Cambio climático y demografía

Nuestro canto del cisne, un suicidio colectivo

Los gobiernos ya tienen manuales del camino que deberíamos seguir... pero hay intereses más poderosos que el destino global.

Ideas
Santiago Siles Rolón
Por 
La Paz - domingo, 22 de enero de 2023 - 5:00

El mundo no atraviesa su mejor momento. Sucesivas crisis van dando forma a un futuro incierto y definitivamente cada vez más oscuro. ¿Nos debería quedar alguna esperanza a estas alturas de la historia? A este paso, conociendo a la humanidad, las pocas oportunidades que tenemos de cambiar el rumbo hacia la catástrofe son exiguas.

Por cada persona crítica, una que quiere cambiar de verdad la situación, hay un fanático o un populista que, aclamado por masas irreflexivas e ineptas, toma las palestras de decisiones y proclama la ignorancia y el descuido. Para la gente íntegra, la que lamentablemente está consciente del abismo, lo único que queda es la esperanza individual de no haber contribuido de más a este decadente suicidio colectivo.

Nuestros gobiernos ya tienen manuales más o menos claros del camino que deberíamos seguir... pero hay intereses más poderosos que el destino global. Estos inclinan la balanza a la hecatombe, una que día a día se hace más patente y cercana. El miedo del final, uno que va más allá de la vida propia, exacerba a las personas y las lleva al límite, sacando su naturaleza egoísta y volviéndolas proclives a fanatismos absurdos.

Las señales que la naturaleza nos está mostrando, las que nos indican que algo anda mal, son frecuentes y cristalinas. A las olas de calor, sequías y crisis alimentarias –una avivada por la absurda guerra de Putin– se une la reciente y aún presente pandemia del covid 19. El 2019, 2020 y 2021 se nos dijo severamente que dejemos a la naturaleza en paz, que no era nuestro derecho entrar a hábitats que no nos correspondían. Nuestra respuesta, cómo no, fue la de encontrar paliativos y curas para seguir haciendo lo que hacíamos, un poco más asustados... pero aún con la torpe ilusión de que podremos sobrevivir a todo.

Más allá del activismo o la anodinia, debería existir un temor razonable a las consecuencias de nuestras propias acciones absurdas y dañinas. No me refiero a un miedo religioso y basado en libros de milenario origen; me refiero a un miedo sustentado en datos comprobables y en el clamor de la comunidad más rigurosa.

Vale con ver que los científicos, los que mejor saben lo que está sucediendo, están desesperados y visiblemente afligidos por el porvenir de la humanidad. En esta línea, el informe del IPCC y otros tantos informes similares, nos indican que ya no hay vuelta atrás. Si no nos podemos extremadamente serios al respecto, si no cambiamos a ritmos acelerados nuestro modelo de vida, entonces el mundo está camino al atolladero.

No sólo eso. Las investigaciones confiables al respecto indican que ya es imposible llegar a las metas que serían óptimas, que ya es imposible contrarrestar lo que se viene, que ya sólo nos queda mitigar los efectos climáticos.

Aun así, pese a todo, científicos, pandemias y catástrofes, los políticos y caras visibles del mundo están lejos de querer cambiar las cosas. Prueba de ello es que, a los datos oscuros que nos viene dando la ciencia, éstos responden de maneras retrógradas, insultantes y violentas.

No por nada Rusia y el canalla de su líder iniciaron una guerra cobarde en Europa. No por nada el Tribunal Supremo de Estados Unidos, uno anclado al retroceso y a la mezquindad, limitó los poderes a la Agencia de Medio Ambiente. Oriente, por su parte, no se queda atrás; China es cabeza de lanza de la destrucción medioambiental a lo largo de su amplia ruta de la seda.

Los individuos no pueden hacer mucho respecto a lo que se contamina. El ejemplo de una persona, a no ser que seas significativamente importante y mediática, no cambiará mucho las cosas. En 2022 llegamos a 8 mil millones de personas alrededor del mundo, con crisis imposibles y con la tendencia dirigida a alcanzar la escandalosa cifra de 10 mil millones para el 2050. No digo que botar la basura en diferentes contenedores no ayude, pero si no existe un reclamo colectivo y un cambio general, las estadísticas nunca quedarán a nuestro favor.

El aumento poblacional es notablemente perjudicial, mucho más cuando las diferencias sociales se ensanchan y la pobreza y hambre se asientan. Aun así, la gente tiene la soberbia de penalizar el aborto y de dárselas de defensores de la moralidad. Se creen por encima del control de natalidad o la eutanasia, autonombrándose dueños de la verdad o del futuro. Peor aún, atacan la homosexualidad, la forma más responsable de relación, una que rara vez se reproduce y que más bien se encarga de amortiguar la multiplicación de otra gente.

En Bolivia estamos dramáticamente mal. El gobierno ha regalado nuestras áreas protegidas a los mineros auríferos y nos ha posicionado como unos de los cinco países que más deforesta en el mundo; el río Tuichi, el más biodiverso del mundo, ya está cuadriculado para su explotación.

Pese a todo, los mineros piden más, contaminando lo que les da la gana y violando toda convención y tratado medioambiental posible. La COP27, de parte de nuestro país y de parte de muchos otros, es un saludo a la bandera. La Pachamama boliviana está agonizando y el MAS no tiene ninguna intención de parar.

Al final, más allá de esta realidad que no se adapta a los optimistas, las imágenes del telescopio James Webb nos demuestran que el universo, pese a la irracionalidad humana, mantendrá su belleza después de nuestros tiempos.

“El aumento poblacional es notablemente perjudicial, mucho más cuando las diferencias sociales se ensanchan y la pobreza y hambre se asientan”.

Necesitamos tu apoyo

La mayoría de las noticias que publicamos en nuestra página web son de acceso gratuito. Para mantener ese servicio, necesitamos un grupo de generosos suscriptores que ayuden a financiarlo. Apoyar el periodismo independiente que practicamos es una buena causa. Suscríbete a Página Siete Digital.

 

Hacer click

 

NOTICIAS PARA TI

OTRAS NOTICIAS