La tecnología astuta es mala para el cerebro

Necesitamos productos inteligentes porque somos tontos

Hay un sinfín de artefactos y aplicaciones innecesarias, pero a pesar de ello hay gente que los utiliza y cae en la trampa de que le harán la vida más práctica.
domingo, 26 de junio de 2016 · 00:00
Lucy Kellaway
Financial Times Newspaper Spanish
 
Hace 20 años me dijeron que si no me esmeraba en cepillarme los dientes dentro de poco me quedaría sin dientes. Desde entonces he sido una campeona del cepillo de dientes, el hilo dental y los cepillos interdentales en tres tamaños diferentes, lo cual me distingue como la consumidora ideal para el más inteligente de todos los cepillos dentales inteligentes, el nuevo Oral B Genius 9000.
 
Para utilizar el cepillo de dientes  hay que pegar el celular al espejo del baño al nivel de la boca para que la cámara pueda observarte mientras te lleva en un "viaje a través de placa dental en 28 días”.
 
Mientras me cepillaba los dientes, la pantalla se iluminó indicándome en qué sector de la boca estaba trabajando. Esto pudiera haber sido inteligente, excepto que yo ya sabía cuál era la respuesta. También midió cuánto tiempo le estaba dedicando a cada diente, algo que mi propio cepillo eléctrico hace eficientemente, y mientras lo hacía me distrajo de mi operación diciéndome (incorrectamente) el pronóstico del tiempo afuera, y lo que acontecía en el mundo. 
 
"¡Impresionante!” me dijo cuando terminé. De nuevo, esto pudiera haber sido agradable, sólo que soy un adulto y por lo tanto ya no necesito que me feliciten por haberme cepillado los dientes. 
 
Los datos de mi cepillada fueron debidamente anotados, con los cuales cualquier futuro acto de cepillar podrían compararse, convirtiendo la higiene oral en una divertida competencia conmigo misma. No volveré a usar esta aplicación. Los cinco minutos al día que paso cepillándome los dientes son un momento de relativa calma, un oasis libre de teléfonos. Voy a mantenerlos así. 
 
Sin embargo, es casi seguro que este cepillo inteligente será un éxito, al igual que lo han sido las versiones previas. Según Procter & Gamble, 250.000  personas usan la aplicación Oral B, evidentemente creyendo que bluetooth conduce a una dentadura blanca.
 
Invasión de artefactos 
 
Este cepillo de dientes inteligente no es el único dispositivo que está atrayendo a la gente. Una amiga me contó con mucho entusiasmo cómo su artefacto inteligente Elvie para el piso pélvico -conocido como "tu entrenador más personal”- había cambiado su vida. Ella hace los ejercicios mientras que su aplicación celular le dice cómo los está haciendo y le permite competir con sus amistades en línea. Fitbit y Jawbone ya han convertido la mitad de la población en caminantes aburridos y competitivos. Oral B y Elvie llevan esto aún más lejos. 
 
El gancho de ropa inteligente es menos indecoroso, pero no menos inexplicable, y posiblemente es el dispositivo inteligente más tonto que he visto hasta la fecha. Peggy, que Unilever está probando en Australia, es un gancho de plástico que contiene un termómetro y un higrómetro y envía mensajes al celular que dicen: "Hola, Lucy, va a llover hoy, vamos a secar la ropa mañana”. 
 
Heroicamente, la empresa pretende que Peggy permitirá que los padres pasen más tiempo con sus hijos. Esto no tiene ningún sentido, ya que lo que separa a los padres de sus niños no es colgar ropa lavada en días lluviosos; es estar pegados a sus celulares inteligentes. 
 
Los paraguas y las carteras inteligentes son superficialmente más prometedores, ya que impiden que los pierdas  enviando un recordatorio cada vez que se han alejado del teléfono. Pero también pueden ser una pesadez; cada vez que dejas el paraguas en la puerta de tu casa y te sientas en el sofá, el teléfono te dice que el paraguas está fuera del rango. 
 
El más indeseable "avance” de todos es el tampón inteligente. Éste es un tampón normal fijado a un alambre que se conecta a un sensor sujeto a los calzones. Cada vez que el sensor cree que es hora de cambiarlo alerta al teléfono. No puedo imaginar por qué alguien quisiera tener el cuerpo alambrado de esta forma y, además, no hace falta. Las mujeres ya tienen dos métodos para saber cuándo hay que cambiar los tampones: mirar el reloj y escuchar a sus propios cuerpos.
 
Mientras más aprendo sobre el Internet de las Cosas, más pienso que he caído en un mundo imaginario. Acabo de ver un video bien astuto sobre NotiFly, un "interface de usuario invisible” que indica cuándo uno lleva la bragueta abierta, y que yo hubiera jurado se trataba de una parodia. Sin embargo, el crédito al final decía AccentureInteractive y ellos no son conocidos por su sentido del humor. 
 
Abundancia de bobos felices
 
El desorientador crecimiento de la tecnología inteligente es a la vez fácil de comprender y un enigma. La creciente oferta no sorprende. Los fabricantes inventan estas cosas porque pueden hacerlo. La tecnología existe. Es bastante barata. Y gracias a Kickstarter, etcétera, no hay escasez de bobos felices para financiar estos dispositivos. 
 
El lado de la demanda sigue siendo un enigma. El hecho de que haya gente dispuesta a pagar por soluciones inexistentes a problemas inexistentes es la mejor prueba de la irracionalidad del consumidor que nos ha dado el mercado hasta ahora.
 
La razón por la cual queremos tales artilugios inteligentes es que somos tontos. Y no sólo eso: la tecnología inteligente nos está volviendo aún más tontos. Si ya no tenemos que acordamos de cerrar nuestras braguetas, o mirar al cielo antes de colgar la ropa, y nuestra conversación favorita es sobre quién caminó/se cepilló/apretó por más tiempo, nuestros cerebros van a necesitar ejercitarse con más urgencia que los músculos del piso pélvico.
 
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