Sólo en crisis

Cultura del “aguante” y “soluciones” paralelas

domingo, 11 de diciembre de 2016 · 00:00
María José Rodríguez*

La fila era larga, cosa normal en esta época del año. La oficina de autorización de viaje al extranjero para niños, niñas y adolescentes… (ya no "del menor”) parecía un hormiguero ordenado inicialmente. 
 
Alrededor de 40 personas haciendo una fila serpentina pegada a los bordes de las paredes como nos indicaba toscamente la oficial a cargo. Una fila improvisada  en medio de un hall de entrada, que obviamente no ofrecía ni siquiera un banquito para hacer la espera más llevadera.
 
Y es que no es poco el tiempo que se debe permanecer allí y de pie. Lo que hace un año tomaba una hora; y hace tres, media, hoy toma entre cinco y siete horas. Una jornada de trabajo completa. Y nada de tener números en papelitos  para "tomar turno”, como sucede en los supermercados, los bancos y en el mismo permiso para viajes nacionales dependiente de la Alcaldía paceña. La oficial lo dejaba claro, eso no se hace acá.
 
 A las 9:00 iniciamos la fila con la disposición entregada a perder la mañana. A las 11:00  habíamos avanzado algo menos de dos metros. Para las 12:00 los murmullos comenzaron. Nos sacarían. Se cerraría la oficina y la fila se trasladaría a la calle. Sin dejar de protestar nos hallamos fuera bajo el sol pelado en fila, otra vez, pegada a la pared. 
 
Debíamos esperar fuera las dos horas que los funcionarios van al almuerzo, sin hacerlo nosotros. Una madre organizó al grupo para hacer un sistema de relevos y así conseguir mantener la fila "resguardada” de los próximos ciudadanos e ir a comer.
 
A las dos de la tarde, volvió el personal y volvimos a formarnos contra la pared. Al parecer el sistema consiguió acelerarse y en una hora habíamos terminado el trámite. En total seis horas y media.
 
Reconocí al funcionario receptor de la documentación. El mismo que hace menos de dos años había logrado en media hora el mismo trámite. ¿Qué sucede? Y la respuesta fue algo así como "no hay más personal, el sistema está lento y no aumentan a nadie”. A pesar -completaría yo- de que cada año en esta fecha, y sin sorpresas, los solicitantes de este trámite se triplican.
 
Por otras familias que pasaron el mismo viacrucis supe que, ahora a falta de iniciativas institucionales para resolver el problema, han reaparecido los tramitadores o "hace filas” quienes venden a 50 bolivianos la "ficha” para evitarse las largas horas de espera. Y es que, cuando la cultura institucional es incapaz de innovar y resolver, las soluciones paralelas aparecen.
 
Las instituciones se resquebrajan, el ciudadano pierde nuevamente la dignidad y los costos al margen crecen. Es como caminar sobre la huella de lo andado, pero a mucha más velocidad. La destrucción es siempre más acelerada que la construcción. Lo triste es que el desandar  parece ser una actividad normal en otras instituciones públicas. 
 
Hace meses escribí una crónica parecida de filas a sol y frío  en la frontera de Desaguadero. El personal de migración apenas alcanzaba a tres en la frontera más concurrida del país y en época de feriado peruano, fecha en que invariablemente, cada año, nos visitan muchos turistas de ese país. 
 
E invariablemente, cada año, nuestro país los recibe y despide con filas a la intemperie, a sol andino a pique, nieve, lluvia y temperaturas bajo cero… lo que tenga a bien enviar el Dios del clima.  Y hay que aguantar o conseguir "ayudas” que a veces ofrecen solícitos lugareños.
 
Y la pasada semana, por ventura bajo techo, la fila para hacer migración en el aeropuerto El Alto  tomó una hora y 20 minutos. ¿La razón? Había sólo dos agentes, un pasajero con problemas de visa y los otros de apoyo llegarían recién a las 7:30, ya  cuando la mayor parte de los vuelos internacionales habría salido. 
 
Desandamos logros institucionales y el ciudadano deberá volver a la cultura del aguante y la aceptación de los atajos. Vaya cultura nacional e imagen que estamos construyendo desde dentro.

*La autora es especialista en 
comunicación estratégica.

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