Turismo y modernidad

Cuando íbamos a la playa

Las vacaciones en las playas se convirtieron en mito de España durante los años 60, un espejo de la realidad sociológica, pero las modas cambian.

Ideas
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Madrid - domingo, 11 de septiembre de 2022 - 5:00

En los años 60, década del desarrollismo tras postguerra autárquica, se cimentó un mito para los españoles que accedían a la clase media: las vacaciones veraniegas en la costa mediterránea, donde no llovía. Vamos a la playa es tema pop muy conocido: y las fotografías de familias apretujadas en el Seat 600 integran la memoria afectiva. En los años 50, emigrantes solían enviar postales de Mar del Plata a sus parientes de España: “la playa de moda” escribía alguno, para convencerlos de lo bien que iban las cosas. Argentina iba por delante; y cómo se han invertido los términos.

Usos y costumbres se estandarizan, a raíz de su adopción primigenia por realeza, aristocracia y alta burguesía. Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, puso de moda los baños de mar en el pueblecito vasco de Biarritz, desde entonces devenido en sucursal lujosa y cosmopolita de París. Al otro lado de la frontera, Santander y San Sebastián, cuya bahía de la Concha parece de cuento, serían las ciudades balnearias para el veraneo de la Familia Real Española. Y Juan Carlos I optaría por Palma de Mallorca, mediterránea y menos aristocrática.

Los turistas europeos trajeron divisas y modernidad. En postal de los 60, enviada desde San Sebastián, una joven explicaba a su amiga la elección de dicho destino: una urbe tolerante, tan próxima a Francia, ideal para una chica soltera que viajara sola. Las suecas, llegadas en tropel al Mediterráneo, se convirtieron en mito erótico de los varones aspirantes a “macho ibérico”. Ello queda reflejado en esas comedias –tildadas de “españoladas”–, protagonizadas por José Luis López Vázquez, Alfredo Landa o Juanjo Menéndez, quienes mejor representaron al español medio. En la época se daba el pluriempleo; y, mientras la familia disfrutaba de las vacaciones, el marido esforzado se quedaba parte del verano en Madrid. Eran los “los Rodríguez”, dedicados a golfear, más con la imaginación que otra cosa. Las esposas se tostaban al sol para demostrar que sí habían estado en la playa, ajenas al riesgo de contraer cáncer de piel. Si no se ponían morenas, serían tomadas por mentirosas. Algo de esto –el cutis– todavía se ve en provincias. La playa era universo, donde proliferaron los “chiringuitos”, restaurantes a pie de arena.

A finales de la década del 70, el país estaba enganchado al mítico concurso televisivo del “Un, dos, tres...responda otra vez”, ideado por Chicho Ibáñez Serrador, llegado de Buenos Aires. El ganador de cada edición semanal podía aspirar, tras laberinto de pruebas, al premio que mejor reflejara los ideales de bienestar: apartamento en la playa o un auto.

En la serie de televisión Verano azul (1981) se narraban las aventuras de una pandilla integrada por niños y púberes, tanto turistas madrileños como vecinos de un pueblo periférico de la Costa del Sol. El final del verano, título de otra canción célebre, era momento triste: la vuelta al “cole”. En coincidencia con dicha fecha, el último capítulo dejaba sabor amargo: la muerte del personaje de Chanquete, viejo y entrañable marinero, mentor de aquellos infantes. Aunque fuera en la ficción, España entera quedó conmocionada; y, “Del barco de Chanquete, no nos moverán” es letra icónica.

Todos los niños ansiaban su verano azul; y muchas familias adquirieron el apartamento de rigor en la playa. La prosperidad propulsada por la integración en la entonces Comunidad Europea (1986) se sumó al desarrollismo previo. ¿Cuál fue el resultado? Un amplio destrozo paisajístico.

A medida que el país avanzaba, cierto anuncio televisivo impactó (1996): “Curro se va al Caribe”. Juan José Hidalgo comenzó su emprendimiento como taxista que transportaba emigrantes españoles a Suiza, antes de fundar el consorcio integrado por Air Europa y Viajes Halcón. Había llegado la hora de democratizar el acceso del españolito medio a las playas paradisiacas del otro lado del “charco”. Curro es diminutivo de Francisco, que denota escala social más baja que Paco. El empresario e ideólogo del modelo, apodado Pepe Aviones, es todo un personaje en República Dominicana, que ascendía en paralelo.

Las playas de Alicante atraen a muchos madrileños; y las diferencias sociales en la capital de España quedarían ancladas en el Mediterráneo. Al norte de Benidorm, se ubican Jávea y Denia, con oferta residencial dirigida a la clase media-alta. En dirección contraria, aparece la sucursal de los barrios modestos de Madrid: Torrevieja, una de las urbes españolas con menor renta per cápita, tras arribo de jubilados empadronados en segunda residencia.

Benidorm es Manhattan playero con rascacielos: ciudad balnearia única en el mundo. Supuesto engendro del desarrollismo, su imagen cotiza al alza entre arquitectos de postín. Ciudad inclusiva, grande, divertida y compacta, asequible a pie. En temporada baja, un programa público subvenciona estadías de pensionistas en hoteles locales.

Nona es una anciana de extracción humilde, cuya hija ha accedido a la clase media-alta y tiene un chalet a 45 kilómetros de Benidorm. La viejita quiso conocer la localidad; pero su vástago, despreciativo, le espetó que era sitio “hortera” –vulgar–. Los “nuevos ricos” buscan sus enclaves, como algunos argentinos llegados a Punta del Este.

Los nuevos españoles se unen al ritual costeño. El chino amable que regenta un restaurante donde acudo se toma seis días de vacaciones. Me dice que se va a una playa de Valencia, tierra famosa por sus naranjas. Y me afluye la expresión “naranjas de la China”. Las excursiones para pasar una jornada playera, con madrugón intempestivo en autobús desde Madrid, son noticia reciente. Una demanda asociada a migrantes latinoamericanos.

Aquí no hay playa (1989) es icono del “rock” español. La letra ironiza sobre una carencia geográfica: Madrid podía tener de todo; “pero, al llegar agosto, ¡vaya, vaya!”. Si la metrópoli del interior se vaciaba hace años durante dicho mes, las modas han cambiado en la senda hacia la madurez social y económica, a medida que aumentaban niveles educativos e ingreso per cápita. Muchos millennials trocean sus vacaciones; y demandan tanto viajes internacionales como otros tipos de turismo. Asistimos a los rendimientos decrecientes de la playa. Muchos niños de “verano azul” ya no aguantan más de una semana al sol.

España evoluciona hacia la postmodernidad; pero, algunos quedaron varados en el “Un, dos tres”. Mostagán –nombre ficticio– es un ejemplar de “homo economicus” extremo de clase media-baja, jubilado muy tacaño, que nunca le invitará a un café, a pesar de tener ahorros y buena pensión. Las discusiones con su mujer son recurrentes por una razón: el acceso al apartamento diminuto de la suegra en la ciudad balnearia con menos caché. El beneficiario principal no soporta que sus cuñadas también quieran pasar unos días en la propiedad familiar. El verano no ha finalizado; pero este sujeto ya planifica la próxima temporada playera. Gracias a Dios, estos mostaganes son arcaísmo en vías de extinción.

“Las excursiones para pasar una jornada playera, con madrugón intempestivo en autobús desde Madrid, son noticia reciente”.

Sergio Plaza Cerezo / Profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid

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