La espada en la palabra

Liberalismo: Apuntes para su comprensión

El liberalismo, a diferencia de otras ideologías, no supone una fórmula ortodoxa sin la cual el progreso es imposible, desarrolla el autor.

Ideas
Ignacio Vera de Rada
Por 
La Paz - domingo, 26 de junio de 2022 - 5:46

Últimamente me fui dando cuenta de que las personas no saben bien qué es el liberalismo; lo estoy comprobando en muchos espacios: en las calles, en las columnas de opinión e incluso en la misma academia. Muchos cándidos apasionados de sus más famosos postulados, o muchos enemigos encarnizados del socialismo dominante en Latinoamérica, lo confunden con un modelo político primordialmente relacionado con el librecambio, la privatización y el capitalismo furioso, elementos todos estos que, si bien son propios de la doctrina liberal, no son ni de lejos los más importantes ni los más substanciales de la misma.

Ser liberal, como ser buen cristiano, es ante todo un estilo de vida que toca a todos los espacios de la cotidianidad, una manera de entender el todo (incluso la naturaleza y el universo) y una actitud privada aun en aquellos momentos y ámbitos que están al margen de la política y la vida pública, como la familia, la vida en pareja, o el trabajo.

El liberalismo no es, como sus detractores piensan o quieren hacer pensar a las masas, una receta política que señala una serie de pasos infalibles –vinculados con el librecambio primordialmente– sin los cuales no será posible aquella tierra de felicidad a la que apuntan todas las ideologías y los idearios políticos. El indianismo, el socialismo, el feminismo y el fascismo, son ideologías que no pueden entenderse sin los pasos irrefutables que abrigan, sin una identidad cerrada que deben tener todos sus adherentes y, sobre todo, sin el espíritu historicista que los ha sostenido desde siempre. El tribalismo que los sustenta, se sustenta en la mirada historicista hacia un fin inminente y la jerarquización rígida de sus estructuras sociales.

El liberalismo, a diferencia de aquéllos, no supone una fórmula ortodoxa sin la cual el progreso es imposible; probablemente el único dogma que posee es el de la cualidad individual del ser humano, desde la perspectiva de la ontología (rama de la filosofía que, en último término, termina siendo metafísica y hasta teológica, pues se encarga de entrever los fines trascendentales del ser humano que van más allá de esta tierra en la que vivimos).

El liberalismo se planta en la posición humilde y realista de que el ser humano es falible y no un todopoderoso que lo sabe y entrevé todo, una posición que en realidad es socrática. A diferencia del indianismo, el feminismo, el socialismo o el fascismo, no profetiza la historia, no ensaya atrevidos sistemas históricos (con espíritu hegeliano) en el que se oponen y luchan maniqueamente dos fuerzas sociales (ya sean blancos contra indios, machistas contra feministas, burgueses contra proletarios o razas superiores contra inferiores) a lo largo del tiempo ni se atreve a dibujar crisis o cataclismos inminentes que no sean los de la falta de libertad en las sociedades.

El liberal tiene como único principio incuestionable el de su propia libertad, que es al mismo tiempo el de la libertad de todos los de la sociedad y que se pone en práctica en la crítica y el disenso creadores.

El liberal es una persona que practica un código ético muy profundo. Dado que no piensa la política como una serie de pasos que devendrán la revolución, el Estado ideal, la ciudad utópica o la supremacía de una raza o clase sobre la otra, se guía por principios éticos que marcan su actitud (tales como la crítica, la tolerancia, el esfuerzo perpetuo por la superación individual) y por el raciocinio como fundamento de todo hacer y obrar. Aplica la ingeniería gradual de transformaciones técnicas pequeñas antes que la revolución que asola con todo. A diferencia del nacionalista y el socialista, el liberal no cree en el alma del terruño ni en fuerzas místicas que predeterminan quiénes son los elegidos para el éxito ni si algunas naciones o clases deben persistir en el espacio y el tiempo, sino solamente en el esfuerzo creador individual que eventualmente puede irradiarse en una psiquis colectiva o una sociedad. No existe la nación, sino solamente, como decía Ortega y Gasset inspirado en Renán, un pacto diario de vivir (o de soportarnos) en comunidad.

Dado que el liberal aplica siempre la facultad racional, no se cierra a propuestas que provengan de otras ideologías y que, en determinados momentos de la historia, pueden ser acertadas; así, puede integrar o combinar modelos económicos según las circunstancias, llegando a aprobar el modelo de economía social de mercado, por ejemplo.

Muchas veces se ha confundido al liberal con el anarquista, pero éste es un craso error de comprensión. El liberal sabe que, aunque el Estado debe ser pequeño, las instituciones públicas no son entes prescindibles: son un mal necesario sin el cual la vida en comunidad sería prácticamente imposible.

En Latinoamérica muy pocas veces ha habido círculos verdaderamente liberales insertados en la praxis política. Y esto por dos razones: 1) porque es muy difícil para un verdadero liberal estar encorsetado en los esquemas jerárquicos y rígidos de un partido político y 2) porque los liberales normalmente no son muy exitosos captando masas de electores debido a que en campañas políticas no esgrimen discursos ruidosos y seductores, que son los que más gustan a los oídos ingenuos e infantiles.

Muchos creen que el liberalismo es la derecha y que la derecha es el liberalismo. Se equivocan. Como ya dije, el liberalismo es, además de un espíritu liberal para la empresa y las finanzas, una cultura que tiene que ver sobre todo con la educación abierta y crítica, la apertura a la ciencia universal, la justicia independiente y proba y el respeto a las instituciones y el estado de derecho, elementos no llevados a la práctica por los políticos de izquierdas y progresistas, quienes tienen en mente otras filosofías y, por tanto, otros mecanismos para llegar a la felicidad.

Por último, así como el liberalismo es crítico con todo y con todos, lo es también con su propia doctrina, y ésta es la mayor prueba de un espíritu realmente liberal. Es todo menos integrista. Pero ¿qué certidumbre ofrece entonces para la política y la vida, si termina cuestionándose a sí mismo con el mismo rigor con que cuestiona a las demás ideologías? Bien, esto se resuelve de la siguiente manera: así como, según un gran político, la democracia es, de todos los sistemas de gobierno que se inventaron, el menos malo, el liberalismo, aunque crítico consigo mismo, también sabe que, por lo que ha demostrado la historia hasta hoy, de todas las ideologías ensayadas por el hombre, es hasta ahora la menos nociva y perniciosa y la que ha brindado mejores frutos para la civilización allí donde se la puso en práctica.

“El liberalismo se planta en la posición humilde y realista de que el ser humano es falible y no un todopoderoso que lo sabe y entrevé todo”.
“El liberalismo se planta en la posición humilde y realista de que el ser humano es falible y no un todopoderoso que lo sabe y entrevé todo”.

Ignacio Vera de Rada / Profesor universitario

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