Violencia y feminicidios

El espectáculo de la obscenidad

Algo muy grave está sucediendo en la sociedad boliviana que la violencia patriarcal se reproduce y se vuelve monstruosa; penetra familias, instituciones, al Estado, sostiene la autora.

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La Paz - domingo, 26 de junio de 2022 - 5:44

Cada semana nos llega una noticia más dolorosa, grotesca y sangrienta que la otra. Un cuerpo de mujer colgado de una bufanda, de otra sólo encontraron las cenizas, mientras que una joven se ha desangrado hasta morir, la acuchillaron frente a sus hijos... A una mujer la encontraron sin vida dentro de una lavadora y el cuerpo golpeado de otra joven quedó inerte abandonado en la selva de los Yungas. Pasan los días y el horror no se detiene; partes de un cuerpo se desplazan con las aguas río abajo y su trayecto expresa la violencia de seres incapaces de concebir el cuerpo íntegro de una mujer y su derecho a vivir la vida sin el permiso de nadie.

Mientras escribo estas líneas mis pensamientos entran en territorios que no hubiera querido nunca describir como lo hago ahora y que en su escalada se acercan cada vez más a los escenarios brutales y desolados de una guerra. Los tiempos y las tramas se mezclan. Ya no interesan las secuencias que podrían dar la sensación de que una ficha cambiada en su curso tendría otro desenlace o permitiría una acción estatal pertinente. La guerra está desatada.

De tanto horror, las noticias empiezan a convertirse en golpes sordos y sangre invisible, cuerpos de mujeres que caen a tierra sin provocar sonido alguno. Llantos de niños en una cueva sin aire que transporte su queja; sus cuerpitos golpeados y violentados yacen en las listas y reportes de la policía y las instituciones de salud, educación o servicio social, acostumbradas ya a registrar el horror en informes de rutina carentes del espíritu de protección que nos debe el Estado. El sufrimiento atroz de los niños de Yapacaní, uno de los cuales, Yamil de 11 años, ha muerto trágicamente por haber sido contagiado de VIH por cuatro hombres mafiosos y aparentemente vinculados al narco.

El drama inaceptable de las niñas de 11 y 12 años obligadas a una maternidad forzada, cuyas vidas acabaron cercadas por la negligencia y el conservadurismo reaccionario de familiares, redes pro-vida y autoridades que la entregaron a la fatalidad haciéndose de la vista gorda. El drama de cientos de niños y niñas... Explosión de violencia machista de alta intensidad, mafializada y brutal que la sociedad no puede ni explicarla, ni detenerla.

Algo muy grave está sucediendo en la sociedad boliviana que la violencia patriarcal se reproduce y se vuelve monstruosa; penetra familias, instituciones, Estado, subjetividades, imaginarios, miedos..., inunda ciudades y se instala en comunidades y pueblos pequeños. Emerge triunfante de las lacerantes desigualdades y silencios; habita el día a día, nos invade.

Hasta los primeros días de junio, en Bolivia se habían reportado 42 feminicidios, y mas de 60 niños y niñas en la orfandad por esta causa. Mientras que, según datos de la Defensoría basados en registros de la Fiscalía, hasta mayo se han registrado 892 casos de violación a niños y niñas y el año pasado esta cifra ha sobrepasado los 2.000. Momentos críticos de esta violencia –como cuando se atrapó al violador y asesino serial de El Alto, Richard Choque, protegido por un juez y reincidente en sus crímenes– han sacado a las calles a miles de personas para expresar su hartazgo, dolor e indignación. Pero a pesar de su potencia, estas acciones no detienen la masacre y son absorbidas rápidamente por la maquinaria mediática y los protagonismos políticos.

La violencia se convierte en noticia, “espectáculo” diría Rita Segato, pero no alcanza a constituirse en hecho social que movilice un cambio verdadero. La indignación no es suficiente. Maltrato y golpes que se ciernen tras el velo de la vida privada, silencios cómplices en las familias, en los círculos sociales, en la escuela, en el barrio.

Instituciones del Estado (jueces, policías y militares) denunciadas por violentos y encubridores. Mientras la vida en los centros de poder transcurren como si nada pasara. Las pugnas políticas y los ardides para mantenerse en el gobierno –entre ellos, el obcecado control del poder judicial–sacrifican tiempo y energía necesarios para enfrentar este ogro devorador.

El abandono y la negligencia estatal son alarmantes. Los gobernantes y políticos pasan sus días concentrados en cómo destrozar al otro, hundirlo, partirlo en pedazos, destruirle la vida y así también, aunque no quieran reconocerlo, reproducen las condiciones (estructurales y subjetivas) para que la violencia y el horror se profundicen.

No hay visos de que esta masacre se detenga. El poder judicial, la justicia, la policía, las defensorías, el gobierno central, sus instituciones, no abren ni un solo camino digno y creíble para que estos crímenes se detengan. No son más garantes de derechos. El vergonzoso escándalo de los autos chilenos robados por la policía boliviana y escondidos en sus casas y el de los dirigentes estudiantiles “dinosaurios” –que se mantienen como inocentes pupilos hasta los 50 años para ser parte de la maquinaria de poder de una de las facciones del partido gobernante– ha merecido, al menos aparentemente, algunas acciones radicales del gobierno que ha hecho volar cabezas. Pero, ante el horror machista que se lanza sobre las mujeres y los niños se hace poco o, cuando menos, nada de magnitud semejante.

La violencia feminicida, igual que la violencia que se estrella contra niños y niñas es la misma, es patriarcal y es machista. Está construida sistemáticamente por un régimen de relaciones de desigualdad, desvalorización, abuso, conservadurismo, y jerarquías autoritarias. Esta violencia tiene hoy la categoría de espectáculo mediático y alimenta la lógica obscena del cinismo estatal, del miedo paralizante y la venganza simbólica imaginando castigos –como la castración o la pena de muerte (hasta el gobierno lo hace)–, como ejercicio mental que sustituye la acción.

Mientras tanto, no se habla de lo que hay que hablar: del peso de los valores conservadores y de los silencios, de las estructuras de dominación, de los odios por razones de género instalados, de la necesidad de firmeza ante el abuso infantil para pararlo en seco, de invertir en la prevención de la violencia machista, en la gente, en su bienestar; en fin, tomar acciones radicales frente a las condiciones materiales, culturales y políticas que la reproducen se aleja casi sin remedio.

“No hay visos de que esta masacre se detenga. El gobierno, sus instituciones, no abren ni un solo camino digno y creíble para que estos crímenes se detengan”.
“No hay visos de que esta masacre se detenga. El gobierno, sus instituciones, no abren ni un solo camino digno y creíble para que estos crímenes se detengan”.

Elizabeth Peredo Beltrán / Activista por los derechos de las mujeres

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