Educación

¿La generación más preparada de España?

La referencia a los jóvenes actuales como los mejor preparados de la historia es común. Sin embargo, las cosas podrían no ser lo que parecen.

Ideas
España - domingo, 26 de junio de 2022 - 5:00

Los jóvenes españoles, entre los que hay amplísima proporción de universitarios, engrosan la generación más preparada de la historia. Esta frase es cantinela habitual en la conversación nacional. Como abogado del diablo, querría refutar –al menos en parte– dicha proposición, porque hay lugares comunes que devienen en leyendas urbanas. Me agrada una expresión anglosajona: los hechos son los hechos. Un punto de partida: ¿qué pinta Darwin en todo esto?

Yo formo parte de la cohorte demográfica más numerosa de España: aquellos nacidos en los años 60 y primeros 70. Los “baby boomers” ibéricos, acostumbrados a lidiar en medio competitivo cual selección natural. En mi niñez, viví varias mudanzas; y recuerdo la odisea de encontrar plaza en colegios públicos, que ahora languidecen, de Logroño –capital de La Rioja– y Madrid. En la primera ciudad, tuve el privilegio de ser alumno, con ocho y nueve años de edad, de Don Santiago Pérez, el profesor que mayor huella me ha dejado. Dos espacios de sobremesa eran reservados para lectura individual: libros un día; y comics –o tebeos–, otra tarde. El padre difunto de un compañero muy rebelde también había sido alumno del maestro. Y, delante de toda la clase, don Santiago puso como ejemplo al finado, emigrado a la Argentina, donde, según nos explicó, existía una provincia llamada La Rioja. Aquellas menciones a Latinoamérica son recuerdo imborrable.

Entre nuestros compatriotas alumbrados durante las primeras décadas del siglo XX, aquellos con más luces solían cursar magisterio, para ejercer como docentes en educación primaria, opción más a mano en país pobre y rural. No obstante, desde hace muchos años, dicho grado apenas atrae alumnos competitivos. Las políticas públicas podrían remediarlo, caso de Finlandia con sus resultados excelentes en el Informe PISA; pero, en España no se ha hecho.

El acceso multitudinario a la universidad en los años 80, con los gobiernos socialdemócratas de Felipe González, simbolizó el proceso de modernización; pero, esta moneda también tenía su cruz. Como estudiante de Ciencias Económicas en la Universidad Complutense (1985-90), recuerdo los madrugones invernales y las colas para pillar buen sitio en aula de anfiteatro (primer curso). La matrícula de mi promoción desbordó a la facultad; y las clases empezaron con gran retraso, pues hubo que reclutar docentes adicionales. En segundo curso –el más duro–, sufrimos una huelga brutal de profesores no numerarios (PNN). Por decreto, serían nombrados titulares si terminaban la tesis doctoral –una bicoca–. A esas se pusieron y dejaron de impartir clases para priorizar sus intereses, cuales epígonos del “homo economicus”. Los alumnos éramos víctimas de masificación y “penenes”. Muchos catedráticos estaban en excedencia a raíz de una ley de incompatibilidades; y, preferían ocupaciones donde ganaran más plata. Nadie regalaba nada al estudiante; y había que buscarse la vida en territorio hostil. “No hay comida gratis” es una de las cuatro o cinco ideas básicas en Economía.

Mis alumnos alemanes de maestría me refieren que en Ratisbona asisten a algunas clases tan repletas de condiscípulos como aquellas; pero están muy preparados. Sus exposiciones suelen resultar excelentes, desde la atención prestada al rigor metodológico. La situación presente en las universidades públicas españolas con más solera –antaño llenas– es un lujo, dado el número reducido de estudiantes por grupo. La expansión de instituciones privadas, llegadas a destiempo demográfico, y la inauguración excesiva de centros con inversiones de gobiernos autonómicos han multiplicado la oferta de plazas en país envejecido, donde nadie previó que la búsqueda de clientes para tantos “chiringuitos” sería desafío principal.

En el área de ciencias sociales –mi dominio–, los jóvenes universitarios son nativos digitales; y participan en los intercambios europeos del programa Erasmus. En cualquier caso, tras una larga carrera docente, no dejo de percibir una bajada continuada del nivel académico. De aquellos polvos vienen estos lodos: las reformas en el bachillerato han promovido carencias intolerables en ese acervo llamado cultura general. La crianza cuales niños escasos y protegidos, con celo excesivo anticipa una merma del respeto al profesor; algo también favorecido por la vulgaridad de los modelos televisivos.

Qué diferente cuando existían programas que enseñaban a reverenciar el debate intelectual, como “La Clave” o “A Fondo”, por donde pasaron desde Jorge Luis Borges a Octavio Paz. Si el fenómeno “nini” –“ni estudia ni trabaja”– se extiende por doquier, los universitarios han perdido la presión en entornos despoblados. Las posibilidades de acceso ilimitado a la cultura vía internet topan con apatía y desgana hacia un bien gratuito: un estudiante medio de grado desconoce lo que es una película en blanco y negro. Qué diferente cuando reinaba la escasez. En mis tiempos de escolar, yo ansiaba la compra de la revista Teleprograma (TP), para informarme sobre las pocas películas de calidad que proyectarían los dos canales de la televisión pública durante la semana entrante.

Desde la influencia ejercida por el enciclopedismo francés, veníamos de “carreras” fuertes, culminadas con título de licenciado; pero, este vocablo señero –recordemos la novela cervantina El licenciado Vidriera– ha sido desterrado. Se han impuesto los “grados” asépticos sin nombre, más livianos en duración y exigencia. Como prolongación, una inflación de programas de maestría tiene como correlato la competencia por plantel reducido de estudiantes. Fenómeno susceptible de caída de listones.

Los planes europeos de Bolonia, destinados a combatir la tradición escolástica asociada a hegemonía de la clase magistral, han descafeinado la evaluación de los estudiantes de grado. Como regreso al bachillerato
–con pérdida de madurez incluida–, se han multiplicado los exámenes parciales. Olviden aquello de sacar un 5. Un suspenso con 4 puntos –sobre un total de 10– en el examen final casi equivale a aprobado, gracias a la evaluación continua: trabajos varios, desde ejercicios a exposiciones, más asistencia a clase. La continuidad subliminal del modelo de hiperprotección infantil. Y, respecto a la excelencia, en la antigua universidad masificada una matrícula de honor era como ganar el Tour de Francia cuando corría Miguel Induráin; ahora es diferente. Todo es más fácil: café para todos.

“Qué diferente cuando existían programas que enseñaban a reverenciar el debate intelectual, por donde pasaron desde Jorge Luis Borges a Octavio Paz”.
“Qué diferente cuando existían programas que enseñaban a reverenciar el debate intelectual, por donde pasaron desde Jorge Luis Borges a Octavio Paz”.

Sergio Plaza Cerezo / Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid

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