Sólo en crisis / María José Rodríguez B. *

Una imagen más fuerte que la realidad

domingo, 26 de junio de 2016 · 00:00
Fueron apenas unas semanas antes de la caída del muro cuando Honecker, presidente del Consejo de Estado de la República Democrática Alemana desde 1976 hasta 1989, decía algo como "jamás de los jamases caerá el muro porque nuestra dignidad revolucionaria es más fuerte”.
 
Caído el muro las historias salieron a la luz. Miles, no cientos, sobre escapes frustrados a la Alemania del oeste, hijos y padres separados, delaciones entre familiares, arrestos sin proceso, amedrentamiento, exclusión,  confinamiento, prisión por orientación sexual, también por expresión artística… Pensar, hablar,  caminar  fuera de los límites del territorio o el pensamiento aceptado, era delito.  

Pasaron décadas y de las sombras se escuchó poco.  Un eficientísimo control de la información de salida y de entrada permitía ver una realidad a través de pancartas, fotos arregladas y frases emotivas.  La réplica, además, era veloz. Alguien se atrevía a revelar algo sobre la realidad del día a día y su reputación y credibilidad eran destruidas públicamente  en lo que restaba del día. La autovictimización de esos países por ser distintos al imperio del capitalismo  les granjeaba la inclinación natural de las personas hacia los más débiles, o a los que dibujan una imagen de debilidad y estoicismo en la resistencia de un supuesto ataque constante.

Miles de latinoamericanos estudiaron en el este de Europa y de ellos no salió ni una sola palabra  sobre la desolación y el miedo, la tristeza y el gris de las paredes y los rostros de los niños, de las carencias y las prohibiciones, de la calidad de los productos y las fábricas obsoletas o los orfanatos crueles. Sólo hablaban de la medicina gratuita, de la liberación del capitalismo, el triunfo revolucionario y del ataque de oeste.
 
Nada sobre lo que de verdad sucedía con la gente de carne y hueso, de las novias que no podían llevar aunque amaran y de los amigos desaparecidos. Cuando cayó el muro, sí. La realidad se reveló desde el cine en clave de comedia (Goodbye Lenin) y drama (La vida de los otros),  también en las novelas y obras de arte. Muchas de ellas creadas décadas atrás y tan prohibidas que sólo vieron la luz cuando no quedó un bloque más entre las dos berlines.

Alemania del Este ejemplifica bien el fenómeno. Tenía a la colorida Berlín al otro lado del muro y de ella se sabía muy poco. Desde la torre de la Alexander Platz se veía una oscuridad enigmática que hacía pensar que, al otro lado del muro, la decadencia del capitalismo se había tragado la energía y luz de la gente y las máquinas. 

La verdad era otra. Un  amigo actor cruzó la frontera la primera noche de la caída, todavía cuando todo parecía mentira. Caminó temeroso dando por casualidad a una de las más bellas avenidas de Berlín, la Kurfüstendamm. "Me impactó tanta luminosidad: los colores de las casas y la cantidad de luces prendidas. Aunque estaba destellado, volví porque tenía miedo que no fuera cierto y luego hicieran algo a mi familia si no aparecía pronto”.
 
Juró volver y vivir allí. Y así lo hizo, triunfó como artista de teatro y televisión y la última vez que lo vi vivía con su compañero mexicano en un departamento lleno de color de uno de los mejores edificios antiguos de esa calle. 
En Berlin del Este, él también habría podido ser actor, pero no leer a Kundera y menos ser gay.   Pequeños detalles de la vida diaria opacados y acallados por la propaganda sobre el paraíso de la salud y la educación gratuita. Grandes ventajas, que, sin embargo, no alcanzaban para saciar el hambre de saber, vivir y pensar. 

Durante más de dos décadas, de la Alemania del Este se vio la imagen de un paraíso de humanidad luchando contra la tormenta burguesa y reaccionaria de occidente. Una isla de revolución donde el hombre podía desarrollarse sin el lastre del dinero y sin esclavizarse a un menudo sueldo. Un mundo en el que se pregonaba que todos tenían las mismas oportunidades aunque las individualidades no fueran respetadas.

Cuidar la imagen de la revolución antes que su realidad  quizá haya sido la consigna que permitió mantener las cosas inamovibles durante dos décadas. 
 
Controlar los medios de comunicación, producir cultura de acuerdo a la necesidad ideológica, mostrar a los visitantes sólo una cara de la moneda y conseguir muchos aliados que replicaran esa imagen a lo largo del mundo. Una gran fórmula para evitar la crítica a la dictadura de izquierda, tanto que, incluso hoy, hay quien dice que no fue una dictadura.
 
(*) La autora es especialista en comunicación estratégica.  

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