Manifiesto de la alteñidad

¡Somos El Alto! y juntos seremos la primera ciudad

La asamblea de la alteñidad ha demostrado que las organizaciones sociales cumplen un papel protagónico e histórico en las trasformación del munipio, sostiene la autora.

Ideas
Redacción Diario Página Siete
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La Paz - domingo, 15 de mayo de 2022 - 5:00

La ciudad de El Alto asume el desafío de constituirse en la primera ciudad de Bolivia en población y desarrollo. Así lo resuelve la multitudinaria asamblea de la alteñidad realizada el pasado 7 de mayo, que aprobó el “manifiesto de la alteñidad”, documento que consolida un acuerdo social fundamental, rumbo al Censo de Población y Vivienda 2022.

Entre los discursos preparatorios de ese día, un dirigente manifestó que el municipio alteño se constituye gracias a los migrantes de las provincias y que, las nuevas generaciones en el municipio, no alcanzan a cumplir más de 37 años. Y efectivamente, El Alto se fundó el 6 de marzo de 1985 mediante la Ley No. 728 como la cuarta sección municipal de la provincia Murillo.

Es la ciudad más joven del país y en sólo tres décadas logró pasar de ser una zona periférica de La Paz a convertirse en la segunda ciudad más poblada del país; de una población de 11.000 habitantes en el año 1950, pasó a ser habitada por 1.089.100 persoonas, de acuerdo con las proyecciones del INE para el 2021. Cabe destacar que en el censo de 1992 la ciudad de El Alto solamente tenía 402.492 habitantes, y en la actualidad es sin duda una potencial candidata a convertirse en la primera ciudad en población de Bolivia.

Como afirman sus dirigentes, ser la primera ciudad en población del país no es sólo una aspiración para ganarle a Santa Cruz, es una urgente necesidad. Es conocido que, durante varias décadas, los municipios rurales de La Paz se han nutrido de los recursos económicos que se otorgan según la asistencia controlada en el día del censo, de los “residentes” aymaras de la ciudad. Este fenómeno ha favorecido el progreso del campo y éste, a su vez, continúa siendo una fuente importante de subsistencia para las familias aymaras. Recuerdo que en tiempos de cuarentena fueron los productos del campo los que dieron sustento a las familias alteñas.

Ahora es el turno de la ciudad. En el muyo (turno) aymara, la rotación y el turno son fundamentales en el ejercicio del poder y la ocupación del territorio. A los aymaras migrantes nos toca –me incluyo– censarnos aquí en la ciudad para garantizar los recursos necesarios para nuestro desarrollo. Y es por esto que en el primer punto del manifiesto se ha resuelto, tal como se hace en el campo, aplicar el “control social” para garantizar la presencia de todos los alteños en el censo.

Otro elemento fundamental del manifiesto por la alteñidad es la identidad cultural y política. En medio de una ferviente discusión por la autoidentificación cultural entre quienes se creen “indígenas” y quienes se creen “mestizos”, se afirma con contundencia: ¡No somos indígenas, somos aymaras! El mestizaje es tan engañoso como la indigenidad; la primera es un mecanismo de blanqueamiento y la segunda nos reduce a ser subalternos “minorías indígenas” sin expresar con nombre y apellido lo que somos. Somos aymaras, venimos del señorío aymara y así se reconoce en el manifiesto; venimos del ayllu, esta identidad cultural y política se funda en el respeto a la identidad y va más allá de las fronteras urbano/rural, centro/periferia, nosotros/los otros, más allá de estas biparticiones.

Se trata bailar la identidad al ritmo de la cumbia, chicha, rock, reguetón, sin complicaciones.

Para ello es necesario realizar un giro de sentido de la identidad alteña. Uno de los programas del grupo Jichha se denomina “Las cara de llama”, un espacio que logra cambiar el sentido racista y excluyente del término “cara de llama” y lo empodera hacia una afirmación positiva. De igual forma, las identidades deben forjarse a partir del respeto y la afirmación positiva.

De este modo, es fundamental fortalecer la identidad alteña, nutrirla de una carga altamente positiva, donde el “ser alteño” signifique modernidad propia, desarrollo tecnológico y dignidad aymara, conscientes de que la racialización es estructural y social.

He visto decenas de tik toks y comentarios en redes sociales con adjetivos negativos contra los alteños,como “salvajes”, e “indios”. Es hora de forjar lo propio desde esas voces salvajes a partir de la transformación de la ciudad alteña en una potencia regional y geopolítica.

Un elemento a destacar es el lenguaje del manifiesto. “Somos el Altopatamarka” dice el documento, es la ciudad que habla a través de sus organizaciones sociales, esa es la identidad unificadora que parece formar un solo cuerpo político alteño que renueva el papel de sus líderes sociales.

Contrario a todo lo que se piensa desde afuera y a pesar de los procesos de fragmentación social de la última década, con la asamblea de la alteñidad se ha demostrado que las organizaciones sociales actualmente tienen un papel protagónico e histórico en las trasformación del munipio.

Deseamos que a nivel nacional, las organizaciones recuperen su independencia y luchen por lo que es realmente importante, la liberación y desarrollo de los pueblos que conforman nuestra Bolivia.

“Vamos a elaborar nuestra carta orgánica”, menciona el documento, y esto significa una oportunidad importante para forjar un nuevo proyecto político social regional de la mano de las organizaciones sociales. Nuevos líderes, junto a liderazgos más antiguos, se unen; diferentes ideologías, sectores con agendas diferentes se juntan para construir una nueva agenda de lucha social y político, que esta vez de centra en El Alto, en constituirla en la primera ciudad de Bolivia, mejor que Santa Cruz, mejor que La Paz, y al mismo tiempo, una ciudad abierta al mundo.

“Es la ciudad que habla a través de sus organizaciones sociales, esa es la identidad unificadora que parece formar un solo cuerpo político alteño”.
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