Polarización y radicalización, un fenómeno global

Fake news y negación de la realidad impulsan ataques contra la democracia en Brasil

La tentativa de destrucción de las sedes de los tres poderes por bolsonaristas ha impactado no solo a los brasileños, sino también a gran parte de la comunidad internacional. Como sucedió en EEUU hace dos años, estos grupos se alimentan de desinformación y radicalismo.

Ideas
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La Paz - domingo, 15 de enero de 2023 - 5:00

La invasión y destrucción de las sedes institucionales de la democracia en Brasil es la reproducción de lo sucedido en Washington hace dos años y responde a un complejo proceso que es alimentado por la difusión de noticias falsas (fake news) y por la negación de la realidad de grupos radicales que responden al expresidente Jair Bolsonaro, estiman analistas.

Lo que sucedió en Brasil “fue muy similar al ataque al Capitolio en EEUU y esto deriva de un largo proceso de negación de la legitimidad de los resultados electorales que fueron constantemente tergiversados, estimulado por un grupo muy próximo a Bolsonaro. El propio Bolsonaro nunca reconoció formalmente su derrota y esa retórica fue alimentando una gran desconfianza y un gran sentimiento contra las autoridades electas”, sostiene Hugo Borsani, profesor de la Universidad Estatal del Norte Fluminense de Brasil.

En su visión, se trató de un plan muy pensado logísticamente y financiado, ya que más de 100 buses llegaron entre el sábado y el domingo pasado a Brasilia. “Hubo cientos de buses en los que los manifestantes fueron trasladados gratuitamente; incluso hubo invitaciones en redes sociales para que la gente asista sin costo alguno, con posibilidades de quedarse incluso una semana, con la alimentación pagada”, dice.

Según Borsani, se trata de fenómenos complejos en los que la polarización de las sociedades tiene mucho que ver, pero junto con eso la desinformación y las fake news.

“Son mecanismos masivos y organizados de difusión de mentiras que claramente inciden en la percepción de la gente, no en todos los electores de Bolsonaro que comparten ese movimiento, pero sí los sectores más radicales que llegan a esos extremos. Viven envueltos en nubes de desinformación, al punto de que a pocos minutos de que Lula fuera posesionado como presidente el 1 de enero, circuló en estos grupos que el ejército había intervenido y que finalmente Lula no asumiría la presidencia. Cientos de personas lo creyeron sin ningún tipo de reflexión o constatación”, explica.

Estos hechos son producto de las fake news, esa industria de la desinformación que junto a la polarización de las sociedades llevan a una situación compleja de credibilidad: ¿a quién creer?

Sobre lo que puede suceder con la institucionalidad en un cercano futuro, Borsani dice que no cree que esto menoscabe la democracia brasileña, “porque hay un respaldo total de todas las autoridades al gobierno para fortalecer el sistema democrático. No podemos descartar en un 100% que no haya grupos que intenten algún tipo de perturbación. Hay muchas personas armadas, como resultado de la gestión de Bolsonaro, es una preocupación, pero no al nivel que pueda afectar nuevamente el normal funcionamiento del Estado”.

Populismo fascista

Federico Finchelstein, profesor de historia en New School for Social Research en la ciudad de Nueva York, sostiene que es notable cómo este acercamiento del populismo a objetivos y políticas que parecen más fascistas que populistas se está dando a nivel global y unos influencian a otros. “En el caso de Bolsonaro, llamado el Trump de los trópicos, es muy claro que hay una gran necesidad de parecerse a Trump e incluso de seguir las pautas de la política trumpista, desde la negación de las elecciones a estos intentos de golpes de Estado”.

Según el análisis de Finchelstein, es claro que esto tiene que ver con la propaganda y con las mentiras.

“Bolsonaro es responsable de que esta gente siga movilizada por estas fantasías y negaciones de la realidad. Si él planeó o no estos hechos es una cuestión que debe investigar la justicia de Brasil. Acá hay una responsabilidad moral e ideológica; esta persona viene negando el sentido de la realidad de la democracia en Brasil y estos actos son consecuencia de sus palabras”, afirma.

Consultado sobre las similitudes entre lo que pasó hace dos años en Estados Unidos y hace una semana en Brasil, considera que ambos contextos son muy parecidos.

“Lo que vemos es un grupo que se identifica a partir del culto político al líder y con prácticas que eventualmente desde el autoritarismo decantan actitudes golpistas; y otro lado, distintos sectores políticos que se identifican con otro tipo de funcionamiento de la democracia. Es necesario recordar que la candidatura de Lula, como la de Biden en EEUU, formaron parte de alianzas de grupos que en el pasado habían estado enfrentadas; el vicepresidente de Lula fue parte de la derecha tradicional brasileña, no de la populista, y hoy es parte del gobierno de Lula. Gran parte del arco político brasileño formó parte de un frente contra la propuesta autoritaria de Bolsonaro. En EEUU se dio algo parecido con Biden y la pregunta es hasta qué punto se da en otros países. Me parece que en los casos de Brasil y EEUU la responsabilidad decanta de un lado, de aquellos que niegan el funcionamiento de la democracia y se enfrentan a la realidad: perdieron”.

¿Qué puede pasar en el futuro inmediato? Según Finchelstein, una lección negativa que hay que aprender de EEUU es que los responsables de ese intento de golpe de Estado no han sido procesados. La respuesta tiene que ser firme, categórica y con toda la fuerza de la ley. No se les puede dar un tratamiento suave.

“Uno esperaría que esta gente pague las consecuencias de sus acciones criminales, por el bien de la democracia brasileña, no puede salir gratis profanar las instituciones de la democracia de un país. La respuesta no solo es gubernamental, sino que tiene que ver con la firmeza y el ejemplo que da a tantos países latinoamericanos y a otros también, esa seriedad del poder judicial de Brasil que ha defendido la democracia durante la gestión de Bolsonaro, en las elecciones, y ahora también. Fue el Tribunal más alto de Brasil que ordenó al ejército el desalojamiento de estos terroristas”.

Concluye que “las lecciones que nos da el fascismo es que esa y otras posturas autoritarias triunfaron cuando se les permitió no pagar las consecuencias. Eso estamos esperando aquellos que defendemos la democracia”.

Brasil, un calco de Washington

Para el analista político Carlos Ugo Santander, de Latinoamérica21, lo sucedido en Brasil es una reproducción de los hechos en EEUU en enero de 2020. “Al igual que lo sucedido en Washington, los violentos manifestantes de ultraderecha tuvieron tiempo suficiente para destruir los símbolos de la democracia brasileña antes de que fueran desalojados por la Policía”, dice.

Analiza que la complacencia de las fuerzas policiales de la capital frente al ensañamiento de una multitud vandalizando el patrimonio público evidencia una cadena de decisiones displicentes que exponen no solo la incompetencia del alto comando de la Policía, sino también su connivencia, la misma que linda con la prevaricación y complicidad, mientras que, por el lado de los manifestantes, su encuadramiento queda claramente sujeto a la ley de antiterrorismo en Brasil.

“Quizás el mayor peligro para la democracia y el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva se encuentre en la relación de sometimiento de las Fuerzas Armadas a la figura de Jair Bolsonaro, un fisiologismo inédito en el que se dieron privilegios y en el que miles de cargos de la administración pública fueron entregados a los militares; incluso hubo algunos que ganaron sueldos estratosféricos”, estima.

Añade que a esta peligrosa articulación “se suman las milicias paramilitares que vienen actuando desde hace una década en algunas ciudades de Brasil y que se han desarrollado incluso bajo el reconocimiento público de Jair Bolsonaro. Esta actitud del expresidente, quien ahora está en Miami, permitió armar a sectores de extrema derecha bajo la fiscalización deficiente de las Fuerzas Armadas y que bien podrían actuar en cuanto a un aumento de la violencia”.

Santander dice que la responsabilidad política del expresidente Bolsonaro tiene que ver con el no reconocimiento de su derrota en las elecciones del 30 de octubre de 2022. Desde entonces y hasta la toma de mando de Lula da Silva, Bolsonaro entró literalmente en un estado catatónico, sin capacidad de reacción ni de digerir la derrota -que no contemplaba-; en los dos únicos eventos públicos de los que participó lloró impotentemente ante la desbandada de sus antiguos aliados.

“La ola de frustración de sus seguidores tras la derrota fue proporcional a la violencia que, por medio de la intimidación y persecución, incluyendo varios asesinatos por motivos políticos, se asentaron cotidianamente en los simpatizantes y militantes de Lula da Silva durante la campaña electoral. Los espacios públicos ocupados por bolsonaristas crearon un ambiente artificial de victoria frente al silencio de un elector contrario que evitaba manifestarse públicamente para enfrentar cualquier represalia”, afirma.

En su visión, lo que ocurrió fue que tras la derrota y la interpretación del silencio de Bolsonaro como una señal a actuar, millares de bolsonaristas ocuparon los frentes de los cuarteles militares en algunas ciudades de Brasil para exigir un golpe de Estado. Desde rezos bajo lluvias torrenciales hasta marchas en zigzag, los fanáticos, embriagados de un pseudopatriotismo y estimulados por el himno nacional, exigían derrocar al Gobierno. Brasil fue testigo de las imágenes más surrealistas y absurdas de la historia de la república y quizás de América Latina.

“Frente a este escenario desolador, no alcanza con la intervención del gobierno federal en el ámbito de la seguridad pública de Brasilia, o con apartar del poder al gobernador del Distrito Federal para afirmar la democracia. De hecho, este puede ser apenas un episodio de un conjunto de eventos que pueden seguir presentes. Por ello, es necesario aplicar la ley y evitar la impunidad para pacificar finalmente el país”, concluye.

“Lo que vemos es un grupo que se identifica a partir del culto político al líder y con prácticas que eventualmente desde el autoritarismo decantan actitudes golpistas”.

Intento golpista pone a prueba a Lula y aísla a Bolsonaro

La intentona golpista perpetrada por miles de bolsonaristas radicales dejó en evidencia el clima de división social en Brasil y ha puesto a prueba el liderazgo del presidente Luiz Inácio Lula da Silva frente a un Jair Bolsonaro cada vez más aislado.

El asalto a las sedes del Parlamento, la Presidencia y la Corte Suprema se saldó con una nueva demostración de fuerza de todas las instituciones, que respondieron con una sola voz ante los actos “terroristas” y “golpistas” del 8 de enero en Brasilia.

Fueron cuatro horas de caos, pillaje y vandalismo en el corazón de la democracia brasileña.

Según el politólogo Rogério Arantes, especializado en constitucionalismo, “es un episodio de proporciones inéditas en la historia de la política brasileña”.

Con apenas una semana en el poder, Lula actuó de forma quirúrgica para acabar con una insurrección que dejó 1.500 detenidos y una imagen exterior muy negativa.

Decretó la intervención federal en el área de seguridad de Brasilia y organizó reuniones de urgencia con los jefes de los poderes Legislativo y Judicial y con los 27 gobernadores del país.

Prácticamente todos asistieron, incluidos los alineados con el exmandatario Bolsonaro, como el de Río de Janeiro, Claudio Castro, y Sao Paulo, Tarcísio de Freitas, quien fue ministro de Infraestructura durante su gestión.

Y si el domingo los golpistas subían la rampa del Palacio de Planalto -sede del Gobierno- y destruían todo lo que encontraban a su paso. El lunes, Lula la bajó agarrado del brazo de los jueces del Supremo, los ministros de su Gobierno y los gobernadores regionales.

El Estado de derecho frente a la barbarie. Esa marcha simbólica acabó en la sede del Supremo, donde se registraron los mayores daños.

Para Marco Teixeira, profesor de Ciencia Política del centro de estudios Fundación Getulio Vargas, Lula sale fortalecido y “con más legitimidad” al posicionarse como contrapunto de un bolsonarismo “nítidamente aislado”.

Aunque la crisis no acaba en el frustrado golpe del domingo. El bolsonarismo más radical ha mostrado músculo en la calle.

En los días siguientes a la victoria de Lula en las elecciones de octubre, miles de bolsonaristas bloquearon cientos de carreteras y levantaron campamentos a las puertas de los cuarteles que se mantuvieron hasta este lunes, cuando el Supremo ordenó su desmantelamiento.

Durante los dos meses que estuvieron en pie, en medio de la anuencia del Ejército, circuló la desinformación, el fanatismo, y las teorías conspiratorias, alimentadas por el silencio de Bolsonaro, quien aún hoy no ha reconocido su derrota en las urnas.

Incluso llegaron a colocar un explosivo en un camión cisterna cerca del aeropuerto de Brasilia, en vísperas de la investidura de Lula.

Fue el caldo de cultivo que desembocó en el intento de golpe de Estado, dentro de un contexto de altísima polarización que se vio de forma clara en la segunda vuelta de las presidenciales, que Lula venció por apenas 1,8 puntos sobre Bolsonaro (50,9 %-49,1 %).

El dirigente progresista asumió el compromiso de “pacificar” el país, aunque para Arantes tendrá “grandes dificultades” para alcanzar ese objetivo debido a la imperante división política.

Además, subraya que mientras que no se desarticulen las redes de financiación de esos grupos golpistas, “el país está sujeto a nuevas embestidas” como la del 8 de enero. (EFE)


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