Matasuegra

Evo en su laberinto

El expresdidente ya tiene rival en su partido. “El poder te permite esos atrevimientos y Evo está al borde de la locura, busca fantasmas todo el tiempo”, escribe el autor.

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La Paz - domingo, 18 de septiembre de 2022 - 5:00

En 1989, Gabriel García Márquez causó revuelo con la publicación de El general en su laberinto, novela que se concentra en los últimos días del Libertador Simón Bolívar y donde se lo presenta como un ser humano, con sus virtudes y, principalmente, defectos. Bolívar, ya con intenciones de retirarse, de repente cobra bríos y quiere rearticular su proyecto de la Gran Colombia, pero al final, como sabemos, no logra nada y muere en Santa Marta, acosado por el fantasma de la gloria pasada.

Obviamente, incluso ya en esa precaria situación, Bolívar tenía gente de su lado, gente que creía en él, que le calentaba los oídos y lo alentaba. Aún así, él sabía también que muchos ya le habían dado la espalda y que el poder se había repartido entre varias manos que no pensaban soltarlo.

Me resulta inevitable vincular esta novela con lo que le ocurre a Evo Morales, salvando las enormes, inmensas, distancias, obviamente. Es que el caudillo del MAS debería, en estos momentos, estar disfrutando de una vida bucólica, criando pececillos, atendiendo a los clientes de su restaurante, porque, si mal no recuerdo, ese era su plan de vida al terminar su mandato. Pero bueno, sabemos que Evo habla porque tiene boca, y generalmente no cumple lo que dice. También dijo que iba a respetar la decisión del pueblo en el referéndum del 21F, pero ya ven cómo resultó todo, casi llegamos al borde de una guerra civil por su ambición desmedida.

Es que el poder es algo muy seductor, es un canto de sirena irresistible, y pocos son como Ulises, capaces de desafiar la tentación y vencerla. Y Evo no es Ulises ni Bolívar, sino un simple mortal, con una picardía innegable. Pero en Bolivia, y en Latinoamérica en general, solemos confundir picardía con inteligencia, cuando éstas no son lo mismo y no necesariamente coinciden en una misma persona.

La picardía de Evo, que le ayudó a proyectar una imagen carismática, simpática, lo convirtió en el elegido para ser la imagen de un proyecto político urdido por dirigentes e intelectuales que poco habían logrado en el ámbito electoral.

En Evo vieron la posibilidad de conectar con el pueblo, de hacerlo un líder nacional que encarne la posibilidad de cambio. Y vaya que lo lograron.

Sin embargo, ya en el poder, ese dirigente humilde, que viajaba de aquí para allá con su chompita multicolor, se transformó en Evo Pueblo, un símbolo, una construcción que una mente inteligente quizá habría podido aislar de su verdadero yo. Evo lo confundió todo, se creyó la narrativa que los adláteres inventaron y se asumió mesías, libertador, héroe y mártir. Claro, lo del martirio era una idealización, un “patria o muerte” meloso y forzado, que nunca se cumplió, porque Morales escapó apenas escuchó los petardos.

Las obras faraónicas, el culto a la personalidad, el autoritarismo, son apenas algunos indicios típicos de la transformación de un líder popular en un tirano. Ni qué decir del intento desesperado de cambiar la Constitución para perpetuarse en el poder y, así, camuflar de democracia su vocación dictatorial.

Evo lo tuvo todo, absolutamente todo. Entonces, hasta me parece natural su síndrome de abstinencia. Debe sufrir terribles espasmos al pensar que ya no puede darse viajecitos en helicóptero, que no tiene un chef a su disposición, que no tiene avión privado, que no puede decidir con tanta libertad sobre la vida y los destinos del prójimo. Y, sobre todo, debe sufrir de manera inefable cuando piensa que todo lo que era “suyo” ahora lo está disfrutando otro.

Tengo la sospecha de que Evo eligió a Luis Arce, por encima de Choquehuanca o Andrónico, porque no creía que Lucho pudiese ganar. Quizá Evo quería que el MAS perdiese la elección, porque pretendía cercar Bolivia, hacer de la guerra civil que sus huestes tanto vociferan una realidad próxima, y así generar una crisis que el gobierno no habría podido aguantar. En pocas palabras, Evo pretendía volver al poder en uno o dos años como máximo, pero la vitoria de Luis Arce le pateó el tablero.

De cualquier forma, algo de consuelo ha debido sentir a ver la docilidad de su exministro, la sumisión que le profesaba, de modo que cabía la esperanza de gobernar a distancia, de tener una figura decorativa en la presidencia mientras Evo seguía manejando el timón. Y al principio así fue, hasta provocar vergüenza ajena, pues Lucho era el segundo de la foto, incluso en actos protocolares internacionales. Evidentemente, el presidente era menos que el jefe del partido.

Pero el poder es algo muy seductor, es un canto de sirena irresistible, y pocos son como Ulises... Lucho empezó a disfrutarlo y, poco a poco, fue pasando al frente, a salir primero en las fotos, a dar más discursos, a hacer más política, a proyectar su imagen para 2025. Y aunque no muestra los indicios megalómanos de su predecesor, parece que no le desagradaría nada ocupar la silla un periodo más. Y como siempre, a su alrededor hay gente calentándole el oído.

Evo ya tiene rival interno. Es que el poder te permite esos atrevimientos. Y Evo está al borde de la locura, busca fantasmas todo el tiempo. Cree que es víctima de un plan negro y responsabiliza al gobierno de lo que pudiera pasarle. O sea, se victimiza, como siempre. Antes responsabilizaba a EEUU, a la derecha, etcétera. Hoy quiere recuperar posiciones y una de sus estrategias es la manipulación emocional de sus seguidores, ponerse en plan de víctima para generar simpatías.

Y al mismo tiempo, aprovecha al máximo los espacios de poder que Luis Arce le ha concedido para generar enfrentamiento, discordia y, si es posible, sangre y muerte, como siempre también, porque Morales se regodea en su perversidad, en su falta de conciencia, que ha derivado en los últimos días, en un enfrentamiento fratricida entre cocaleros de los Yungas.

Morales está en un laberinto del que no puede salir, y quizá en esta posición es más peligrosa, porque no vacilará en hacer explotar el laberinto, aunque mucha gente pueda salir lastimada.

“Las obras faraónicas, el culto a la personalidad, el autoritarismo, son apenas algunos indicios típicos de la transformación de un líder popular en un tirano”.
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