicios recientes.

No obstante, un buen número de trabajos de opinión que han sido publicados han insistido de manera obsesiva en la idea de un país radicalmente dividido, cuando el escenario es más complejo. No es solo una cuestión del avance de la denominada polarización afectiva frente a la clásica de carácter ideológico; lo que ha ocurrido debe vincularse con los efectos del presidencialismo en el que la lógica que se sigue es la de “suma cero” y el resultado es que el vencedor se lo lleva todo.

Además, en un escenario en el que solo compiten dos candidatos, la tendencia no hace sino consolidar la batalla mediática que se viene librando desde hace meses, por no decir años. Las campañas electorales centradas en candidatos afinan hoy sus estrategias en el hiperindividualismo que se enseñorea de las sociedades líquidas mediante el uso de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. La explosión de los bulos y el manejo de las cajas de resonancia que constituyen las redes sociales vacían las campañas de cualquier contenido programático.

Lula cuenta con el sostén de un partido político que fundó hace cuatro décadas y que mantiene cierta solvencia en el panorama político del país y ha gozado del apoyo de políticos tradicionales del sistema político brasileño que se sitúan en el espectro de la centro-derecha, como es el caso de su compañero de fórmula Geraldo Alckmin, del del expresidente Fernando Enrique Cardoso y de la candidata Simone Tebet.

Frente a ello, Bolsonaro ve dilapidado su capital político al quedar fuera de las instituciones y ni siquiera tiene la seguridad de contar con el partido prestado que apoyó su candidatura pero que ahora encara una gestión de sus propios activos en el ámbito legislativo y en el estadual.

La política brasileña tiene presidente, pero no líder de la oposición.


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