La dictadura en Chile

La patria está primero

En público y en privado, solía advertir que no escatimaría esfuerzos en repudiar la violación a los derechos humanos porque lo ocurrido nunca más debiera repetirse.

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Santiago - domingo, 15 de enero de 2023 - 5:00

José Manuel Villalobos le había perdido la pista hace años a Ernesto, su hermano mayor, que no había terminado su carrera de ingeniero y se había decidido por las ciencias políticas. Por su madre se había enterado de que –hace añosv se había unido a un prestigioso thinktank en Boston. Le iba muy bien, buena situación económica, abundante trabajo. Un hombre inquieto, frágil, empeñado en encontrar un propósito de vida, una causa que le hiciera sentido. Mucho más no sabía, tampoco le interesaba mayormente. Eran tan distintos, blanco y negro. Resultaba evidente que habían emprendido rumbos opuestos. Pero llegado el momento, José Manuel cumplió con invitarlo a su matrimonio, en Santiago, con pocas esperanzas de que viajara. Pero lo hizo, solo. El reencuentro se redujo a un apretón de manos, el palmoteo clásico en las respectivas espaldas, tanto tiempo, felicidades.

Gloria, la madre, insistió en una fotografía de los dos hermanos juntos. Imposible negarse. Al día siguiente Ernesto dejaría Chile. En los años siguientes no habría cartas ni llamadas telefónicas entre ambos. No se volverían a encontrar. Las distancias entre los hermanos se alargaron, y las asperezas fueron brotando como verrugas antiguas, feas, con profundas raíces de recelo y sospecha. José Manuel era entonces un teniente disciplinado que sólo pensaba en su vocación de soldado, en servir a la patria con lealtad inclaudicable. El discurso majadero de la dictadura lo había obnubilado, y no tardó en memorizar el libreto oficial: extirpar el cáncer marxista, defender la familia y la propiedad, recuperar la libertad, liquidar a los terroristas, porque son ellos o nosotros.

A diferencia de su hermano, José Manuel nunca había tenido conflicto existencial alguno con la llegada del golpe (él hablaba de pronunciamiento militar). Más bien por el contrario. Sentía la vocación de soldado en los huesos y, siendo muy joven, la historia lo había colocado en un sitio de privilegio que lo llamaba a sumarse a la gloriosa tarea de la reconstrucción nacional. Quería hacer lo imposible para llevar el nombre de la familia con orgullo, aunque su padre, el general de ejército Joaquín Villalobos, no estuviese para verlo vestir también su uniforme militar. Su muerte lo había sorprendido a los 60 años.

En momentos difíciles, pensaba José Manuel, se hacía imperativo mirar hacia el futuro, estar dispuesto a aprovechar las oportunidades que brindaba la vida. Y con él ella había sido generosa. Gran parte de sus sueños se habían cumplido. 40 años más tarde, con el grado de general, el ejército era su segundo hogar. Allí se había forjado un camino propio a punta de disciplina, obediencia debida. Era la cabeza de una familia bien constituida, una esposa dedicada a su hogar, incondicional a su esposo, siempre a su lado, en las buenas y en las malas. Amalia, de profundos ojos negros, maquillaje discreto. Se teñía las canas cada mes para mantener su melena castaño oscuro. Amante de la moda, procuraba llevar la cartera del mismo color que los zapatos, aros de perlas como el collar. Hija de un general de ejército jubilado, conocía bien a la familia militar y se sentía cómoda en su seno. Madre de tres hijos ejemplares.

José Manuel lucía una hoja de vida impecable, amante de la corrección, metódico, puntual y hombre de palabra. No provenía de la aristocracia criolla, pero se había pulido. Había conocido el mundo y con el tiempo fue tejiendo contactos sociales y políticos dentro y fuera de Chile. Paso a paso, fue subiendo los peldaños de la invisible pero maciza escala institucional y social.

Los tiempos habían cambiado y la idea del inicio de una transición pacífica y pactada no lo asustaba, como a algunos de sus compañeros. Creía genuinamente que se trataba de nuevos desafíos ineludibles que él, como soldado, estaba dispuesto a asumir sin demora. La patria está primero, era una de sus frases favoritas. El país estaba libre del yugo marxista, el modelo neoliberal instalado, la casa en orden. Los exiliados comenzaban a volver en forma masiva, y la hasta entonces oposición iniciaba su primer gobierno democrático. Cierto, se habían cometido algunos excesos en el campo de los derechos humanos en el pasado, pero qué diablos, los chilenos se habían enfrentado a una guerra civil de proporciones, donde las bajas habían sido inevitables. En público y en privado, solía advertir que no escatimaría esfuerzos en repudiar la violación a los derechos humanos porque lo ocurrido nunca más debiera repetirse por el bien del país.

Cierto, le irritaba profundamente que la oposición siempre hablara de los caídos, los de su lado, como si los miles de uniformados muertos fuese una fantasía militar. Con firmeza, Villalobos había promovido la creación de mesas de diálogo entre civiles y militares para comenzar a conversar y cicatrizar heridas. Las fuerzas armadas lo habían escuchado e insistían en la necesidad de dar vuelta la hoja. La palabra reconciliación se escuchaba cada vez con más fuerza desde la derecha y de un sector del nuevo gobierno democrático.

Pero la sociedad estaba lejos de mostrar un frente unido. La demanda de algunos grupos de alcanzar la verdad y la justicia para los detenidos-desaparecidos era creciente, a ratos se volvía un estribillo majadero. Hasta que sucedió lo impensable. Cuando era casi un hecho que Villalobos sería el próximo comandante en jefe del ejército, la Corte de Apelaciones de Santiago lo condenó a cinco años y un día como autor de torturas y asesinatos cometidos a comienzos de la dictadura en Valdivia
–entonces era un teniente–, y como encubridor de 12 fusilamientos extrajudiciales en esa zona. Gloria, la madre, sufrió un ataque de pánico cuando Amalia la llamó para comunicarle la noticia. Comenzó a sacudirse en espasmos sucesivos hasta que se desplomó en el piso de la cocina, recién trapeado. Ernesto se enteró por CNN mientras desayunaba cereales con arándanos en su departamento de Boston. Sólo atinó a coger su celular y a bloquear el nombre de su hermano. Para que nunca más, dijo en voz baja.

“En momentos difíciles, pensaba José Manuel, se hacía imperativo mirar hacia el futuro, estar dispuesto a aprovechar las oportunidades que brindaba la vida”

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