Matasuegra

El olor de la sangre

Evo no se detendrá con la sentencia a Añez, irá más allá: periodistas, politólogos, académicos, dirigentes, militares, policías... y claro, también el pueblo, sostiene el autor.

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La Paz - domingo, 19 de junio de 2022 - 5:00

Ya está, dictaron sentencia: 10 años. Se podría pensar que aquí acaba todo, que la venganza está consumada, que las pasiones se calmaron, que la vida seguirá pese a tanto daño, tanta muerte y tanta injusticia. Que el chivo expiatorio pasará una década en la cárcel para pagar por el mal gobierno de un protodictador que se pensó y se piensa insustituible, un mesías andino cuya humildad era un caballo de Troya tan grande como para poder ocultar el ego y codicia más desmesurados que Bolivia vio en los últimos 100 años.

Y nos llevó al descalabro, desde el inicio, desde su época de dirigente, cuando bloqueó a Bolivia cuantas veces quiso, y no por el bien común, sino por el de su sector, que, digámoslo de frente, alimenta la industria del narcotráfico con materia prima. Alguna vez fueron pobres, es cierto, pero eso no da derecho a torcer las leyes y creer que todo lo malo vivido ahora justifica todo lo malo que se hace.

Recuerdo cuando Evo Morales, sin guardaespaldas ni comitivas fastuosas, se acobardó ante un empresario bananero, mucho más pequeño que él, y casi huye tras ser abofeteado por bloqueador, por causar pérdidas millonarias a ése y muchos otros productores honestos que sí querían desarrollo y no la salida fácil de vender sus almas al diablo. Porque los cobardes son siempre cobardes, no importa dónde estén parados ni cómo estén vestidos.

El valiente es humilde porque sabe que debe serlo, sabe que increpar a alguien en posición desventajosa no le aumenta un ápice de valor, en cambio sí lo demerita. El cobarde es humilde porque no le queda otra, porque tiembla ante cualquiera que él supone superior; pero cuando está en buena posición se convierte en un tirano déspota que no vacila incluso en hacerse amarrar los zapatos o amedrentar periodistas que le incomodan, porque él cree que su valor reside en el miedo que causa.

Muchos se preguntan ¿cuándo cambió Morales? Es que no cambió, solo se quitó la máscara. Y claro, embriagado de poder, quizá perdió la brújula y se dejó llevar por la fantasía. Es parecido, salvado las diferencias, a lo que le ocurre a Don Quijote en la segunda parte del libro, cuando llega a los dominios de una pareja de duques, aristócratas que utilizan al caballero para su propia diversión y montan escenografías sofisticadas y contratan extras y demás para que Don Quijote pueda tener aventuras “reales”.

Pues a Evo le armaron un escenario, no unos duques, sino intelectuales subvalorados, pensadores que tenían más teorías que seguidores y que jamás lograrían reconocimiento por mérito propio, de modo que se inventaron lo del mesías. Y lo pusieron ahí de candidato, luego se encaramaron en toda la esfera del poder.

A veces pienso si Evo no podría ser considerado también una víctima, y quizá alguna vez lo fue (como lo fue Don Quijote de la pareja de nobles), pero no hay borrachera eterna, de modo que, en algún momento de sobriedad, el líder cocalero tuvo que darse cuenta de que no era un mesías, pero sí el presidente, y que con ese poder y sus huestes bloqueadoras podía hacerse del país por siempre, con o sin los intelectuales de marras. Y ahí comenzó a caminar solo. Los titiriteros se volvieron séquito, exégetas, chupamedias, adláteres, evangelistas del proceso de cambio, soldados albiazules.

Nadie se animó a decirle que se moderara. Y así llegamos a 2016, cuando, pese al consejo de su vicepresidente (extitiritero), Evo se empeñó en modificar la Constitución para garantizar la posibilidad de postularse por siempre. Pero le salió mal la jugada, pues resulta que el miedo no es lo mismo que el amor. Ahí Morales se dio cuenta de que por las buenas no se iba a poder, y decidió hacerlo por las malas, inspirado quizá en el lema del escudo chileno: “Por la razón o por la fuerza”.

Y luego pasó lo que sabemos, la mitad del pueblo volcado a las calles pidiendo cambio y democracia, y la otra mitad en sus casas, porque el temor no es lo mismo que el amor; si lo hubieran amado, habrían salido. Hubo muertos, sí; hubo excesos antes, durante y después de la huida de Morales. Y claro que hubo y hay responsables y culpables, pero solo se sentó en el banquillo a la expresidenta Jeanine Añez. Había que satisfacer la sed de venganza del jefazo, había que castigar a alguien, y a quien se tenía a mano era a la expresidenta. Y lo hicieron, y podría pensarse que aquí acaba todo, que la venganza está consumada, que las pasiones se calmaron, que la vida seguirá pese a tanto daño, tanta muerte y tanta injusticia. Pero no. Evo es insaciable, no conoce límites.

Una vez vi en un documental cómo en una pelea de perros, uno seguía mordiendo al otro pese a que este ya estaba muerto. El especialista explicó que el perro, al saberse vencedor, quería seguir disfrutando su victoria, y su instinto lo llevaba a consumar ese disfrute destrozando el cadáver de su enemigo. Algo así le pasa a Morales. No descansará hasta que sus mandíbulas no hayan desmembrado a todos los que el considera culpables de su cobardía. Porque, más que perder el poder, lo que a Evo le duele es que perdió el respeto de la gente. ¿Cómo se puede respetar y seguir a alguien que repite “patria o muerte” pero huye ante el primer petardo? Y de ahí su gran ira. Fue expuesto, su charada quedó revelada, el mito se cayó y ante el mundo que la imagen de un hombre aterrorizado, presa del miedo y la angustia, aunque nadie pretendía tocarle un pelo.

Ahora comienza la venganza, porque ya ha probado sangre y quiere más. Y solo se le puede poner alto a esta seguidilla de desastres con voluntad política y presión popular, porque tampoco se puede olvidar que el rencor de Evo no se detendrá en los políticos; irá más allá: periodistas, politólogos, académicos, dirigentes, militares, policías... y claro, también el pueblo, ese que no quiso salir a las calles a defenderlo, ese que ya quería un alto a tanto despotismo y optó por simplemente no hacer nada, ese pueblo también está en su mira.

“Hubo y hay responsables y culpables, pero solo se sentó en el banquillo a la expresidenta Añez. Había que satisfacer la sed de venganza del jefazo”.
“Hubo y hay responsables y culpables, pero solo se sentó en el banquillo a la expresidenta Añez. Había que satisfacer la sed de venganza del jefazo”.

Willy Camacho / Escritor

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