Homenaje

Jacobo

“Gran lector y agudo crítico, no era posible darle gato por liebre. Hablaba a borbotones cuando un tema lo entusiasmaba y se expresaba con una dicción perfecta”, reseña el autor.

Ideas
Alfonso Gumucio Dagron
Por 
La Paz - domingo, 25 de septiembre de 2022 - 5:00

He heredado de mi padre amistades tan valiosas como la de Jacobo Libermann, que fue el amigo que lo acompañó literalmente hasta su último suspiro. Yo no estaba en Bolivia por razones de golpe mayor, pero el consuelo me llegó al saber que estaban mis hermanos y Jacobo junto a mi padre. Había 11 años de diferencia entre ambos, pero una amistad y lealtad que los hermanaba.

Me gustaba hablar con Jacobo. Era travieso como el niño que llevaba adentro, con ojos vivaces llenos de picardía, socarrón y malhablado cuando era necesario enfatizar una frase. Gran lector y agudo crítico, no era posible darle gato por liebre. Hablaba a borbotones cuando un tema lo entusiasmaba. Pequeño, hundido en el sofá de su biblioteca, era como un duende que soltaba ocurrencias como fórmulas mágicas para nombrar el mundo con ajos y cebollas.

Es de las pocas personas que conocí capaz de defender su posición entre un carajazo y una carcajada. Las discusiones que sostenía con mi padre cuando lo visitaba, eran de ese estilo. Jacobo se expresaba con una dicción perfecta, pronunciando cada palabra con todos sus contornos, incluso los improperios. Usaba todas las posibilidades del diccionario de la lengua española.

Cuando hablábamos, Jacobo rayaba la cancha recordándome cuán amigo había sido del Flaco y la satisfacción que sentía de que yo hubiese heredado la amistad y el cariño que se profesaban.

Solía evocar una anécdota del exilio que simbolizaba esa amistad especial. Recordaba con fruición la finca San Antonio, en Rosario del Tala, en Entre Ríos, que Jacobo administró cuando estuvo exiliado en Argentina durante la dictadura de Barrientos. A fines de esa década mi padre se recuperaba en Buenos Aires de una delicada cirugía de la que, en realidad, nunca se repuso. Jacobo lo visitó varias veces en el hospital y luego en la pensión de Marilú Valdivia de Escobari, donde estaba alojado.

En esas visitas lo encontraba deprimido, hasta que lo invitó a Rosario del Tala y lo acompañó en el viaje en tren hasta Zárate Brazo Largo y de ahí en ferry hasta Ibicuy sobre el río Paraná. Bertha, esposa de Jacobo, y los cuatro hijos (Máximo, Kitula, Juan y Gilka) los recibieron en el aljibe de la casa con una bandera boliviana atada a una caña larga. Era como estar un poquito en Bolivia, donde por las sinrazones de la dictadura militar no podían vivir.

“Le dimos una inyección de nueva fuerza a la vida, porque estaba delicado. Ahí estaba él en ese crepúsculo, y la bandera y las vacas mugiendo... y nosotros cantando el himno nacional”. En Rosario del Tala, en Buenos Aires o en el dormitorio de la casa de Obrajes en La Paz, las conversaciones entre Jacobo y mi padre duraban cinco o seis horas, nunca les faltó materia para discutir acaloradamente. A veces se puteaban, con inmenso cariño.

Hay mucho que escribir sobre Jacobo Libermann. Habría que rescatar su obra dispersa y devolverla a Bolivia. Si tan solo nos ponemos a revisar los números de la Revista de Arte y Letras Khana que fundó cuando era Oficial Mayor de Cultura de la Alcaldía de La Paz, tendríamos una medida de su enorme aporte a la identidad nacional. Sin favorecer capillas ni feudos, cada tres meses Khana abrió sus páginas a los investigadores más serios del país: Teresa Gisbert, José de Mesa, Carlos Ponce Sanginés, Julia Elena Fortún, entre otros.

Desde la Alcaldía de La Paz impulsó a mediados de los años 1950 el primer Festival Anual de Música y Danzas Nativas, creó la biblioteca paceña y también el Salón Anual Pedro Domingo Murillo, un espacio privilegiado para los artistas plásticos. Y mientras tanto escribía poesía, poco conocida todavía.

Hombre cercano a Paz Estenssoro, no tuvo tan buena “química” con Siles Zuazo quien al llegar a la presidencia en 1956 lo cesó sin mayor trámite, nombrando en su lugar en el cargo de Director Nacional de Informaciones, a José Fellman Velarde. Sin ingresos para mantener a la familia, abrió una pequeña librería en la Imprenta Artística, en la calle Ayacucho, que pertenecía a Jaime Otero Calderón, amigo y partidario político.Se llamaba Humaniora, como se leía en un gran letrero decorado por Luis Luksic. No les fue bien: “Fue un maldito negocio, más nos robaban los libros que lo que vendíamos”, recordaba Jacobo.

Luego de exilios y peregrinajes regresó a Bolivia y fue director del vespertino Última Hora y también columnista de varios diarios en los que colaboró hasta poco tiempo antes de su muerte. La memoria de internet es tramposa y deficiente, por ello no es fácil encontrar varios centenares de artículos que publicó Jacobo. Yo conservo algunos que me interesaron especialmente, como aquel que escribió a fines de 2013 sobre los chipayas que migran a Chile en busca de mejores oportunidades. El primer párrafo da una idea del vigor de su lenguaje de cronista:

“A nadie le importa si están aquí, allí, en cualquier lugar o desaparecen. Los miran sin ver y son transparentes como el vidrio. Parecen estar y no están. Su tiempo pertenece a un ayer sin fecha. En la estructura social, desde las oscuras edades del pasado, existe una escala de servidumbres de los indios chipayas que fueron subalternos de los aymaras y éstos, a su vez bajo el dominio de los incas, hasta llegar al sistema colonial hispanoamericano y sus jilakatas mestizos provistos de chicote. Habría que estudiar el papel de los cholos en el mundo de la explotación india. ¡Ahora lucen sombreros negros de ala ancha!”.

Su interés por la figura fundacional de Bolívar lo llevó a dedicar varios años de investigación entre los documentos y cartas del Libertador y a convertirse en uno de los mayores especialistas de América Latina. Tiempo de Bolívar: 1783-1830, publicada en 1989 en dos tomos, tiene más de mil páginas que son la mejor prueba de esa dedicación. Paradójicamente, no se publicó en Bolivia. La primera edición se hizo en Colombia y dos años después la segunda, en Venezuela, con auspicio de la presidencia de la república. Su incorporación a la Academia Boliviana de la Historia el 17 de febrero de 1993, no fue sino un reconocimiento de su enorme capacidad y erudición. Ocupó desde entonces la silla “Z” con la que empieza su segundo apellido, Zelonka.

Hablé con Jacobo Libermann por última vez el domingo 28 de septiembre de 2014, para felicitarlo por su cumpleaños. Lo sentí animado como siempre, con esa voz que vibraba de juventud. Sin embargo, me dijo que ya no quedaba nadie de su generación para charlar, y que veía cercana la posibilidad de seguir conversando con mi padre más allá de la vida. Quizás por eso cuando el corazón volvió a traicionarlo durante esa semana y los médicos recomendaron que fuera internado en una clínica, él, con la plena lucidez que lo acompañó hasta el último minuto, dijo que prefería quedarse en la casa. Y el viernes 3 de octubre de 2014 al mediodía, casi entre sueños, decidió que ya era tiempo de irse.

“Me gustaba hablar con Jacobo. Era travieso como el niño que llevaba adentro, y malhablado cuando era necesario enfatizar una frase”.

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