Conflicto Rusia-Ucrania

El ocaso de Londongrado

Londres devino en Londongrado tras recibir con alfombra roja a los oligarcas rusos, pero éstos se han convertido en parias por la invasión.

Ideas
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La Paz - domingo, 12 de junio de 2022 - 5:00

El escritor Bram Stoker fue un adelantado a su tiempo. En la novela Drácula, forjadora de mito universal, el pasante de cierto abogado inglés visita a un conde en su castillo tétrico de los Cárpatos. Se trataba de tramitar la compra de una mansión en Londres por el aristócrata siniestro, quien terminaría adquiriendo varias propiedades. Un tipo de inversión que ha devenido en moda y hábito entre los multimillonarios de la élite global.

La metrópoli a orillas del Támesis comparte primacía absoluta con Nueva York en la jerarquía de centros financieros internacionales. El precio de sus bienes raíces más lujosos se correlaciona con la cotización del oro. Las fotos de casas y condominios exclusivos de Londres inundan las páginas de comerciales en diarios como el South China Morning Post, leído por la élite de Hong Kong.

El fenómeno de gentrificación resulta consustancial a las ciudades globales. Ciertos proyectos inmobiliarios revalorizan el suelo de barrios tradicionales cercanos al centro; y la atracción de nuevos residentes con mayor poder adquisitivo es consecuencia. Una variante extrema se registra en Londres: la llamada plutocratización. Los superricos de países emergentes expulsan a los ricos ingleses de toda la vida, tipo aristócratas arruinados, en barrios como Kensington, donde muchas mansiones permanecen vacías durante gran parte del año.

Los oligarcas rusos adquirían protagonismo extremo en este juego de poder; pero, desde el inicio de la guerra de Ucrania, han devenido en parias y objeto de sanciones personalizadas impuestas por Occidente. Ellos también son víctimas de la guerra declarada por Rusia a la globalización: sus activos en larga nómina de países se encuentran congelados. Los grupos de presión tratan de influir sobre las decisiones de las autoridades; pero, éste no es el caso.

La invasión ordenada por Putin ha resultado ruinosa para los magnates. Bram Stoker dejó escrito que Drácula tardó siglos en llegar a Londres, para verse obligado a abandonar la metrópoli en un solo día. De forma inmediata, Román Abramóvich se ha desprendido de su propiedad más mediática: el club de fútbol Chelsea. Algunos magnates han levantado la voz frente a Moscú; pero, como en el caso del banquero Oleg Tinkov, puede irles peor.

El personaje del pasante inglés quedó aterrado cuando advirtió el perfil vampírico de Drácula, quien le había recibido con maneras exquisitas en su solar de Transilvania. Numerosos columnistas de la prensa británica transmiten una sensación de mea culpa por la alfombra roja desplegada a los magnates llegados del Este.

Sus fortunas cuajaron en tiempos revueltos, durante el mandato de Boris Yeltsin, mediante la técnica del arbitraje empleada por jóvenes especuladores cercanos al Kremlin. La compra barata de petróleo en el interior –donde no se había liberalizado todavía el sector energético– y su venta a precios elevados en el exterior fue clave. A continuación, vino la adquisición a precio de ganga de empresas rusas privatizadas, en una Rusia inflacionaria en transición –vía plan de choque– a una economía de mercado.

El éxito de tantos empresarios judíos a escala internacional resulta proverbial y admirable; pero el margen otorgado por la Unión Soviética a la iniciativa individual era mínimo. Por ello, impresiona la capacidad de estos pioneros para advertir y aprovechar las oportunidades abiertas por un capitalismo recién inaugurado hace treinta años. Un instinto de supervivencia y lectura de escenarios cambiantes, a partir de una historia marcada por la tragedia, debe ser tenido en cuenta.

Muchos oligarcas rusos pertenecen a la colectividad de origen hebreo. Si las minorías han desempeñado el papel de intermediarios cosmopolitas en imperios multiétnicos como el soviético, la presencia de Abramóvich en las conversaciones de Turquía, cual mediador entre diplomáticos rusos y ucranianos, atestigua este papel.

Londongrado es neologismo acuñado como deriva de cierta dimensión de la capital de Gran Bretaña: la atracción extrema ejercida como plataforma inversora y residencia elegida por los oligarcas rusos. La cuestión de la seguridad jurídica no es baladí, frente a posibles vaivenes en Moscú. En cualquier caso, esta sucursal moscovita no es remanso de paz; sino más bien un decorado de cine negro, testigo de envenenamientos y muertes extrañas.

Según antigua norma legal, los no residentes están exentos de tributar por rentas obtenidas en el extranjero. Además, la isla de Jersey, situada en el Canal de la Mancha, es paraíso fiscal relevante, cual jurisdicción no integrada en el Reino Unido, que prospera como sucursal del aledaño centro financiero londinense.

Un enfado reciente ha sacudido a la opinión pública británica. Se ha filtrado que la esposa de Rishi Sunak, canciller del Exchequer –o ministro de Hacienda–, goza de la condición de “non-dom”, que habilita para esquivar el pago de impuestos en el Reino Unido. Se trata de la multimillonaria Akshata Murty, hija del fundador de Infosys, empresa señera del despegue informático de la India. Esta noticia ha contribuido a reducir la tasa de popularidad –ya maltrecha– del premier Boris Johnson, quien ha alegado no estar al tanto de este hecho.

Londres ofrecía posibilidades infinitas para que los magnates rusos gastaran su plata en bienes suntuarios de todo tipo, más allá de la compra de mansiones, en ambiente cosmopolita. Además, las orillas del Támesis están mucho más cerca de Moscú que Nueva York. El coleccionismo de arte fascina a muchos oligarcas; y, este mercado no deja de ser extensión de las finanzas. Muchos negocios conexos fluyen allí donde se mueve el dinero. Como legado del poder alcanzado por Londres durante la época del Imperio Británico, reforzado cual bola de nieve a lo largo del tiempo, las dos casas de subastas más importantes del planeta, cuyos orígenes datan del XVIII, son londinenses: Sotheby’s y Christie’s. Como centro financiero, Londres registra mayor orientación que Nueva York hacia los negocios internacionales, incluida una cuota en torno al cuarenta por ciento del mercado mundial de divisas. La especialización en la oferta de servicios legales resulta extrema: una ventaja fundamental cuando las cosas pintan mal.

La capital de la economía global dispone de los mejores bufetes para defender los intereses de los magnates rusos, ante el impacto de las sanciones impuestas por su cercanía con el régimen de Putin. La prensa británica más progresista teme que su impacto pueda quedar disminuido por la cascada de recursos y apelaciones que una tropa de togados presentará ante los tribunales de referencia.

Por el momento, las actuaciones previstas en Londres del ballet del Teatro Bolshói de Moscú han quedado suspendidas.

Sergio Plaza Cerezo Profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid

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