Brexit y monarquía

Gran Bretaña, un país desorientado

La nueva primera ministra ha coincidido con el fallecimiento de la reina Isabel II, considerada por muchos factor de cohesión y estabilidad.

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Madrid - domingo, 18 de septiembre de 2022 - 5:00

Gran Bretaña va a la deriva desde que optara por el Brexit. Y, en el largo plazo, se podría decir: “de aquellos polvos, vienen estos lodos”. El legado de Margaret Thatcher, quien pretendiera revertir un largo declinar y terminara por influir en la agenda de la oposición laborista, ha conseguido el objetivo contrario. Una vez fuera de la UE, el país que protagonizara la Revolución Industrial carece de rumbo. Un censo exiguo de afiliados al Partido Conservador, integrado en su mayoría por personas mayores del sureste de Inglaterra, área más próspera, ha elegido a Liz Truss como nueva inquilina del número 10 de Downing Street. Un programa populista, basado en la promesa de fuertes rebajas fiscales –sobre todo para los ricos–, ha sido bandera en unas primarias sorpresivas. Por el contrario, su rival, previo ministro de Hacienda, se negaba a bajar los impuestos en contexto inflacionario.

Un gabinete multicultural, representativo de la sociedad emergente, ameritaba a Boris Johnson. Entre otros, su Ministra de Interior y Rishi Sunak, candidato derrotado, tienen orígenes en la Península Indostánica. Un detalle relevante de etnicidad: ambos integran la minoría formada por indios retornados desde Kenia, Tanzania y Uganda tras la disolución del Imperio Británico. Un grupo cohesionado, con sentido de comunidad y profesionales exitosos. En los centros comerciales más elegantes de Nairobi o Durban, sorprende su presencia apabullante. La nueva titular de Interior también procede de dicha colectividad.

La presencia multiétnica vuelve a destacar en el gobierno de Truss; pero, tal vez, los militantes “tories” veteranos todavía resulten demasiado conservadores para haber elegido como primer ministro a un ciudadano británico oriundo del Asia meridional. Si Sunak portaba el cosmopolitismo de la diáspora, no gustó su condición de poseedor de una “green card” de Estados Unidos, junto al detalle de que su esposa, una multimillonaria india, tuviera privilegios fiscales como no residente en el Reino Unido. Por el contrario, Lizz Truss, inglesa de pura cepa, se ha postulado como remedo de Margaret Thatcher –idolatrada entre los veteranos del partido–. Una fuerte crisis energética es paralelismo con la llegada al poder de la “Dama de Hierro”; y apoya, en clave subliminal, la marca de la nueva premier. En cualquier caso, Johnson habría vuelto a contar con el apoyo de los militantes de su formación.

Un dato expresa la grandeza de la democracia británica: la dimisión del primer ministro ha sido auspiciada por los propios diputados “tories”, algo impensable en tantos países con disciplina aplastante de partido.

Los columnistas de la prensa progresista londinense han dedicado epítetos terribles a Johnson, todo un personaje: sinvergüenza, mentiroso, amoral, oportunista, excéntrico, errático, irrespetuoso con la tradición parlamentaria, político más preocupado con las formas que con el ejercicio del cargo. La opinión pública no le ha perdonado el “partygate”: fiestas celebradas en Downing Street, con ministros incluidos, mientras el país estaba en cuarentena. El adalid del Brexit duro es hijo de un alto funcionario, tan europeísta que ha pedido la nacionalidad francesa ante el abandono de la UE. ¿El mito freudiano de matar al padre? Truss, enclavada en el ala derecha “tory”, también se ha rebelado contra sus progenitores laboristas. Si el multimillonario Donald Trump obtuvo el apoyo de votantes vulnerables a la globalización en el Medio Oeste, aparece cierto paralelismo. Johnson consiguió unos resultados excelentes en las elecciones de 2019, gracias a su vehemencia sobre el Brexit. El político supo sintonizar con antiguos votantes laboristas de clase trabajadora en el norte empobrecido de Inglaterra: el “Muro Rojo”.

El abandono de la unión aduanera define al Brexit duro: una decisión ilógica, si consideramos que la UE es el principal mercado exportador. Aquellos segmentos que se sentían derrotados por la globalización convirtieron la inmigración en chivo expiatorio; pero, la economía sigue dependiendo de trabajadores foráneos, con trasvase del flujo desde Europa continental a otras zonas. Las restricciones para atraer talento dañan la competitividad de Londres como centro financiero; y, en el “ranking” de referencia, Nueva York relega a la capital del Támesis
–ahora en segunda posición–.

Algunos meses después del referéndum, conversaba con un economista de la City. ¿Cuál fue la reacción de los londinenses a la victoria del sí en el Brexit?, pregunté. “La ciudad se quedó helada”, respondió. La metrópoli tolerante, con mayor peso de la inmigración, votó en contra. Las desigualdades han aumentado en las últimas décadas; y, desde el realismo social, las películas del cineasta Mike Leigh retratan la realidad de los perdedores. El retorno de la inflación, ausente de Europa durante mucho tiempo, y la escalada de precios energéticos se concatenan en círculo vicioso. La crisis del costo de la vida es tema estrella. Los laboristas habrían preferido un impuesto sobre las ganancias extraordinarias de las empresas energéticas; pero Truss fijará un tope en los precios máximos, financiado vía deuda pública. Una medida poco tory; pero la mandataria ya piensa en las próximas elecciones.

En el país que llegara a reconocer el derecho a no trabajar, el Estado del Bienestar cotiza a la baja. El Sistema Nacional de Salud, antiguo orgullo patrio, se encuentra desbordado por listas de espera y carencias varias.

Según parece, se mantendrá un programa aberrante y surrealista, instituido por Johnson: la extradición a Ruanda de demandantes de asilo llegados como ilegales desde Calais. Los migrantes, en el mejor de los casos, podrían quedarse en el país africano si se reconoce su condición de refugiados.

La primera ministra de Escocia aspira a repetir el referéndum sobre autodeterminación tras la salida de la UE. Una vez suprimida la frontera física con la República de Irlanda por los acuerdos de paz (1998), el Brexit deja a Irlanda del Norte en limbo legal. Su permanencia en la unión aduanera comunitaria complica el comercio con el resto del Reino Unido. Johnson quería revisar el protocolo firmado con Bruselas; y esta pretensión ha enfadado a Joe Biden, fiel a sus raíces irlandesas. El acuerdo de libre cambio con Estados Unidos, ansiado por Londres, podría peligrar.

En un Reino Unido más desunido, Isabel II, con su flema, discreción y saber estar, era considerada –por muchos– factor de cohesión y estabilidad. Una percepción de orfandad colectiva, más allá de la adscripción monárquica de unos y otros, impera durante estos días de luto. La reina siempre estuvo ahí, hasta el último día; mientras, se preservaba la ficción de Gran Bretaña como gran potencia. Los reproches por el pasado colonial no cesan de mermar el liderazgo en la Commonwealth.

“El adalid del Brexit duro es hijo de un alto funcionario, tan europeísta que ha pedido la nacionalidad francesa ante el abandono de la UE. ¿El mito freudiano de matar al padre?”.
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